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Preparar las ciudades para las lluvias extremas: del desagüe al diseño urbano resiliente

Sobre el blog

Daniel Jato Espino
Investigador Sénior. Profesor en Ingeniería y Gestión Ambiental, Universidad Internacional de Valencia.
  • Preparar ciudades lluvias extremas: desagüe al diseño urbano resiliente
    González-Cebrián/Fotos iAgua.

Las lluvias intensas registradas recientemente en Valencia vuelven a poner en evidencia la vulnerabilidad de las ciudades frente a precipitaciones cada vez más frecuentes y concentradas. Estos eventos extremos, combinadas con largos periodos de sequía, suponen un desafío para unas infraestructuras concebidas bajo un paradigma de drenaje puramente evacuador. Hoy, la prioridad debe ser avanzar hacia una gestión integral del ciclo urbano del agua, capaz de amortiguar los impactos y aprovechar el recurso cuando llega.

Durante décadas, la estrategia predominante para gestionar el agua de lluvia ha sido aumentar la capacidad hidráulica mediante colectores, canales de alivio o, a lo sumo, tanques de tormenta. Estas infraestructuras siguen siendo valiosas y necesarias, pero resultan insuficientes ante la intensidad y rapidez de los eventos actuales, agravados por el cambio climático y la creciente impermeabilización del suelo urbano.

El complemento necesario pasa por incorporar Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SuDS). Medidas como cubiertas vegetales, pavimentos permeables, jardines de lluvia o depósitos de infiltración permiten reducir la escorrentía, infiltrar agua al subsuelo y aliviar la presión sobre el alcantarillado. Además, aportan beneficios en otros ámbitos como biodiversidad, confort térmico, mejora paisajística y calidad del espacio público, especialmente si los SuDS están basados en soluciones naturales.

En el contexto actual, tres líneas de actuación deberían activarse o reforzarse para mejorar la resiliencia hídrica:

  1. Planificación a escala de cuenca urbana. Las ciudades necesitan revisar sus mapas de riesgo de inundación, considerando predicciones de cambio climático y expansión urbana. Esto implica usar herramientas como gemelos digitales, modelos hidrológicos, sistemas de información geográfica (SIG) o herramientas de aprendizaje automático para identificar zonas críticas y diseñar espacios multifuncionales que actúen como áreas de laminación temporal.
  2. Normativa y financiación adaptadas. La integración de SuDS no deben depender de la voluntad técnica, sino convertirse en un requisito regulado en obra nueva, rehabilitación y urbanización, exigiendo porcentajes mínimos de superficie permeable en proyectos urbanos. Además, es clave habilitar incentivos fiscales y aprovechar fondos europeos destinados a adaptación climática. Estas medidas reducen la percepción de los SuDS como un coste adicional y los posicionan como una inversión estratégica frente a daños millonarios por inundaciones.
  3. Mantenimiento y gobernanza transversal. Los SuDS no son infraestructuras de “instalar y olvidar”. Necesitan cuidado para mantener su eficacia y una gestión integrada entre áreas municipales de agua, urbanismo y medio ambiente bajo un marco común de infraestructura azul-verde, los sistemas pierden eficacia rápidamente. Esto incluye indicadores de rendimiento, planes de inspección y formación técnica para garantizar que los beneficios se mantengan en el tiempo.

Ciudades como Copenhague, Rotterdam o Vitoria-Gasteiz han avanzado hacia la resiliencia hídrica mediante estrategias de “ciudad esponja”. Sus ejemplos demuestran que las soluciones basadas en la naturaleza son técnica y económicamente viables y que su implementación reduce significativamente los daños por inundación. En el ámbito mediterráneo, Alicante o Málaga también han dado pasos en esa dirección, incorporando parques inundables o balsas de infiltración.

Las lluvias torrenciales no son una anomalía: son parte de la nueva realidad climática. Ignorarlas o afrontarlas solo desde la emergencia supone una condena a repetir los mismos impactos una y otra vez. Cada episodio de lluvia debe aprovecharse como una oportunidad para acelerar la transición hacia ciudades resilientes. Convertirlas en paisajes esponja no es un capricho ambiental, sino una necesidad urbana y social.

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