¿Para qué SÍ hay que limpiar los ríos?

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Sobre el blog

Lorenzo Correa
Webmaster en futurodelagua.com Practitioner PNL. Master en Coaching con PNL. Executive & Life Coach.
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La obra pública ha de corresponder ecológicamente no sólo a la solicitación de la colectividad interesada que la reclama, sino que debe justificarse ante la totalidad el pueblo que la sufraga; y ha de ser, por lo tanto, respuesta concreta a las legítimas aspiraciones de todos. (José Torán)

Ha llegado a mis manos un razonado e inteligente artículo publicado en el Boletín del CIREF por el Dr. Alfredo Ollero Ojeda, Profesor de Geografía física de la Universidad de Zaragoza y vocal del Centro ibérico de Restauración Fluvial, titulado “¿Por qué no hay que limpiar los ríos?"

La obra pública ha desaparecido en España y sus artífices o están retirados en sus cuarteles de invierno o han emigrado muy lejos o se dedican a otros menesteres más productivos.

Y lo he leído con enorme interés, dada su actualidad y sesuda elaboración. La obra pública ha desaparecido en España y sus artífices o están retirados en sus cuarteles de invierno o han emigrado muy lejos o se dedican a otros menesteres más productivos. Como coach y profesional de obras públicas, el artículo me hace reflexionar y emitir mi feed-back directo: me llega rigidez, creencia limitante. Estoy seguro que aún quedan lectores profesionales de la obra pública que podrán recoger el guante lanzado por el autor en aspectos relacionados con la hidrología (ciencia tan aludida por muchos como poco comprendida por algunos), con la gestión de avenidas y con tantos otros menesteres de la ingeniería que ingenieros habrá que sepan defender y justificar, ante el descrédito y ludibrio al que está siendo sometida la profesión en estos tiempos tan agitados para todo y para todos. No voy a entrar en ellos, que doctores tiene la iglesia y yo no soy ni clérigo ni doctor.

El epígrafe de este post, intenta dar una visión complementaria al título de su aportación para enfocar el tema desde otro punto de vista, con el único objetivo de que todos los que los lean, puedan tener una visión más completa de la problemática tratada y por ello más rica para construir su opinión al respecto.

Y la doy desde mi perspectiva, la de un modesto ingenierete de a pie, nada experto, que sigue aprendiendo todavía y que aprendió bastante en su juventud en el día a dacia de su trabajo de lo que significa el río para los ribereños, para los que viven y trabajan en, cerca de y a veces bajo sus aguas y por ello lo consideran recurso indispensable, patrimonio inalienable, riesgo incierto y elemento de convivencia.

Porque el río es país, paisaje y paisanaje (no olvidéis nunca la importancia de esta última palabra en el conjunto).

Me baso en mis vivencias de décadas pisando el río y tratando con sus vecinos cercanos pues no tengo experiencia en la Academia, solo en el campo. Y las concreto en una foto que tomé en el río Calders en 1994, tras una avenida extraordinaria que supuso unas consecuencias de gran alcance para los abastecimientos de los municipios ribereños, derribó dos puentes e invadió terrenos agrícolas y urbanos, acabando con la vida de una persona que “pasaba por allí” y se acercó a fotografiar la imponente manifestación de la fuerza de la naturaleza desatada, siendo arrastrado por la ola que le fascinaba.

Enfatizo el “para qué”, soslayo el “por qué”. ¿Para qué limpiar el río? La acepción que Ollero emplea para explicar lo que significa limpiar es una de las muchas que señala la RAE, la de quitar la suciedad. Yo añado otra, también definida por ese diccionario: 

  • Hacer que un lugar quede libre de lo que es perjudicial en él.

Y complemento (que no anulo), su inteligente visión con la mía, aclarando de entrada que la actuación en un cauce o en una ribera que yo defiendo no es la de masacrar con maquinaria pesada todo lo que estorba, sobresale o molesta, sino la de liberar de lo que es perjudicial para alguien o algo, con técnicas respetuosas con lo que se debe respetar: el patrimonio de todos, entendiendo que también la vida y los bienes públicos o privados de los seres humanos son patrimonio de algunos y de todos. Es factible, es posible y es caro. Nada más.

