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Sobre el blog

Vicente R. Navarro Planas
Ingeniero Civil y Máster en Ingeniería Hidráulica y Medio Ambiente. Bloguero en iAgua. Voluntario activo en una ONG de sensibilización y cooperación para el desarrollo. Equipo de Relaciones Internacionales y Sostenibilidad (YWP-Spain)
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Cuaderno de bitácora, 22 de marzo del año 2 500

No me pude resistir aquel día en la Feria de la Ciencia. Delante de mis ojos tenía un DeLorean eléctrico de pila de hidrógeno en exhibición. De niña siempre había estado soñando emular a Marty McFly y a “Doc” en sus viajes en “Back to the Future”. Y me subí al coche sin que nadie se percatara. Apreté unos cuantos botones y en un suspiro el automóvil alcanzó las 88 millas por hora. Aterricé en el cálido y casi irrespirable año 2 500.

Hoy llevo casi 1 mes encerrada en aquel búnker que esconde la fábrica de nutracéuticos, aquellas pastillas que nunca sustituirán a la paella que hace mi abuelo cada domingo, pero que de momento me están salvando la vida. Desgraciadamente, no logro librarme de esta delirante sed que me produce alucinaciones y me va consumiendo día tras día.

De pronto, varios golpes retumbaron en aquel refugio. Una voz ronca con espasmos de sollozo pedía paso. Me acerqué a la mirilla y descubrí un rostro apesadumbrado. Lo dejé pasar. Aparentaba tener la misma edad que mis abuelos. Tras calmarse y entablar una amena conversación con Raviv, me reveló que superaba los 120 años y que lo había estado rastreando una patrulla de androides durante varios días. No se le ocurrió mejor lugar para ocultar su presencia que el búnker de la fábrica donde había estado programando la maquinaria nutracéutica.

Casualidad o no, lo mismo me sucedió el día que llegué tras el viaje en el tiempo. Tras recorrer cientos de quilómetros de áridos desiertos y yermas tierras, acabé llegando a un ancho río que estaba monitorizado por un escuadrón de robots, los cuales me persiguieron en su auto aerodeslizador. Corrí con el DeLorean tanto como pude hasta perderlos de vista, pero el hambre pudo conmigo y no avisté ninguna cantina en el camino. Hasta que descubrí la industria de grageas nutricionales. Al volver al bólido, se había acabado el combustible de hidrógeno y decidí permanecer ahí.

El vetusto Raviv me estuvo contando que los robots, los androides y todo tipo de inteligencia artificial seguían las instrucciones de su líder: Trump. Sí, el mismo que otrora fuera presidente de los Estados Unidos de América y que había criogenizado su cerebro cuando murió. No tenía otro objetivo que no fuera dominar el mundo. El jefe cíborg de este imperio seguía firme en perpetuar el empleo de los combustibles fósiles, los cuales habían acelerado que la temperatura media de la Tierra se incrementara con el consecuente y total deshielo de los glaciares y la gran pérdida de biodiversidad. El aire también se había vuelto casi irrespirable para los humanos, a quienes quería poner al servicio de la tecnología, robándoles su conciencia y empoderando con ella a toda entidad inteligente artificialmente.

El líder Trump conocía de buena mano cuál era la principal fuente de vida de los seres humanos: el agua. Por ello, se había encargado de monitorizar todo río, acuífero, manantial o lago con patrullas de robots y androides donde no se pudiera interceptar el agua de lluvia desde las propias nubes. Su sistema se había apoderado también de los autómatas programables que controlaban las plantas desaladoras y depuradoras del mundo, las cuales antes se habían convertido en eficientes y sostenibles fábricas de recursos.

Este plan urdido maquiavélicamente había forzado que los millones de personas que sobrevivían se refugiaran en otros planetas del sistema solar, como Marte, u otras galaxias desde donde podrían comenzar desde cero y tramarían su venganza contra el régimen antihumano de Trump. Porque nuestro futuro no está escrito…

 

Yarah Waters Pozo (Y. W. P.)

Redacción iAgua

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