El sector agroalimentario andaluz es el de mayor tamaño de España: aporta más del 20% del VAB agrícola nacional y más del 15% del VAB total regional. Supone el 22% de los puestos de trabajo sectoriales en España y más del 17% de la ocupación total en Andalucía. Este papel de locomotora lo desarrolla además en el medio rural, siendo clave para el equilibrio demográfico y evitar la despoblación, especialmente en una comunidad como la andaluza, que concentra una cuarta parte de la población rural española.
Todo este sector está vinculado fundamentalmente a la agricultura de riego. Andalucía es la primera Comunidad Autónoma en superficie irrigada, con 1.130.000 ha aproximadamente, el 30% del total de la superficie nacional regada. Pero es además también la Comunidad con los sistemas de riego más avanzados y eficientes. El riego localizado o por goteo representa casi el 80% de la superficie de riego en Andalucía (frente al 45% nacional), una apuesta por la eficiencia hídrica solo equiparable a la de Israel y nuestra vecina Murcia.
Todo ello ha sido posible gracias al enorme esfuerzo de modernización realizado por el regadío en las últimas décadas. Los regantes han sido sensibles a su alta exposición a los ciclos meteorológicos adversos, lo que les ha llevado a realizar fuertes inversiones para optimizar el consumo de agua. Unas inversiones que les han permitido lograr un ahorro medio del 30%, haciéndolos menos vulnerable a la falta de lluvias, pero no lo suficiente en un contexto de cambio climático que viene reduciendo la media de precipitaciones y de aportaciones a los embalses, al tiempo que incrementando las temperaturas y las necesidades hídricas de los cultivos.
La apuesta de las administraciones por aumentar la garantía de agua con obras hidráulicas no ha sido paralela a la de los regantes por optimizar su uso
Lamentablemente, la apuesta de las administraciones por aumentar la garantía de agua con nuevas obras hidráulicas no ha sido paralela a la de los regantes por optimizar su uso. En Andalucía, las obras de regulación tuvieron un gran impulso durante todo el siglo XX, pero la llamada nueva Cultura del Agua (que es tan vieja que es decimonónica, de la España anterior al reformismo de Joaquín Costa) ha logrado extender sobre las presas una imagen de infraestructuras antiecológicas que prácticamente ha frenado en seco su desarrollo en este siglo XXI. En Andalucía, de hecho, no se construye ninguna nueva obra de regulación desde 2013. Y el fracaso más evidente de esa política es la presente sequía, con las fuertes restricciones que impone al regadío: de hasta el 88% en la Cuenca del Guadalquivir.
¿Qué están haciendo los agricultores frente a esta situación? Tomando todas las medidas que están en su mano para adaptarse: optar por los cultivos que consumen menos agua, aumentar la superficie de tierra no cultivada, concentrar el agua para la arboleda, movilizar fuentes alternativas (subterráneas, regeneradas y desaladas) y activar las cesiones de derechos de agua. Pero con el esfuerzo del regadío no basta: es necesario que las administraciones acompañen a los regantes en su esfuerzo y toma de decisiones, abandonando esa reaccionaria nueva cultura del agua que tan infaustos resultados ha producido y sustituyéndola por una “Buena Cultura del Agua” dirigida a la optimización del “mix hídrico”, adaptado a cada cuenca, sistema de explotación y/o explotación de regadío.
Tenemos que apostar por las fuentes alternativas (regeneración y desalación), pero no podemos renunciar a mejorar la garantía de los recursos convencionales, invirtiendo en presas y balsas, modernización y trasvases. Necesitamos en este sentido un plan hidrológico nacional que coordine los planes hidrológicos de cuenca y sobre todo necesitamos una importante movilización de recursos por parte de todas las administraciones para invertir a largo plazo en políticas de aguas. Necesitamos apostar por llevar la digitalización y la transición energética al regadío. Necesitamos, en definitiva coherencia, para equilibrar los objetivos de la DMA con los objetivos de desarrollo sostenible, reto demográfico y de la soberanía alimentaria. Si no lo hacemos, el cambio climático acabará con la agricultura de riego española y volveremos a la desertización y la despoblación, característica del paisaje del medio rural español de principios del pasado siglo.