Riesgos de los subproductos de la desinfección en las piscinas cubiertas

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Cuando escucho decir que nuestros antepasados vivían mejor, me pregunto si esos que proclaman las bonanzas de la calidad de vida en épocas pasadas, son conscientes de lo que el desarrollo socio cultural y tecnológico nos proporcionaron en el siglo XIX. Hasta entonces, la gente moría de enfermedades como el tifus, el cólera, la tuberculosis, o la malaria y no se conocían las causas microbiológicas de las enfermedades infecciosas ni se distinguían unas de otras cuando el cuadro clínico era parecido. El siglo XIX supuso el fin de la teoría de la generación espontánea y con ello el principio de la microbiología moderna y de las vacunas, lo que indiscutiblemente significó el descenso de la mortalidad, el aumento de la esperanza de vida y sobre todo una mejor calidad de vida.

Ahora imagínense muriendo de gripe, de viruela o simplemente de frio. Imagínense muriendo de septicemia tras una operación quirúrgica. Imagínense sin agua potable, sin baño, sin sistemas de ventilación, sin alcantarillado o sin calefacción. Imagínense sin poder comer carne o pescado.

Imagínense…

¿Realmente vivían mejor?

En el siglo XXI afortunadamente (desde mi punto de vista) o desgraciadamente (en opinión de los que preferirían volver a tiempos pasados), no nos preocupan las vacunas o la asepsia en los quirófanos. Hoy en día, tras lograr eliminar los microorganismos del agua, de las mesas de operaciones y del material quirúrgico, lo que nos preocupa no es morir de viruela sino enfermar por la exposición a los residuos de productos químicos utilizados en la desinfección del agua, en los alimentos o en el aire.

Entonces, ¿Es mejor morir de malaria por no desinfectar el agua o sufrir las consecuencias de la exposición a los trihalometanos derivados de la cloración?

Según la Organización Mundial de la Salud, la respuesta está clara. Es más peligroso dejar de desinfectar el agua, que asumir los potenciales efectos derivados de la exposición a los productos de la desinfección (DBPs en terminología internacional), de modo que es necesario asumir ese riesgo.

Sin embargo, el foco de la atención, en lo que se refiere a los DBPs, no está solo en el agua de consumo, donde los niveles permitidos para estas sustancias están definidos y controlados por el RD 140/2003, sobre la calidad del agua de consumo humano y cuyo valor paramétrico para los trihalometanos (THM) está fijado en 100 µg/l (la suma de bromodiclorometano, bromoformo, cloroformo y dibromoclorometano); sino que cada vez son más los que alertan sobre la necesidad de control de estos productos en las piscinas y más concretamente en las piscinas cubiertas.

Pero, vayamos por partes.

¿Qué son los DBPs? ¿Y los trihalometanos?

Los DBPs son compuestos químicos que se generan por la cloración del agua, como consecuencia del contacto entre el cloro y la materia orgánica presente en el agua. Esto significa que estamos expuestos a los DBPs a través del agua que bebemos, el agua con la que nos duchamos, o la de las piscinas cuando nadamos. Sin embargo, la concentración de THM, será diferente según una serie de características.

Pero ¿porque nos preocupan los DBPs? Nos preocupan porque muchos de ellos son considerados peligrosos para la salud y para el medio ambiente, siendo clasificados en ocasiones como carcinógenos o genotóxicos.

Hasta la fecha, se han identificado más de 600 DBPs entre los que están los THM, que son generalmente los más abundantes. Por eso tradicionalmente se han utilizado como indicadores de la concentración total de subproductos de la cloración en el agua.

Además algunos de estos DBPs son volátiles, por lo que se evaporan contaminando también el aire y por eso preocupan especialmente las piscinas cubiertas, donde la exposición del individuo a los DBPs será además de por vía oral (ingestión de agua de la piscina) y dérmica (por contacto con la piel), por vía aérea (inhalación).

Se ha visto, que en Europa cada vez son más los padres que llevan a sus hijos a clases de natación en edades muy tempranas, lo que ha propiciado la realización de diversos estudios en poblaciones infantiles, que son los que han hecho saltar más alarmas.

