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La importancia histórica de la buena gestión del agua frente al cambio climático

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  • importancia histórica buena gestión agua frente al cambio climático

Sobre el blog

Roberto Ruiz Robles
Coordinador Área Energía y Cambio Climático en el Instituto Superior del Medio Ambiente. Presidente de la Asociación de Ciencias Ambientales. Interesado en comunicación ambiental, agua, movilidad sostenible, custodia del territorio...
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La historia de la humanidad ha estado unida de una forma íntima a la disponibilidad de agua. Es un hecho histórico conocido e inmensamente estudiado que todas las grandes civilizaciones han crecido y se han desarrollado en torno a grandes fuentes de agua, desde los primeros grandes asentamientos en Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Eufrates o el antiguo Egipto en las orillas del Nilo.

Merece la pena conocer más en detalle el caso de Mesopotamia y la gran ciudad de Ur, ya que se trata de una ciudad, la primera “gran ciudad” para los parámetros de la época, que vivió su esplendor y decadencia debido a los cambios climáticos de la época, ya que se trataba de un asentamiento que dependía totalmente del agua y de la primera gran ciudad que colapsó como consecuencia de la falta de este líquido elemento.

Ur era una ciudad densamente poblada, de las más importantes de su época. El poderío de esta ciudad era comparable al de los faraones egipcios y dominaba gran parte del sur de Mesopotamia, en lo que actualmente es el sur de Irak.

Como la mayoría de los primeros grandes asentamientos en la historia esta gran ciudad comenzó con varias pequeñas aldeas dedicadas a la agricultura, que prosperaron en una época de buenas precipitaciones que siguió a la Mini Era Glaciar que tuvo lugar hace 8000 años. El trabajo de los pobladores estaba íntimamente ligado a la gestión del agua para favorecer la agricultura.

Durante los 3000 años que siguieron a la Mini Era Glaciar la ciudad de Ur prosperó, junto a otras ciudades como Eridu, Uruk o Nippur, gracias a la irrigación y canalización de los campos de cultivo cercanos a los grandes ríos, contrastando con la aridez del resto de la región.

Sin embargo, todo esto cambió entre los años 2200 y 2000 a.C con un ciclo de sequías que duró casi tres siglos. En la ciudad los trabajos en torno al agua, que habían sido claves para el crecimiento de la ciudad, tomaron un papel todavía más importante. Había que aprovechar cada gota de agua de la que disponían. Esto quedó registrado en tablillas cuneiformes de la época dónde las autoridades locales median las raciones de grano.

Tras muchas décadas de penurias, la ciudad no resistió y gran parte de la población pereció o se dispersó en busca de oportunidades en otras tierras, tal y como cuenta Brian Fagan en el magnífico libro, El largo verano, en el que describe la respuesta de las diferentes culturas a los cambios climáticos acaecidos en los últimos 15000 años.

  • Comparación con la época actual

En la actualidad encontramos algunas similitudes con el caso de la antigua ciudad de Ur y las primeras grandes ciudades de Mesopotamia.

Si bien las grandes ciudades actuales, incluyendo megalópolis con más de 10 millones de habitantes, no se pueden comparar con la ciudad de Ur, de apenas unos pocos miles de habitantes, si continúan teniendo algunos problemas comunes, entre ellos la dependencia del agua.

Según señala el Informe Anual sobre Riesgos Globales, publicado por el Foro Económico Mundial en 2015, la crisis del agua es la mayor preocupación a nivel global, a nivel de impacto. Además, desde hace unos pocos años somos conscientes de que nos enfrentamos a uno de los mayores retos a los que se ha enfrentado la humanidad, el calentamiento global.

A finales del año pasado la lucha contra el cambio climático consiguió poner de acuerdo, por primera vez, casi al mundo entero. Los representantes de 195 países, reunidos en la Cumbre del Clima de París, adoptaron el primer acuerdo global para atajar el calentamiento desencadenado por el hombre con sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, también quedó patente que aunque se cumplieran todos los esfuerzos prometidos en esta cumbre, no serán suficientes para impedir que el aumento de la temperatura a final del siglo supere los dos grados.

En los próximos siglos ¿seremos capaces de hacer frente a esta amenaza o sucumbiremos como la ciudad de Ur?

Una cosa queda clara, al igual que entonces los empleos relacionados con la gestión del agua cobran una importancia vital para la sociedad, tanto en países desarrollados como en países en vías de desarrollo.

Todo esto en un mundo donde el agua potable y el saneamiento son un Derecho Humano reconocido por Naciones Unidas desde hace 6 años y en el que, sin embargo, 750 millones de personas no disponen de agua segura y más de 2.500 millones de saneamiento adecuado, según datos de Ongawa.

  • ¿Cómo prepararnos para afrontar esta compleja situación?

La escala global de los problemas ambientales, como el cambio climático y la disponibilidad de agua dulce hace necesario un análisis profundo de la problemática estableciendo herramientas de medición que permitan evaluar su tendencia y evolución, para poder actuar luego en consecuencia.

En los últimos años han surgido nuevos indicadores que nos ayudan a entender mejor la repercusión de nuestros actos. Entre ellos destacan la huella hídrica y la huella de agua.

Como bien señala José Luis Canga en su post “Cálculo de huella hídrica y huella de agua”, la Huella Hídrica (desarrollada en 2008 por la Universidad de Twente, Water Footprint Network) es una poderosa herramienta de concienciación de la opinión pública, que ha comenzado a estudiarse con creciente interés por diversas naciones, en especial aquellas con escasez hídrica.

La Huella Hídrica de un producto es el volumen de agua dulce usada para producir el producto, medida a lo largo de toda la cadena de suministro.

Por su parte el concepto de Huella de Agua, nacido en 2014 con la norma ISO 14046:2014, se define como la evaluación de los impactos ambientales que un producto, proceso u organización ocasiona sobre el agua, a lo largo de su ciclo de vida.

El esquema de cálculo de la Huella de Agua requiere indicadores relativos a los efectos sobre la disponibilidad de agua, indicadores que evalúen el impacto ambiental que los usos del agua producen sobre el recurso agua (eutrofización, acidificación, ecotoxicidad, etc.), la salud humana, los recursos naturales y los ecosistemas, etc.

Estas son los indicadores más destacados pero existen en la actualidad otras iniciativas que proponen herramientas para medir la sostenibilidad del uso del agua, y es probable que en el futuro aparezcan nuevas y se afinen las actuales.

En cualquier caso, es un hecho que cada vez somos más conscientes de la importancia de la conservación del medio ambiente, y del agua en particular. También hemos empezado a comprender parte del complejo funcionamiento del clima y como estamos influyendo en el mismo. Como dice el astrofísico Neil de Grasse, genial sucesor de Carl Sagan en la serie documental Cosmos; los dinosaurios no vieron venir el meteorito, ¿Cuál es nuestra excusa?.

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