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El mayor infanticidio por el agua en América antigua

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  • mayor infanticidio agua América antigua
    Gráfico: ATV.pe.

Sobre el blog

Luis Lujan Cardenas
Sociólogo y Periodista, Magíster en Administración, especialista en Comunicación para el Ecodesarrollo, articulista en diversos medios escritos de Perú.
Minsait
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Los sacrificios humanos de niños ofrendándolos a los dioses para aplacar su ira expresada en la furia de la naturaleza fue una práctica religioso-política-cultural bastante arraigada en América prehispánica. En el 2007, en México, cerca de las ruinas de Tula, capital del otrora reino Tolteca, descubrieron restos de 24 niños, cuyas muertes habrían ocurrido entre los años 950 a 1150 como ofrenda al dios Tezcatlipoca.

Recientemente ha causado conmoción mundial los restos de infantes hallados en el Perú, en los sectores Pampa la Cruz y Huanchaquito, departamento de La Libertad, que ha merecido la atención de la prestigiosa revista National Geographic. A enero de este año, se han desenterrado 239 niños[1] y más de 200 llamas, los que fueron sacrificados hace 800 años aproximadamente, durante la cultura preinca Chimú, con el objetivo de detener los estragos provocados por el Fenómeno El Niño. Esta cultura descubierta por el arqueólogo alemán Max Uhle, sucedió al imperio Huari y se desarrolló en la costa norte, a lo largo de más de 800 km., desde Tumbes, frontera con Ecuador hasta los linderos de Lima.

Torrenciales lluvias, desbordes de lagunas y deslizamientos de los cerros (en quechua: wayq'u; en español huaico[2]) destruyeron todo a su paso, afectando seriamente no solo la gran ciudad de barro de Chan Chan (en la lengua quingnam, 'sol resplandeciente o gran sol’), principal centro administrativo, militar y religioso[3]chimú, que albergaba en 25 km² más de 30 mil habitantes, sino también afectó seriamente la infraestructura hidráulica[4], las viviendas, los caminos, áreas de almacenamiento de víveres, cultivos y causó la muerte de centenares de habitantes y miles de auquénidos (llamas, vicuñas, alpacas, etc.), importante ganado para la alimentación, el vestido y el transporte; además, del aprovechamiento de sus heces como combustible.

El desgobierno, el hambre, la miseria, las enfermedades, la migración y la muerte se prolongaron por varios años en el imperio, debido al fuerte impacto social de un fenómeno natural incontrolable, que hasta hoy asola periódicamente a Perú. En el 2017 el llamado Niño Costero, golpeó duramente la economía, paralizando prácticamente Lima y el norte del país (aportantes del 60% del PBI), debido a los cuantiosos daños en la infraestructura, la interrupción del servicio de agua, 158 fallecidos, un millón ochocientos mil personas damnificadas en 874 distritos y 43 mil viviendas afectadas.

Volviendo al tema. Los investigadores señalan que el Gran Chimú, Minchancaman. (descendiente de Tacaynamo, quien según la leyenda arribó en una balsa y fundó el reino) aconsejado por sus sacerdotes, dado los terribles daños que causaron las inundaciones y, luego la sequía, en la administración y economía del reino, y la gran afectación social, ordenó a sus curacas (jefes políticos y administrativos) reunir más de doscientos niños e igual número de llamas recién nacidas para sacrificarlos pidiendo clemencia a la diosa Quillapa Huillac (diosa Luna), dada su influencia sobrenatural en la naturaleza y el tiempo; y con la creencia de que poseía mayor poder que el dios Sol, debido a que lo ocultaba a través de los eclipses, reinando de noche y de día.

Los soldados recorrieron el reino y solicitaron a los Alaec (curacas, jefes de los ayllus[5]), los Fixl (personaje notable) y los Paraeng (campesinos, artesanos, pescadores), cedieran a sus hijos más hermosos y saludables, menores de 12 años para ser ofrendados a la diosa Luna. Los padres, con tristeza, pero con sumisión, orgullo y colaboracionismo al soberano y los dioses, entregaron a sus vástagos sabedores que era para un fin colectivo, además les significaría un cargo, un ascenso y una mejor posición social o política, o quizás una dádiva del Gran Chimú; amén de paz social, prosperidad y reconocimiento de su ayllu.

