Afinar, replantear y recalcular

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Sobre el blog

Lluís Sala
Biólogo especializado en regeneración de aguas y sostenibilidad. Música, fotografía, cultura, viajes, idiomas. Intentando aprender y procurando compartir. Nuevo reto: ser padre.
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Ojalá lloviera petróleo. O carbón. O uranio. Las fuentes de energía que mayoritariamente utilizamos a fecha de hoy pasarían de ser no renovables a renovables y, a partir de ellas, podríamos conseguir el agua que nos hiciera falta. Todo sería cuestión de almacenar estas fuentes de energía para utilizarlas en la producción y distribución de agua potable a partir del agua del mar en la medida que fuera necesaria. Sin límites energéticos, la abundancia de agua producida haría posible que desaparecieran o se minimizaran muchas de las disputas actuales que se generan por el hecho de tener que compartir el agua disponible, a veces escasa. Quizás también mejorarían algunos de los conflictos a escala planetaria, o al menos se recompondrían en función de cómo se distribuyera esta nueva forma de precipitación. No sé si sería mejor o peor, pero sí que seria diferente.

Pero dejemos la fabulación de lado. Lo que llueve es agua, el líquido que sustenta la vida tal como la conocemos, y son las fuentes de energía, a la espera del despegue definitivo de las renovables, las que son un recurso verdaderamente escaso. El agua es el recurso renovable por excelencia y cuantos más servicios podamos obtener de ella de forma sostenible, mucho mejor para nuestra economía y para el planeta. El descubrimiento de las energías fósiles alteró los balances de un desarrollo humano basado principalmente en la disponibilidad de agua y en la riqueza que generaba y nos trasladó al mundo de hoy, el de la superpoblación y la globalización. Sin la explotación de las energías fósiles no existirían las megaciudades actuales, para las cuales servicios tan básicos como el abastecimiento de agua, el saneamiento de las aguas residuales, el suministro eléctrico o la provisión de alimentos son retos formidables.

Es sobretodo en estas grandes aglomeraciones, entre las cuáles cabe citar también las conurbaciones turísticas costeras, donde cada vez más se pone de manifiesto la importancia del binomio agua-energía. El consumo de energía por parte del ciclo del agua en sociedades modernas no es nada despreciable, todo lo contrario, con lo cual no es mala estrategia el procurar que los costes energéticos sean los mínimos posibles, especialmente para las épocas de vacas flacas que, como las pertinaces sequías, también retornan con el tiempo.

A través del agua podemos producir energía renovable, pero en las últimas décadas ello ha sido muchas veces menospreciado y estigmatizado por pertenecer a una supuesta manera vieja de pensar la gestión del agua. Los recientes años de la abundancia, de las subvenciones europeas y de la aún energía barata han alterado el sentido de la mesura y nos han traído instalaciones que producen agua consumiendo energía, ligando el destino futuro de ambos recursos. Inmersos como estamos en una crisis sin precedentes recientes, parece lógico pensar que utilizar tecnologías que consumen intensivamente recursos no renovables para producir recursos renovables debería ser la última de las opciones a considerar.

Es cierto que a veces pasamos por épocas en que no hay agua porque no llueve o llueve poco, o que hay zonas en el mundo en las que la pluviometría es escasa. Pero es más cierto aún que petróleo, carbón y uranio no nos llueven nunca, por lo que producir agua por la vía del consumo de recursos energéticos no renovables no parece sino un aplazamiento del problema principal. Cada día que pasa falta un día menos para la próxima sequía (de agua, la de petróleo es permanente) y de nuevo habrá que tomar decisiones: de dónde se deberá sacar el agua que no habrá llovido, cómo se pagarán los nuevos gastos que se produzcan y, en caso de llegar a ser verdaderamente grave, por dónde se deberán empezar los recortes de sumimistro y con qué intensidad se deberán producir. Nada de ello será agradable, desde luego.

Sin embargo, el contexto actual abre la puerta a nuevos enfoques y nuevas formas de optimizar los recursos, hídricos y energéticos, como ya empiezan a plantearse en el sur de California, donde los problemas de suministro de agua a una ingente población de alto consumo por cápita y en un clima desértico no son de fácil resolución. Allí, según datos que presenta el profesor Takashi Asano en sus conferencias recientes, el análisis de los balances energéticos de las distintas fuentes de agua importadas revela que, por unidad de volumen de agua producida, el menor coste corresponde al proyecto de repurificación de agua regenerada y recarga del acuífero de Orange County (1,2 kWh/m3), que incluye microfiltración, ósmosis inversa y oxidación avanzada con luz ultravioleta de alta intensidad y peróxido de hidrógeno, frente a los costes del trasvase de agua del río Colorado (1,8 kWh/m3), del trasvase desde el norte de California (State Water Project, 2,6 kWh/m3) o de la desalación (3,5 – 4,0 kWh/m3). Veremos dentro de un tiempo, quizás no muy largo, qué agua pasa por los tratamientos de ósmosis inversa, si un agua de mar con su salinidad correspondiente o, como ya se plantean en California, una ex−agua potable a la que sólo hay que quitarle los restos orgánicos que pueda aún llevar y unas cuantas sales.

Agua y energía van íntimamente ligadas. No hay tecnologías o enfoques a desterrar, pero sí a evaluar con mucho cuidado por el impacto que pueden suponer en cuanto a la sostenibilidad tanto económica como ambiental. No nos va a llover petróleo, ni carbón, ni uranio, por lo que lo mejor es evitar consumirlos, si es posible. La crisis cerrará unas puertas pero abrirá otras, algunas atrevidas como las de California y otras quizás impensadas aún. Somos muchos en una misma nave vagando por el espacio y no todo es posible ni para siempre, de manera que en algunos casos no tocará otra que afinar los lápices, replantear y recalcular. 

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