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Cierra la puerta, que se escapa el... ¿agua?

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Sobre el blog

Miguel Angel Monge Redondo
Ingeniero Técnico Agrícola por la UPM. Autor del libro: Diseño agronómico e hidráulico de riegos agrícolas a presión. Nominado mejor post premios iagua 2017
  • Cierra puerta, que se escapa ... ¿agua?

A los gatos no les gusta nada mojarse, ¿han visto alguna vez a un gato tomar un baño voluntariamente? La razón de esta aversión al agua puede estar en su procedencia. La mayoría de las razas de estos felinos provienen de Oriente Medio, de regiones con clima desértico, donde no abunda el agua. Por tanto deben de llevar en sus genes ese rechazo innato al baño.

Pero si un gato en un lugar cualquiera de oriente mira un día hacia el cielo y ve llover, será testigo de todo un acontecimiento que no es habitual en esos parajes, y también será testigo de la felicidad que invade a toda la población de la zona. Los habitantes de la aldea dirigirán sus ojos, como el gato, hacia las nubes y se dibujará en sus caras una amplia sonrisa.

Nuestro gato, que ha estado unos minutos al resguardo de un pequeño alero, cruza bajo la copiosa lluvia la angosta callejuela que le separa de la casa y entra en ella por la gatera. Lo primero que encuentra es un oscuro zaguán con un arcón y poco más. Del techo cuelga un delicado farol formado por cristales de colores con una vela encendida. Arrima su húmedo lomo a una gruesa cortina de arpillera que da acceso a un estrecho pasillo y avanza por él, a pequeños pasos, hasta un patio sin puerta. El patio se encuentra repleto de macetas de hibisco, jazmines y de boj, agrupadas en el centro. Se oye repicar con fuerza las gotas de lluvia y se percibe un agradable olor a tierra mojada mezclado con la fragancia que desprenden las plantas húmedas. El gato se sienta en el umbral sobre sus patas traseras y peina su cabeza con sus pequeñas zarpas. De vez en cuando se detiene para seguir, con mirada curiosa, las hojas y ramitas que las regueras transportan hacia una rejilla situada en el extremo. Lo que no sabe el gato es que ese agua que se desliza lentamente hacia la rejilla se almacenará en un al-yubb que hay debajo. De esa agua beberán los habitantes de la casa hasta que una nueva tormenta recargue el aljibe.

Muchas civilizaciones, desde hace siglos, aprovecharon el agua de lluvia para el uso doméstico de sus pobladores. Veamos algunos destacados ejemplos.

En Centroamérica destaca el imperio Maya. Al sur de la ciudad Oxkutzcab (estado de Yucatán, México) en el siglo X a.C., el abastecimiento de agua para la población se hacía a través del aprovechamiento del agua lluvia. El agua era recogida en un área de 100 a 200 metros cuadrados y almacenada en cisternas llamadas “Chultuns”. Estas cisternas tenían un diámetro aproximado de 5 metros, y eran excavadas en el subsuelo e impermeabilizadas con yeso.


Esquema y fotografía de un Chultun


En la zona arqueológica de Xochicalco, (Morelos, México) existió un asentamiento que no tenía ninguna fuente de abastecimiento de agua para la población. La plaza central y los patios de las viviendas fueron diseñados para canalizar el agua de lluvia hacia unas cisternas en las que se almacenaba durante meses para su consumo.


Izquierda, zona arqueológica de Xochicalco. Derecha, cisterna construida con piedra para el almacenamiento del agua de lluvia


En España la influencia romana y árabe dejó su imborrable huella en la forma de distribuir y de manejar el agua.

Los romanos refinaron un procedimiento de aprovechamiento del agua de lluvia para uso doméstico que apenas difiere de los que se utilizan hoy en día. Las viviendas contaban con un espacio principal a cielo abierto (“atrium”) y en él se instalaba un estanque central para recoger el agua de lluvia llamado “impluvium”. El agua, recogida en los tejados, llenaba el estanque a través de un orificio practicado en el techo “compluvium”.


Atrium con impluvium, (Pompeya, Italia)


Los árabes se especializaron en la construcción de aljibes. Eran depósitos enterrados o semienterrados, de variado volumen, que contenían el agua de lluvia recogida de cubiertas, de patios y de canales. Se construyeron con ladrillo y argamasa, y su cara interior se recubría de cal, arena, arcilla y resina de lentisco. El lentisco es un arbusto de zonas mediterráneas secas muy resistente a la sequía. De esta forma se conservaba perfectamente el agua en el interior.

Los aljibes árabes estuvieron en funcionamiento durante siglos pues la calidad de su construcción es excelente.

En la foto inferior podemos apreciar el magnífico aljibe de El Gorguel, en Cartagena (Murcia, España)

Hoy, el procedimiento doméstico para recoger el agua de lluvia no difiere mucho del que utilizaban los romanos y los árabes. Observen este dibujo:

Las cubiertas de los edificios siguen siendo evidentemente el área de captación del agua de lluvia que, través de canalones y tuberías, se conduce hacia el depósito.

La tecnología ha sofisticado los materiales de los elementos que intervienen en este proceso y ha añadido mecanismos nuevos y necesarios que antes, evidentemente, no existían.

Los materiales con que se construyen las cubiertas están tratados para no aportar sustancias nocivas al agua, al igual que los canalones y los tubos de la conducción.

Los filtros retienen las impurezas que porta el agua. Existen múltiples sistemas de filtrado que van desde la simple eliminación de las impurezas más gruesas hasta los sistemas que permiten la potabilización y el consumo posterior del agua. También existen filtros que permiten desechar automáticamente los primeros litros de agua recogidos en cada lluvia con la finalidad de practicar un lavado de toda la superficie de recogida que elimine las impurezas que pueda transportar.

Los sistemas de control son mecanismos opcionales que gestionan la alternancia de la utilización del agua de la reserva y de la red general. Es decir, cuando se vacía el agua del depósito pasa automáticamente a suministrar agua de la red. También estos sistemas permiten derivar, cuando fuese necesario, el agua del aljibe hacia una instalación de riego por ejemplo.

Mirad, ha dejado de llover sobre la aldea. Las nubes se deshilachan mostrando grandes claros de un azul intenso. Unos rayos de sol caen sobre las piedras mojadas del patio relejándose en ellas con brillantes destellos. Nuestro gato entorna los ojos, adelanta sus patas delanteras, arquea el lomo y con unos giros rápidos de cabeza se despereza. Da media vuelta, recorre casi a saltos el pasillo, cruza el zaguán y sale fuera. La gente vuelve a llenar las calles con una contagiosa algarabía. El sol extiende su luz hasta los rincones más oscuros de la aldea. El gato se dirige callejuela arriba hacia la plaza, donde está el mercado y pronto le perdemos de vista entre el gentío. Sabe que es el momento propicio para conseguir una ración extra de comida.

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