En el río pasan ahogados todos los espejos del pasado

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Sobre el blog

Lorenzo Correa
Webmaster en futurodelagua.com Practitioner PNL. Master en Coaching con PNL. Executive & Life Coach.
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  • Puente de Piedra.

Rusia no puede ser comprendida con el intelecto”, Fiódor Tiútchev (1803-1873). Lo que este eminente poeta ruso escribió refiriéndose a su vasto país puede ser aplicado al río, cuya realidad no puede ser adecuadamente entendida con un examen tan convencional, como el que ha generado el debate “La regulación de nuestros ríos recientemente publicado, contestado y debatido en este foro acuático.

Si se examina sin prisas, nada posee una existencia inherente propia y esta ausencia de existencia independiente es lo que llamamos «vacuidad». Y para que cualquier cosa pueda penetrar en la memoria, es preciso transformarla antes en literatura. La greguería ramoniana con la que titulo este post, es un ejemplo de ello. Reflexionemos.

Todo forma parte del río y todo en el universo contribuye a hacer del río lo que es

Pensar en un río, ¿es hacerlo en algo definido claramente?. Sí, pero cuando se contempla más de cerca, notamos que en último término carece de existencia independiente, porque se disuelve en una red muy sutil de relaciones que abarca todo el universo. Las de la lluvia que cae sobre su cauce, las del viento que mece sus aguas, las de la tierra que lo sujeta, conduce y sostiene mientras puede, las de las estaciones, el clima, la luz de la luna, de las estrellas y del sol… y las de los usuarios que derivan o consumen o disfrutan de sus aguas.

Todo forma parte del río y todo en el universo contribuye a hacer del río lo que es, a que nunca pueda ser aislado de ninguna otra cosa y a descubrir que en todo momento su naturaleza es sutilmente cambiante. Esto me lleva a sus atributos, a su vacío, a su carencia de existencia independiente.

Debate científico, de ingeniería y biología: de datos y estadísticas que sin solución de continuidad se convierte en un debate de valores y creencias, que debilita los argumentos científicos. Dice la contestación de los amigos del CIREF: “ ...por lo que parece todavía sigue habiendo gente que no entiende el concepto de “natural”. Y digo yo: este concepto, ¿es ético, moral, científico, estético…? ¿La planificación hidrológica, en qué lado se ubica? ¿Se pueden comparar estos conceptos? Para entender hay que preguntar.

Y sigo diciendo digo yo que lo natural, a mi manera de entender (no puedo saber lo que entiende la gente porque no conozco a “la gente” ni he podido por lo tanto preguntarle de qué entiende ni lo que entiende), lo natural digo no es más que un atributo, una cualidad. Si “natural” tiene 17 acepciones en el DRAE (hasta una taurina), no sería raro que muchos no entendieran el concepto al que se refiere el CIREF, otros sí… en cualquier caso, yo me quedo con este:

“Perteneciente o relativo a la naturaleza o conforme a la cualidad o propiedad de las cosas”, para que me entiendan los que me lean y me entienda yo.

O sea que lo natural es un atributo... ya empezamos. ¿Qué propiedades tiene un río? Para unos la de que “le dejen en paz y llevar el caudal que libremente le toque en cada momento”. Loable y plausible, “casi” siempre, aunque a veces esa “paz tan natural” abrace el territorio asolado por el tifón Yolanda… si el caudal que “le toca” es mucho ¿también hay que dejarle en paz? Y si el ser humano necesita de su caudal para “usarlo”, ¿es una visión utilitarista o conservacionista?

¿Para qué queremos el río? ¿Qué hacemos con el agua que le lleva? ¿Qué visión elegimos con ánimo de ser útiles a la sociedad y avanzar?

Siempre me he preguntado para qué se inventó el paraguas. Quizás fuera para usarlo cuando llueve mucho y defendernos de esa naturaleza que insiste en estropearnos el peinado.

Al grano ¿cuáles son los atributos principales del río? Hay tantos, pero depende de para quien: Para el CIREF, todo lo que no recuerde al NO-DO y se cobije bajo el inmenso paraguas de las directivas (que luego a veces no dicen lo que dicen que dicen). Para Eduardo Rodríguez, su aprovechamiento y regulación en beneficio del ser humano usuario: el que bebe, el que se lava, el que fabrica, el que riega, el que hace negocios, el que sienta cátedra, el que reside, sea o no en zona inundable, legal o ilegalmente, que el río no sabe de escrituras... Para un regante, un empresario, un político, un listillo, un demagogo...ufff me vuelvo a quedar con Musil, ¡¡¡mejor sin atributos!!!

Y aquí llega el punto crucial del post cirefiano, el trapo al que entro con gusto, sin miedo y dando la cara. ¿Atributos antropocéntricos o ecosistémicos?. ¡Hagan juego señores, que para jugar hay que arriesgarse! Dejémonos de nodos y reminiscencias de un pasado que no volverá e iniciemos la construcción del futuro, sin tristezas, con empatía (es decir poniéndonos en el lugar de quien no piensa como nosotros sin descalificarle de entrada por rancio o carcunda). Argumentando desde la subjetividad y el respeto por las opiniones diferentes, sean éstas antiguas, modernas o inéditas.

