El desierto más viejo del mundo

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    Desierto de Namib (Wikipedia/CC)
  • Se diría que atardece a mediodía sobre el desierto más antiguo del mundo, el desierto africano del Namib, en Namibia.

Sobre el blog

Mónica Fernández Aceytuno
Premio Nacional de Medio Ambiente “Félix Rodríguez de la Fuente de Conservación de la Naturaleza” y columnista de ABC. Es fundadora y editora del portal de la Naturaleza Aceytuno.com.
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Luego cae el sol de verdad y los montes que a pleno día eran anaranjados se vuelven violetas, rojos, malvas, azules, de unas tonalidades jamás vistas en ningún otro lugar.

Es como si la tierra, a falta de adorno vegetal, hubiera decidido adornarse ella sola. De arena. Casi no hay agua. El único verdor visible, como el de una isla en un mar rojizo, es el de las acacias, salpicadas por el paisaje, y cuyas sombras son redondas como el mundo.

Aunque al principio ni se ve, casi siempre hay un orix sentado cerca del tronco, un gran antílope que lleva pintadas, sobre su piel muy clara, como una firma del sol, las sombras de las ramas.

Miras de lejos, y la copa de la acacia es de un verde luminoso, su sombra muy oscura. Cuando estás debajo, ni la notas. Porque la fresca oscuridad que intuías, eran los excrementos del orix a su alrededor, abonando el único árbol en muchos kilómetros a la redonda. También muchos metros tienen las raíces de la Acacia erioloba. Cuarenta. El agua es aquí un planeta lejano, casi desconocido. Se vive en la escasez, haciéndose favores unos a otros: yo te doy sombra; tú me abonas. Yo te doy mis hojas, esa agua verde; y tú dispersas mis frutos.

La estrategia de la Naturaleza cuando un recurso escasea tanto, más aún si se trata de un recurso tan vital como el agua, no es la de la lucha de los unos contra los otros, sino la colaboración para la obtención de un mismo objetivo.

La arena es como una hoja en blanco en el desierto más antiguo del mundo.

Hasta el más insignificante escarabajo que camina alzando por turnos sus patas en el aire para que se refresquen, como si bailara, buscando con sus élitros la humedad del amanecer sobre la cima de la duna, posándose el agua sobre sus alas como una brillante capa, deja un rastro que se puede leer.

Los nativos, bushmen, lo interpretan, lo leen todo. Ven las semillas, pequeñas como lentejas, de las hierbas que dan lugar a mil preguntas, porque conforman lo que se llama en este desierto los círculos de hadas, “fairy circles”. Unos grandes círculos, perfectos, que parecen los aros de una malla para que la arena no se vaya con el viento y que se divisan desde el aire.

Aterrizas, te acercas y no ves nada. La hierba, plateada, agostada, trazando el aro. El centro vacío. Removida su arena como por un millón de patas.

Fotografía: Desierto del Namib (Orix a la sombra de una Acacia erioloba). Mónica Fernández Aceytuno

Según parece, podría tratarse de un ejemplo de coevolución entre las termitas subterráneas y la hierba bushman. Y puede que también una manera de andar, de avanzar por el desierto la hierba, trazando aros con las termitas, para fijar el terreno y guardar la humedad.

Pero es la inmensidad de la nada lo que asombra en el desierto más antiguo del mundo.

Ese atardecer, cuando al fin llega, y todo, ahora sí, es verdadera magia, de la que tocas con la mirada porque alcanzó el alma, con la raíz de los siglos, la soledad del paisaje sin agua.

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