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Mis recuerdos de Loyola de Palacio

Sobre el blog

Pedro Arrojo Agudo
Profesor Emérito de Análisis Económico de la Universidad de Zaragoza.
  • Mis recuerdos Loyola Palacio
    (Fotografía: © European Union 2001 - EP)

Compartí con Loyola un año de Jardín de Infancia en el Liceo Francés de Madrid. Tuve conciencia de ello, siendo Loyola Ministra de Agricultura, cuando, D. Ramón Llamas nos presentó. Ramón había sido uno de los Profesores clave en la convocatoria del Primer Congreso Ibérico sobre Planificación y Gestión de Aguas (1998) y en el posterior nacimiento de la Fundación Nueva Cultura del Agua, que tuve el honor de presidir; al tiempo que, me consta, era uno de los amigos y asesores de Loyola que más confianza le suscitaba.

Desde ese día, junto a Javier Martínez Gil (mi buen amigo y catedrático de hidrogeología de la Universidad de Zaragoza), tuvimos el privilegio de compartir con Loyola y Ramón múltiples debates, sesiones e incluso cenas de trabajo sobre el Proyecto de Plan Hidrológico Nacional, que por entonces promovía la Ministra de Medioambiente, Dª Isabel Tocino. Reuniones, que a menudo convocaba la propia Loyola, en las que entrábamos a fondo, sin tapujos ni liturgias protocolarias, y de las que pronto emergió un sorprendente nivel de acuerdo entre nosotros, sobre la inconsistencia entre la masiva oleada de grandes presas y trasvases proyectados en el Plan Hidrológico y las necesidades reales que Loyola proyectaba en su Plan Nacional de Regadíos, priorizando la modernización sobre el crecimiento del regadío.

El hecho de que tuviéramos posiciones ideológicas rotundamente distintas nunca fue obstáculo para desarrollar esa relación de diálogo y debate respetuoso y constructivo, que pronto desembocó en discrepancias públicas entre ella e Isabel Tocino en torno al Plan Hidrológico Nacional.

Cuando años más tarde Loyola ejercía de Comisaria en la Unión Europea y había estallado la movilización social contra los Trasvases del Ebro, Loyola mantuvo su interés por seguir el debate hidrológico. En uno de mis viajes a Bruselas, a vueltas con las gestiones ante la Comisión Europea, Loyola me llamó a su despacho y me lanzó directa la pregunta de si todavía seguiría en pie la oferta de Javier Martínez Gil para hacer rafting en el río Gállego, allí donde estaba proyectada la presa de Biscarrués. No lo dudé, conociendo a Javier y, aún sin consultárselo, contesté que por supuesto. Unas semanas después teníamos a la Comisaria, con su hermano, en las apasionantes aguas bravas del Pirineo. Días antes la Guardia Civil me había contactado para pedirme información sobre la agenda de Loyola y poder garantizarle la seguridad. “¿Le han preguntado a ella?, les contesté. “Si pero no nos da ninguna información”. “En tal caso”, les dije, “será que no quiere escolta…”. Y allí tuvimos a los guardias civiles, con prismáticos, por los riscos, intentando seguir, lo más discretamente posible, las peripecias de Loyola y de esos dos profesores amigos suyos, “poco fiables”, por los ríos pirenaicos. Al final en Aínsa, una periodista local la reconoció y le pidió si estaría dispuesta  a concederle una entrevista. Se lo pensó, y comentándonos en voz baja “creo que en mi partido habrá gente que se enfadará, pero..., adelante”; y aceptó. En efecto, sus opiniones sobre la insensatez de construir esas grandes presas, destruyendo el floreciente turismo fluvial que ya daba vida a los pueblos en la región, fueron la bomba en Aragón y en Madrid… 

No volví a saber de ella hasta que cayó enferma. Un día me llamó por teléfono, y tras mostrarme su confianza en que superaría la enfermedad, me pidió que participara en el debate sobre la energía nuclear que estaba preparando para la conferencia política del PP, que ya se anunciaba. No hubo manera de eludir el marrón. “No es mi tema”; “tengo mis posiciones, pero no soy experto en la materia”… Al final tuve que ceder. Ella entendía que haría una buena defensa, en mi calidad de doctor en físicas, de los argumentos antinucleares, que ella no compartía. Pero, como siempre, por encima de sus convicciones ideológicas y de su lealtad partidaria, se imponía y se impuso su empeño por el debate claro y sin tapujos. Al cabo de un tiempo, me golpeó sorpresivamente la noticia de su muerte y entendí que decaería su invitación-compromiso de participar en aquella Convención del PP.  Sin embargo, a los pocos días una nueva llamada telefónica, esta vez del Sr. Arias Cañete, sin conocerme, me confirmó la invitación, explicándome que Loyola, antes de morir, le había insistido en que se encargara personalmente de garantizar mi participación en el evento. Así las cosas, ese fue mi homenaje particular a mi respetada y querida Loyola: participar, en medio de himnos azules y gaviotas voladoras, en aquel acto, que no pudo ser más correcto. Al tener que confrontar mis posiciones con los otros cinco expertos pro nucleares de la mesa redonda, dispuse del 50% del tiempo del debate. Espero que Loyola quedara satisfecha. Yo, mientras argumentaba mis posiciones, la recordaba.

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