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¿Por qué el Tíbet es conocido como la "Torre del Agua"?

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Sobre el blog

Paula Sánchez
Comunicación en iAgua. A veces escribo.
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El Tíbet es una región situada en Asia, concretamente en la meseta tibetana, al noroeste del Himalaya. Su superficie total, unos 2,5 millones de kilómetros cuadrados, se extiende desde el Himalaya hasta las llanuras del norte de Janthang.

Famoso por su potencial turístico, es la meseta más extensa y más alta del planeta, con 4.900 metros de altitud media. El Everest, su pico más alto, con 8.848 metros, hace frontera con Nepal.

Dada su altitud y su amplia reserva de agua glaciar, unida a sus caudalosos ríos, el Tíbet está considerado como la “Torre de Agua” de nuestro planeta. Además, al ser la tercera reserva de hielo más grande del mundo, después de la Antártida y el Ártico, también se le denomina el “tercer polo de la Tierra”, junto al Polo Norte y el Polo Sur.

La mayoría de los ríos más grandes y caudalosos de Asia nacen en el Tíbet, lo que hace que la meseta albergue una de las mayores reservas de agua dulce del mundo. A diferencia de la Antártida o el Ártico, cuya agua derretida va a parar al océano, cuando los glaciares de este paraje se deshielan, el agua de la nieve forma la cabecera de diez de los mayores ríos del mundo, como el río Amarillo, el Yangtsé, el Mekong o el Salween. Estos ríos cumplen una función muy importante, porque a lo largo de su vasta extensión fertilizan las llanuras y los arrozales de los campos.


Río Yangtsé.

Asia está dominada además por el monzón, lo que provoca grandes precipitaciones concentradas en pocos meses, y el flujo de estos ríos depende en gran medida del flujo del deshielo de los glaciares del Tíbet.

Esta “Torre del Agua” almacena y distribuye de manera natural el agua a lo largo de los ríos para proporcionar regadío, agua potable y energía hidroeléctrica. El Tíbet mantiene la vida de una población que depende de los ríos que empiezan en sus cumbres.

Tradicionalmente, los tibetanos han compartido sus recursos hídricos con los países vecinos, pero los enfrentamientos entre países, unidos al cambio climático, podrían poner en peligro los recursos naturales del Tíbet.

Actividades como la extracción de minerales, el turismo, las presas hidroeléctricas y la acción humana y climática, amenazan con destruir las fuentes naturales del Tíbet, lo que comprometería la vida de cientos de personas, no solo en la región, sino en todo el mundo.

Con el aumento de la temperatura, los glaciares se están derritiendo rápidamente, ocasionando que también se derrita el permafrost y, junto a la urbanización e industrialización del Tíbet, el agua se está volviendo cada vez más escasa.

Y es que en China hay alrededor de 360 millones de personas que no tienen acceso al agua potable. La contaminación de sus aguas cuesta además 22.000 millones de dólares anuales, casi el 1,1% del PIB del país.

El uso del agua de forma discriminada hace que los ríos desaparezcan, y el recurso disponible cada vez se reduzca más. De hecho, en el sur de China, la población se abastece por los sistemas hídricos de los ríos Yangtze y Rojo, cada vez más afectados por la contaminación de sua aguas, fruto de los desechos de refinerías, petrolíferas y fábricas de papel que se asientan en sus orillas.

En 1997, el río Amarillo estuvo seco durante más de 200 días. Sus aguas no llegan al mar, y tampoco a la provincia de Shandong, la última antes de su desembocadura. Y esta situación, sigue repitiéndose décadas después. 

En una situación mundial, donde la población cada día crece más y los recursos naturales cada vez son más escasos, no es de extrañar que el Tíbet se convierta en objeto de deseo por parte de China pero, ¿a qué coste medioambiental?

El frágil ecosistema del Tíbet podría ser la salvación de una sociedad con escasez hídrica, o podría ser el comienzo de una “guerra del agua”.

Pero esa ya, es otra entrada de blog.

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