¿Para qué limpiar un río?... para liberarnos de lo que es perjudicial (solo de eso) para los ribereños y los no ribereños. ¿Quién define lo que es perjudicial?. Ni la academia, ni la administración: la sociedad.

¿Para qué limpiar un río?... para liberarnos de lo que es perjudicial (solo de eso) para los ribereños y los no ribereños. ¿Quién define lo que es perjudicial?. Ni la academia, ni la administración: la sociedad. Y la avenida del Calders, les (nos) perjudicó.

Vean la foto: esa vegetación leñosa derribó puentes carreteros y ferroviarios, taponó los drenajes longitudinales y transversales, luego alteró las comunicaciones, lo que repercute enormemente en la calidad de vida y en los presupuestos generales. Arrasó plantas potabilizadoras, luego dejó sin recurso de boca de calidad a miles de personas. Destrozó depuradoras, captaciones de agua de ribera, pozos de abastecimiento… instalaciones que solo pueden estar en zona inundable. ¿Podemos prescindir de los puentes, potabilizadoras, depuradoras, captaciones, sistemas de saneamiento, pozos, ya ejecutados que no son adecuados para permitir la alterada respiración de la corriente en episodios terribles pero puntuales? ¿Podemos pagar la construcción de miles de pequeños puentes de mayor sección, algunos ya incluidos en la relación de bienes patrimoniales por su antigüedad?

Mientras encontramos respuesta algo inteligible para la sociedad que sufraga en palabras de Torán, me parece que la única opción es la de seguir “limpiando” cauces, eso sí, de manera inteligente, selectiva, respetuosa con el medio y cara. Como nos limpiamos el cuerpo, el alma, la casa, la ciudad y el cerebro, porque no se puede vivir sin limpiar.

No he sabido encontrar en el artículo de Ollero ninguna mención especifica a estos temas que cito, ni sé si las soluciones que plantea resolverán el problema que yo he vivido cuando he tenido que trabajar a pie de río después de una riada en pequeños municipios afectados por ella.

Su mención dudosa a la beneficiosa capacidad de laminación de los grandes embalses bien gestionados, la entiendo como hecha desde una perspectiva de guardián del territorio, de rígido protector del río y su ecosistema, como una creencia limitante. Y aquí, yo, que también lo soy modestamente, sin títulos académicos rimbombantes, a mi manera, introduzco la distinción “y”-“o”. Es difícil entender hoy en día que solo se mencione al río como un elemento ajeno, separado e independiente de todo lo que le rodea. Esta sería la visión parcial del “O río o urbanización humana-agricultura intensiva”.

Defiendo una postura más abierta, más flexible: Río “y” ocupación del territorio están condenados a coexistir, porque ya no es posible separarlos. Lo hecho, hecho está y es carísimo de remover. Hay que convivir con ello, nos guste o no. La ocupación, salvaje o no, del territorio la tenemos con nosotros, debemos convivir con ella, mejorando lo posible, adaptándonos a los riesgos de todo tipo que conlleva.

Conclusión:

La no limpieza (en la acepción que yo le doy) del cauce es una actuación destructiva de las instalaciones básicas de abastecimiento, saneamiento, drenaje y comunicación cercanas al cauce, que puede originar graves consecuencias en ellas, en las personas que de ellas se sirven y en la sociedad en su conjunto. Es necesario flexibilizar las posturas, aportando soluciones que tiendan a la adaptación a la situación existente y respeten la coexistencia de la urbanización y el espacio fluvial, tanto donde se solapan ya de forma irreversible, como donde aún no se han solapado. En este último caso, me sumo la conclusión escrita en su artículo por el Dr. Ollero. Desde la flexibilidad, todo es posible, con la rigidez es muy difícil salir de la rigidez inútil de la queja perenne e inocua y avanzar hacia el consenso.

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