Paula acarrea agua

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Paula es una niña de 7 años que parece de 5, aún no sabe leer ni escribir. Aún así decían muchos de los pobladores de uno de los pueblitos más pobres de Huehuetenango que era la niña más linda. Nunca se despertó por el canto estremecedor del gallo de sus vecinos, antes de que éste cantara, su madre le hablaba entre susurros y caricias para alentarla. Generalmente se despabilaba casi de inmediato y se vestía con una rapidez comparable a la velocidad de los conejos que cruzaban las milpas de su patio, se lavaba la cara para luego ayudar a su mamá, todos los días acompañaba hasta el riachuelo colina abajo a su madre y a un viejo asno que les ayudaba a acarrear agua a la casa.

Para cuando llegaban al riachuelo su madre les pedía que llenaran los cántaros. A Paula le encantaba ir a la parte superior del riachuelo a ver la salida del sol, en donde el agua era más clara y en donde se encontraba una pequeña poza que estaba rodeada de miles de plantas verdes y en donde se oía el canto de decenas de pájaros que sus abuelos llamaban en un idioma extraño y antiguo “Ch´ipch´ip”. Esa poza también estaba llena de piedras preciosas y muchos colores al fondo, a ella le gustaba verse en el espejo de agua, y como todo niño hacia muecas y caras apenas descriptibles, baste decir que ella misma le temía a esas muecas cuando las recordaba por la noche antes de dormir.

Una vez llenos los 10 cántaros, su madre cargaba 6 a la vieja mula, dejaba 4 en el suelo (dos de un tamaño apenas más pequeño), uno se lo alzaba a la espalda de Juan y uno a la cabeza de Paula, los de mayor tamaño se los llevaba ella de una manera casi heroica, uno en la espalda ayudada de un mecapal y uno arriba de la cabeza con la ayuda de un yagual.

Al llegar a casa, lo primero que hacia Paula era dar de comer a unas viejas gallinas que tenían en el patio y que caminaban con absoluta libertad dentro y fuera de todas las habitaciones incluyendo la cocina de su casa. Su madre aprovechaba para servirle el desayuno a su esposo, también le empacaba el almuerzo del día, que tenía que partir colina arriba para abonar sus cultivos.

Paula veía todos los días como se marchaba su padre, al tiempo que salía Abby su vecina con cuadernos y libros en mano hacia el colegio. Paula siempre deseó ir a la escuela de su aldea y ser amiga de Abby, pero nunca tenía tiempo, luego de que su padre se marchaba junto a Juan, su madre y ella, salían de nuevo al riachuelo está vez para lavar la ropa. Y aunque su madre lavaba la mayoría de ropa, habían momentos en los que se fatigaba, su madre le decía “anda, ve a buscar leña”, cosa que ella hacía con un mucho ánimo. Le gustaba adentrarse al bosque para buscar ramas secas y de paso descubrir nuevas plantas, nuevos animales e insectos, siempre se preguntaba si alguien en algún lugar del mundo sabría cómo se llamaba cada uno de los que ella descubría, su preferido era uno que se confundía con las ramas secas, ella los llamaba “quiebrapalitos” su hermano Juan en una ocasión le dijo que los llamara así, por su parecido a las ramitas o palitos secos de los cafetos, y ese fue el nombre con el cual bautizó a este insecto.

Luego de buscar ramas secas las acercaba hasta donde estaba el asno y ordenaba, para de tal forma y con la ayuda de su madre montarla al lomo del viejo animal. Luego se dedicaba de nueva cuenta a ayudar a terminar de lavar la ropa y al medio día regresaban a casa. Un día se le ocurrió contar cuanto tiempo se llevaba de su casa al riachuelo y del riachuelo a su casa, pero no pudo porque no sabía contar. Su madre le dijo que aproximadamente se hacían entre 45 a 50 minutos en ir y entre una hora 15 minutos en regresar.

Cuando llegaba a casa, su madre y ella se ponían a escoger los frijoles que su padre había cosechado, separaba los granos buenos de los malos y lo depositaban en costales de yute separados. Su madre le contaba historias y generalmente cataban juntas. Paula siempre le contaba las cosas que había descubierto en el bosque por la mañana.

El día transcurría generalmente y al cabo de la media tarde, su padre y Juan llegaban a la casa con trozos de leña que arrastraban desde la colina, llegaban cansados y sucios. Paula sabía que tenía que llevarles enseguida agua de los cántaros que habían llenado en la mañana para lavarse las manos y la cara, luego les llevaba una jarra de limonada.

Al cabo de un rato, su padre generalmente quedaba dormido en una vieja hamaca que tenían en el corredor, aunque ella juraba que no dormía, porque parecía que tenía un ojo abierto vigilando, ese día comprobó que efectivamente su idea era cierta. Porque para sorpresa de todos, menos de su padre, a todos les sorprendió la llegada de su abuelo Juan. Al verlo por la verja, Paula saltó y de brincos llegó hasta él para plantarle un beso, éste la abrazó y la cargó hasta donde estaban sus padres y su hermano.

Luego de un momento su abuelo habló en privado con su padre, éste los llamó a todos a reunirse en la cocina para contarles las buenas nuevas, el padre le explicó a todos, que pronto ya no irían al riachuelo por agua y que el siguiente año Paula y Juan por fin irían a la Escuela, debido a que en la aldea y gracias al proyecto que su abuelo dirigía, en unas cuantas semanas iban a construir un sistema de agua potable para toda el pequeño pueblo. Y gracias a él tendrían más tiempo para hacer otras cosas y él quería que Paula y Juan aprendieran a leer y escribir y por lo tanto irían a la escuela, el sueño de ambos.

Con el tiempo, en el pequeño pueblo de Huehuetenango todos accedieron a agua potable en cada vivienda, a Paula le daba tiempo de ir a la escuela y Abby se había convertido en su mejor amiga, Paula había aprendido a leer y escribir gracias a la ayuda de su amiga y ésta en una muestra de cariño le enseñó todos los dibujos de los animales, insectos y plantas que había descubierto en el bosque del riachuelo a lo largo de toda su vida. Ambas le ponían nombres graciosos a todos los dibujos y nunca paraban de reír. En una ocasión le contó a su abuelo que de grande ella quería ser una entomóloga y ayudar a su padre a identificar las plagas que acechaban los cultivos de su padre.

Hoy Paula va a la universidad pública de Guatemala y su profesor le ayudó a identificar que su insecto favorito realmente se llama Medauroidea extradentata.

Escrito por: Sr. Yefrin M. Chávez

Basado en hechos reales.

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