La tentación vive en casa. Reflexiones sobre consumo y consumidores, suministros y suministradores

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Hace un par de semanas me impuse la obligación de tomar nota de los usos que una persona común, como puedo ser yo misma, le da al agua que sale del grifo, con el fin de llegar a alguna conclusión interesante sobre el consumo del agua potable en las sociedades civilizadas; a la que a priori no estoy segura de sí llegaré. La idea era tratar de organizar en mi cabeza, el maremágnum de información con el que a veces me he sentido (permítanme confesarlo), bombardeada, confundida, culpable, angustiada e incluso frustrada.

No es mi idea agobiar a los valientes que se decidan a sumergirse en los entresijos de mi pensamiento, pero así es como a veces me siento como consumidora. Porque si, hoy hablo solo como consumidora.

Después de tanto observar y anotar, recordar y anotar, preguntar y anotar, estudiar y anotar, esta es la lista de usos que conseguí.

En mi listado estaba en primer lugar el agua para beber y a continuación la que usamos en el aseo personal, más la del WC. Me parecían las más primordiales y por lo tanto fueron las que primero vinieron a mi cabeza. Después el agua de la lavadora, del lavavajillas, de la limpieza de alimentos y superficies en contacto con los alimentos y el agua para cocinar. A juzgar por el lugar que la limpieza de los alimentos y el agua de cocinar ocupan en mi lista, se nota que no cocino mucho, ¿verdad?

Con más tiempo añadí el agua que uso para regar las plantas y la que gasto para rellenar el florero que tengo en el salón. Como los lunes y los miércoles voy a la piscina, me acordé también del agua de la piscina (la mayoría se llenan con agua de la red de distribución). Pensé en el agua de bebida y peluquería de las mascotas (soy veterinaria y eso se tiene que notar); y en el agua que usaron para lavarme el coche la semana pasada.

Sigo pensando mientras escribo estas líneas, por si me estuviera olvidando de algún otro uso cotidiano importante.

Mientras anotaba en mi libreta, me acordaba de Matilda, asique principalmente el tiempo que duró mi trabajo de investigación, traté de ahorrar al máximo en mis consumos de agua. Me duché menos y durante menos tiempo, asumiendo con ello algunos riesgos importantes. Cerré el grifo siempre que me cepillaba los dientes o fregaba los platos. Escatimé agua para mis plantas (no sé si sobrevivirán). Tiraba de la cadena del váter una de cada dos veces que iba al baño (solo cuando se trataba de aguas menores, claro está) y hace que no friego el suelo del salón una semana. Menos mal que no recibo muchas visitas. Vaya por delante que mi factura no se ha reducido del mismo modo que el consumo de agua. De hecho no se ha reducido en absoluto.

Con esto no quiero decir que no esté de acuerdo en que la factura del agua actual no cubre los gastos que el tratamiento del agua y suministro al consumidor y mantenimiento de las infraestructuras suponen. Los tiros van por otro lado.

Puesto que cuando empecé a escribir no sabía muy bien que era lo que quería contar, una noche ensimismada con mi listado y como si de un sudoku se tratara, separé los consumos para los que es necesaria la potabilización del agua tal y como la concebimos para el agua de bebida, de los que no.

El resultado fue demasiado gráfico. No es necesario más que para el agua que bebemos, la del aseo personal, limpieza de alimentos y superficies en contacto con los alimentos entre las que incluyo el lavavajillas y el agua para cocinar ¿Por qué potabilizamos entonces todo?

Supongo que esta es una pregunta difícil de contestar, puesto que el sistema viene de lejos y cambiar algo tan complejo es muy complicado. Solo hay una red de suministro que no diferencia por usos. En los hogares solo hay un grifo que tampoco diferencia y además, es cómodo y maravilloso disponer de agua potable con el sencillo movimiento de abrir una llave, sin tener que pensar para que voy a usar el agua.

¿Alguien se ha parado a calcular cuánta agua “desperdiciamos” y lo que nos cuesta potabilizarla?

Mi opinión es que el consumidor se limita a usar lo que le proporciona el sistema. Hasta hace poco a destajo y desde unos años para acá, con la mala conciencia de que gasta demasiado. Se lo decimos continuamente, por si en algún momento se le olvidara. Le ponemos el grifo y le damos el agua, pero le decimos que no la use. O que la use poco, si lo prefieren.

Dicho sea de paso, el asunto me recuerda al tema de las toallitas húmedas. Educamos, concienciamos, invertimos mucho dinero en campañas, en las que le decimos al usuario que aunque en el paquete diga que las toallitas se pueden tirar al baño, no lo haga. ¿No sería más fácil legislar adecuadamente para que en el paquete no pueda poner que las toallitas se pueden tirar al baño?

Desde mi más absoluta ignorancia, reconozco que el asunto me resulta además de absurdo, confuso. Y así es como creo que se siente el consumidor con tantas contradicciones. Les ponemos la miel en los labios y a continuación les decimos que no pueden probarla.

Sin embargo, “la tentación vive en casa”.

Yo también como cualquier consumidor responsable, casi siempre me siento culpable de lo que ocurrirá si no cierro el grifo cuando me cepillo los dientes o me ducho. Pongo atención en las campañas de ahorro y concienciación social, que por cierto van siempre dirigidas al consumidor como si fuera el único y principal responsable de los problemas del mundo con el agua. No obstante, pocos reflexionan (o si lo hacen no lo cuentan) por ejemplo, sobre nuevas opciones en el diseño de nuestros sistemas de abastecimiento, que permitan separar en los hogares el agua de consumo humano, de la que no va a ser consumida con ese fin. Sobre lo que supondría potabilizar solo el agua que se usa justamente para beber o comer, mientras el resto se trata como corresponda en cada caso; o sobre cómo podemos hacer para conseguir la citada diferenciación.

Sinceramente, todos sabemos que se ahorraría mucha más agua si el WC no utilizara el agua de consumo humano que cerrando el grifo mientras nos lavamos los dientes, por ejemplo ¿Por qué cargamos entonces toda la responsabilidad sobre el consumidor? ¿Por qué no nos ponemos a trabajar en auténticos ciclos urbanos del agua? ¿Por qué no destinamos más recursos a rediseñar nuestras redes de distribución? ¿Por qué no potabilizamos solo lo que es necesario potabilizar?

Puesto que el agua es un bien cada vez más escaso que ciertamente hay que cuidar y mucho, ¿Por qué no se lo ponemos más fácil al consumidor haciendo de verdad circular el sistema?

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