En su cosmovisión, no solo tenían el gran honor de cumplir un pedido del Gran Chimú, sino que su niño o niño –en la otra vida— sería un mensajero de la súplica soberana para detener el castigo de la naturaleza y de los dioses. Por ello, también le alcanzaban preciados presentes, como piezas de oro y plata, conchas de spondylus, vestimentas, alimentos, bebidas, utensilios y llamas bebés, depositados junto a los cadáveres; y, finalmente, los sacrificados se reunirían con sus antepasados. Quienes se oponían a entregar su niño o niña eran condenados a muerte.

Los pequeños elegidos y cinco mujeres jóvenes pertenecientes a distintas clases sociales, fueron conducidos a la capital del imperio, Chan Chan, (Trujillo). De allí, partió la caravana de la muerte liderada por el Gran Chimú, acompañado con sus Ciquic (sacerdotes), familiares de las víctimas y yanos (esclavos y sirvientes), dirigiéndose al acantilado de Pampa Cruz y Huanchaquito, a pocos kilómetros de distancia, mientras a su paso la población expectante se inclinaba agachando la cabeza, prohibidos de mirar a los ojos al dignatario chimú.

La luz rojiza del sol lentamente consumido por el mar, y el rugido de las olas, fueron telón de fondo para la ceremonia de sacrificio, entre el límite de la tierra y el agua, donde los niños, representando el futuro y la esperanza de la cultura Chimú, uno por uno, previamente narcotizados con hojas de coca o embriagados con chicha de maíz fermentado, sufrieron la extirpación del corazón luego de un corte transversal en el pecho hecho con un pesado cuchillo de cobre, con un sonajero en el mango, cuyo sonido distraía al niño previos segundos antes de su muerte. E igual sucedió con los pequeños camélidos, símbolo de riqueza y prosperidad, en un imperio que iba al ocaso lenta e inexorablemente, herido de muerte por un fenómeno metereológico.

Los restos hallados evidenciarían uno de los más grandes sacrificios de niños en la antigua América, y quizá en el mundo. Aunque se habría producido otro mayor infanticidio –igualmente en el Perú —a la muerte del inca Pachacutec, que llevó a su máximo esplendor al imperio inka, y que coincidentemente fue el que ordenó la invasión del reino Chimú. Sus restos fueron sepultados junto a dos mil niños y niñas, entre tres y cinco años, según registró el cronista español, Juan de Betanzos, en el siglo XVI; pero no hay vestigios que lo prueben.

Este infanticidio tuvo una motivación ambiental: el calentamiento de las aguas del Océano Pacífico, que alteró el clima originando una debacle social. Una lucha permanente del hombre contra la naturaleza. Y esto se desprende porque este hecho tuvo las características siguientes: 1. el sacrificio no se hizo como era común en un cerro o en una zona de los Andes, sino se efectuó frente al mar; 2. los cadáveres de los niños fueron enterrados mirando el mar; mientras los de los auquénidos, lo hicieron hacia los Andes, como suplicando el equilibrio ambiental del agua y la tierra; 3. los restos fueron hallados cubiertos por una gruesa capa de barro, que evidenciaría que las inundaciones continuaron por mucho tiempo más, debilitando al reino Chimú, al extremo que facilitó su conquista por el imperio inka, en el siglo XV, poco antes de la llegada de los españoles a América.

(Gráfico: ATV.pe)

[2] Según la RAE huaico es una "masa enorme de lodo y peñas que las lluvias torrenciales desprenden de las alturas de los Andes y que, al caer en los ríos, ocasionan su desbordamiento".

[3] Considerada la ciudad de adobe más grande en Latinoamérica, y por ello declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

[4] Los chimús tuvieron un gran conocimiento ingenieril; por ejemplo, construyeron el canal La Cumbre, hecho de piedra, con 84 km de largo, para llevar agua del río Chicama al valle de Moche; hoy aún es utilizado en algunos tramos.

[5] El ayllu es una familia o conjunto de familias unidas por un vínculo consanguíneo (real o ficticio), religioso, territorial y económico.

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