El agua del infierno

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Sobre el blog

Júlia Benavent
Profesora titular de Filología Italiana en la Facultad de Filología, Traducción y Comunicación de la Universitat de València. Su investigación se orienta a la edición de textos medievales y del Renacimiento, en español, francés, italiano y catalán
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Cuando el poeta Petrarca buscaba la razón por la cual Laura no lo amaba, halló que la hermosa mujer lo había desdeñado por la fuerte atracción que sobre ella tenía su espejo, un espejo homicida, que podía a la vez transformarla en un ser narcisista y quitarle a él la vida.

Ilustración de Gustave Doré para Canto XXXIV de la Divina Comedia de Dante Alighieri

Todo el día pasaba la antes dulce muchacha contemplando su imagen en el espejo, acicalándose, ensoberbeciéndose con aspereza y enfados. El poeta estalla y acusa el fin del amor a la naturaleza del espejo, fabricado en las aguas del abismo, bañado en el olvido eterno, origen de la muerte.

Aguas oscuras del infierno que malogran la pureza de la entrega y la generosidad del amor. El abismo infernal fue provocado por la caída fulminante del ángel más hermoso, Lucifer. La soberbia de su traición lo encastró en el punto más estrecho del cono de la caída y allí, con su cintura, taponó el espacio del dolor y del lamento. Helada el agua, hielo abrasador que congela las lágrimas de los condenados por traición. Quema el hielo, no el fuego, en el Infierno. Pocas llamas hay en el infierno. Oscuridad y desesperación en el aire muerto, lamentos infinitos, aguas sucias y malolientes.

Cuatro ríos cruzan el infierno: Aqueronte, que significa dolor, de aguas negras y profundas, es navegado por Caronte que amontona las almas en su barca y las traslada de una orilla a otra. El Cocito, o río de los gemidos; Flegetón, río de sangre hirviente, que acoge a los violentos contra los demás; lluvia de fuego contra los blasfemos, inmóviles sobre la arena de fuego; y Leteo, río del olvido, donde se lavan los que se han purgado de sus pecados. Aqueronte fue condenado a permanecer en el subsuelo por haber dado agua a los gigantes; el agua de la laguna Estigia se usaba para los juramentos. El perjurio era castigado con la privación del aliento durante un año. Estigia era el nombre de una fuente en Arcadia, cuyas aguas poseían un veneno agresivo que deshacía los metales sumergidos en ellas. Dante condena al pantano de aguas corrosivas y fangosas a los pecadores de ira y a los abúlicos y ociosos, que se golpean con manos, a patadas y a mordiscos entre sí.

Pero, además de los ríos, muchas eran las formas del agua que se usan para castigar a los pecadores: los de gula eran torturados con una lluvia de granizo, agua sucia y helada, al tiempo que eran lacerados, despellejados y desmembrados, como quien come con las manos las partes arrancadas de un asado entero. Una catarata divide el infierno en dos: la parte inferior corresponderá a los pecados de quienes obran contra la vida en común, contra la vida en sociedad. En diez bolsas de dolor excavadas en la roca, separadas por pasadizos que los bordean, los clasifica Dante. Dante es un político y esos gravísimos pecados nunca podrán purgarse: usureros, azotados por lluvia de fuego, cuyo vapor candente los obliga a estar eternamente apartando con manos y pies las hirientes llamas que los atormentan. En otra bolsa sitúa Dante a los aduladores y rastreros, que están sumergidos en una balsa de estiércol, desnudos, que asoman el morro y son violentamente empujados al fondo. Defraudadores, embusteros y embaucadores de doncellas, adivinadores del futuro y corruptos que roban el dinero público están sumergidos en la pez hirviendo, como un puchero al fuego. La sed atormenta a los falsificadores de moneda, hidrópicos. A los mentirosos afecta una fiebre aguda sin pausa y en el último círculo infernal, dominado por el río Cocito, se hallan los traidores a la familia, enterrados en el hielo con la cara hacia arriba, y los traidores políticos, con la cara hacia abajo; a quienes traicionan la hospitalidad Dante condena a estar supinos en el hielo con las lágrimas congeladas en los ojos, eternamente. Lucifer, Judas, Bruto y Casio son los traidores, el peor pecado para Dante.

De ese abismo infernal, bañado en las aguas de Leteo, el espejo de Laura mataba los buenos amores del poeta. Agua ínfima como metáfora del mal y del error.

En las cantigas del Purgatorio y del Paraíso, que siguen al Infierno, el peregrino descubre más aguas pero, en una progresión de pureza, cada vez són más claras, limpias, cristalinas.

Pero Dante también se acercó al agua desde más ángulos. Espantaba las sombras de la noche, lavándose la cara con las gotas del rocío, asoció las tormentas a los estados de ánimo alterados, vio que los ríos, como engarzando ciudades y gentes, constituían la unión de las regiones; y con la inmensidad del mar comparó el ansia de saber y el conocimiento. La debatida relación del agua con la tierra en el planeta fue objeto de reflexión y análisis en la última obra que escribió, Quaestio de aqua et terra (editado por Fundación Aquae en su Colección de Clásicos). Parece menor, pero nada es insignificante en Dante, pues la cuestión sigue interesando al ser humano y la voluntad de trasladar y hacer llegar el agua allí donde no está de forma natural ha estimulado, y lo sigue haciendo, el ingenio de los seres humanos para favorecer que su buen uso convierta nuestra existencia en algo digno del paraíso y nos aleje de las aguas que se pudren en el infierno.

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