¿Para qué queremos el río? ¿Qué hacemos con el agua que le lleva? ¿Qué visión elegimos con ánimo de ser útiles a la sociedad y avanzar? Yo emito mi opinión:

El ser humano es biología y cultura, observa y se observa. Al observarse piensa y decide emitiendo una opinión. Para mí la figura fundamental de las planificación hidrológica es la de dar las máximas garantías de cantidad y calidad a los usuarios (humanos y no humanos), a los que yo prefiero llamar clientes, desde la confianza que sale de la seducción generada en el ámbito planificador. Y esa confianza solo puede generarse en los programas de medidas que expliquen qué se va a hacer, para qué con qué medios y quien lo va a pagar. El coste del objetivo planificado y su reparto alícuota entre los beneficiarios. Solo para los humanos, con la visión antropocéntrica ya basta. Para los no humanos, tenemos la ecosistémica. ¿Son ambas excluyentes?

No, aunque a veces algunos se empeñen en hacernos pensar que sí. Pero una no se sostiene sin la otra. No es tan sencillo como decir, “regulemos y tendremos garantías de por vida a bajo coste” o “apliquemos la directiva (y sus costes) y todo arreglado, así volveremos al estado prístino, a una amantísima madre naturaleza, protectora y cariñosa (siempre que no nos pongamos en su camino sin el paraguas).

Me encanta hablar de la Directiva, para proclamar una y mil veces, que no hay que quedarse solo en su visión patrimonial, pues ella “solo” establece una nueva metodología de partida para la gestión del agua: conocer y poner al alcance del público su estado cualitativo y cuantitativo y lo que hay que pagar por usarla (infraestructuras, control, mantenimiento de redes, costes ambientales…). Los resultados han de ser previos a la planificación, que es cuando se toman las decisiones relativas al nivel de protección ambiental que nos podemos permitir para cada masa de agua, decisiones a adoptar para establecer objetivos de calidad para cada masa y para establecer las excepciones previstas en su artículo 4 de la Directiva. Para ellas los Estados disponen de un amplio margen de discrecionalidad.

La Directiva permite a los Estados seleccionar qué aguas quieren proteger y cuáles no, establece unos mínimos de protección y contiene criterios para priorizar inversiones o actuaciones.

Cuando se hable aquí y ahora de la Directiva como paradigma de la visión ecosistémica, hágase sin perder de vista las peculiaridades hidrológicas de España, donde el agua es un patrimonio ambiental, pero también un recurso económico que hace imprescindibles las obras de regulación. Por eso, son importantes los análisis económicos (tan sesgados como la subjetividad del emisor demande, pero consensuadores, no divisores), para la aplicación e interpretación del principio de recuperación de costes (que introduzca la visión de quien paga) y de las excepciones. ¿hay que subordinar siempre las cuestiones económicas a las ambientales, o viceversa? ¿Hay posibilidad de consenso en ello? Claro, aquí también hay atributos y ahora llega el momento de interpretar adecuadamente los conceptos indeterminados de la norma, que los tiene y muchos. Hace unos meses en su blog, Enrique Cabrera, escribía algo que me impresionó tan favorablemente que no puedo evitar reproducir aquí:

La Directiva permite a los Estados seleccionar qué aguas quieren proteger y cuáles no

Al respecto yo, como la Directiva Marco del Agua (DMA), no tengo dudas. Los abonados la deben pagar toda directamente. Porque si tal no es el caso, también lo harán, pero de manera indirecta. Al fin y al cabo, los ciudadanos financian con sus impuestos al Estado. Pero la percepción es muy diferente. En el primer caso, al reflejar el recibo todos los costes, el ciudadano percibe que la sostenibilidad no le puede salir gratis. En el segundo los subsidios oscurecen la realidad. Y si la percepción cambia, mucho más lo hace la gestión. Repercutir los costes propicia la eficiencia (los subsidios hacen lo contrario), al tiempo que el Estado ahorra en inversiones (las obras se pagan vía tarifa), disponiendo de más recursos para atender otras necesidades. Y si no los necesita, que rebaje los impuestos y le compense por pagar más cara el agua.

Echo mi cuarto a espadas por la empatía, por avanzar en el debate peleando para compatibilizar la visión antropocéntrica con la ecosistémica del río. Ahí cabe seguro la regulación y la protección del patrimonio, las directivas y nuestras peculiaridades hidrológicas. Solo hay que consensuar para qué planificamos y hasta dónde vamos a llegar. Y cuánto estamos dispuestos a gastar. Conversando desde la subjetividad y el respeto por otras maneras de opinar.

Menos guerra y paz, menos atributos, y más subjetividad argumentada para avanzar hacia el objetivo común, hacia el consenso previo a la seducción. Desde lo antiguo o desde lo moderno, lo más prioritario es definirlo. 

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