Los resultados demuestran que los THM están presentes en forma volátil sobre la lámina de agua de las piscinas cubiertas y que su concentración y absorción por el individuo, dependen de factores como la temperatura, el pH, el nº de nadadores, por supuesto la cantidad y la naturaleza de la materia orgánica presente en el agua, el tiempo de contacto con el cloro o la intensidad del esfuerzo realizado por el nadador. Por eso, aunque tradicionalmente se ha recomendado la natación a niños con problemas respiratorios, las numerosas investigaciones llevadas a cabo en los últimos años, paradójicamente han desembocado en la formulación de la “Hipótesis del cloro”, nacida en Bélica, que sostiene que los productos surgidos de la desinfección de las piscinas cubiertas, tienen un importante papel en el desarrollo del asma, alergias y otros procesos pulmonares en niños y adultos. Ambas conclusiones son ciertas y a la vez contradictorias ¿Cómo debemos interpretarlas?

Además de los problemas respiratorios, algunos estudios apuntan la relación existente entre a exposición dérmica e inhalatoria a los DBPs con el riesgo de padecer cáncer de vejiga. Igualmente se ha definido también la probabilidad de padecer otitis o dermatitis en nadadores profesionales, personal que trabaja en piscinas cubiertas y niños nadadores a edades inferiores a los 7 años.

Dicho esto, el lector puede hacerse varias preguntas.

¿Podríamos no desinfectar el agua?

Los sistemas de abastecimiento de agua potable sin tratar, o con un tratamiento inadecuado, siguen siendo la mayor amenaza para la salud pública, especialmente en los países en desarrollo, donde casi la mitad de la población consume agua contaminada. En estos países, enfermedades como el cólera, la fiebre tifoidea y la disentería crónica son endémicas y matan a millones de niños y adultos.

Por lo tanto, los riesgos derivados de beber agua no potable o de bañarnos en piscinas cuyas aguas no estén desinfectadas, serían infinitamente mayores que los efectos derivados de la exposición a BDPs, los cuales se producen siempre tras la exposición prolongada y acumulada a lo largo de la vida.

¿Está en mi mano hacer algo?

Por supuesto que sí. El usuario de las piscinas cubiertas debe entender la importancia de ducharse antes de meterse en la piscina. Reducir al máximo el aporte de materia orgánica que entrará en contacto con el cloro de la piscina, es tarea del usuario de las instalaciones. Debemos evitar el acceso de personas enfermas y tomarnos en serio la ducha como principal forma de reducir la materia orgánica que nuestro cuerpo dejará en el agua de la piscina (cremas, maquillajes, colonias, sudor, saliva, pelo). Usar siempre gorro y ropa de uso exclusivo para la piscina.

¿Cuál es el reto del futuro?

El futuro más inmediato pasa por legislar. La legislación de referencia en el control de la calidad del agua y aire de las piscinas en España, es el Real Decreto 742/2013 el cual  debería en primer lugar exigir niveles mínimos de THM en el agua y en el aire de las piscinas (cubiertas y descubiertas), al menos como indicador. La falta de medición de BDPs nos está impidiendo establecer correlaciones.

Fomentar el uso de métodos de desinfección del agua alternativos, que sorteen la formación de estas sustancias o al menos la minimicen es otra de las medidas a aplicar.

Por mi parte, ayer antes de mi clase de natación, aun a riesgo de parecer pedante, les solté a mis compañeros de clase un breve `speech´ cobre el asunto de los THM. Todos nos duchamos con ganas antes del primer chapuzón. Veremos cuanto nos dura el entusiasmo.

Finalizo confesando que soy superfan de la evolución y del desarrollo y no entiendo a aquellos que se niegan a avanzar con los tiempos, aquellos que reniegan de lo nuevo, a aquellos que prefieren estancarse. La tecnología, la ciencia y el conocimiento, son las herramientas que desde la prehistoria nos han permitido avanzar, evolucionar como seres vivos y como sociedades. Por lo tanto, es de cobardes elegir no enfrentarse a los nuevos retos, para seguir mejorando.

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