Agua y sal: La historia de la desalación

2.009
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Águeda García de Durango
Responsable de Contenidos y Comunidad en iAgua.

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En España, el agua es un recurso escaso. Por ello, buscar soluciones para garantizar el suministro de agua ha hecho que seamos uno de los países punteros en el desarrollo de tecnologías para este fin, entre ellas la desalación.

Porque otra cosa no, pero los más de 7.900 kilómetros de litoral en nuestro país ofrecen un marco excepcional para la implantación de desaladoras. Sabemos que en el área regada por el Cantábrico, por el momento, no es necesario aplicar esta técnica; ahí los problemas son otros. Y digo de momento en vista de las probables crisis hídricas que se avecinan a causa del cambio climático y a las que las recientes y cada vez más frecuentes olas de calor contribuyen en gran medida.

Aun restando la zona norte de la geografía española, el problema del agua en España es acuciante y creciente. Las recurrentes sequías y la condición de semi-desértica o directamente desértica de gran parte de la península han provocado que desde tiempos inmemoriales la búsqueda de soluciones eficaces y eficientes sea un reto constante en la Historia patria.

Con todo, esta incesante obsesión ha tenido sus frutos. Las empresas de agua españolas se han convertido en un referente internacional, con proyectos en lugares tan representativos como Arabia Saudita, Australia o México. Y entre las técnicas con mayor distribución fuera de nuestras fronteras, se encuentra la protagonista de este reportaje: la desalación.

Pero ¿cuándo nace en España el interés por aplicar esta técnica? ¿Qué ha ocurrido para que en nuestro propio país contemplemos esta opción con cierto recelo? Y sobre todo: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Quizá la Historia tenga la respuesta.

Existe constancia de la definición de los principios para separar el agua de las sales en la Grecia clásica

Una perspectiva global

Si bien es cierto que trasformar el agua salada existente en los mares en agua potable ha sido un reto para el ser humano desde tiempos inmemoriales. No podemos hablar de una instalación desaladora propiamente dicha hasta bien entrado el siglo XIX. Concretamente en 1872: las Salinas de Chile, una planta de destilación solar de muy bajo rendimiento diseñada por el ingeniero Carlos Wilson abastecía de agua a una población minera hasta su sustitución 40 años más tarde por una tubería.

Mucho antes, existe constancia de la definición de los principios para separar el agua de las sales en la Grecia clásica, materializados en el primer evaporador de mano de Aristóteles en el siglo IV antes de Cristo, según cuenta Miguel Torres Corral, consultor experto en desalación. El sabio no fue el único: Tales de Mileto, Demócrito, Plinio o Alejandro de Afrodisias  plasmaron  en sus escritos la posibilidad de convertir el agua del mar en agua dulce, incluso con la descripción de dispositivos para destilar agua.

En la Edad Media, las ansias conquistadoras aceleraron la búsqueda de sistemas de desalinización en los barcos. En el siglo XVI, los navíos hacían uso de rudimentarios alambiques para abastecerse de agua mediante destilación. Torres cita como ejemplos las investigaciones de John Gaddesden o Andrés Laguna. De hecho, según Diego Alarcón, Jefe de la Unidad de Desalinización Solar de la PSA del CIEMAT, “la destilación para la producción de agua potable se utiliza en las embarcaciones desde hace 400 años”. Alarcón cuenta que las primeras patentes se deben a los ingleses W. Walcot y R. Fitzerald en 1675 y 1683 respectivamente.

En el mismo Renacimiento, el italiano Della Porta, uno de los científicos más importantes de su época, llegó a describir hasta 7 métodos diferentes de destilación, según el experto del CIEMAT.

Toda esta historia no llega a plasmarse en realizaciones de importancia hasta el siglo XIX, con máquinas de vapor (alimentadas con agua de mar) como exponente de la desalación a partir de condensación. Este sistema se generalizó hasta principios del siglo XX.

Pero para hablar de plantas desaladoras lo más similares a lo que conocemos hoy en día tenemos que remontarnos a los años 50 del siglo XX, cuando la tecnología dominante se basaba en la evaporación. Según Torres, “los precios bajos de los combustibles fósiles marcaron la tendencia en el desarrollo de las primeras desaladoras”. A este desarrollo, afirma Diego Alarcón, también contribuyeron las consecuencias de la II Guerra Mundial: el crecimiento de la población, la contaminación de los recursos de agua disponibles y la expansión de industrias con alto consumo de agua.

Las primeras instalaciones tenían la ventaja de ser baratas en su instalación y el inconveniente de consumir grandes cantidades de energía. Hasta 1970, “el incremento de la capacidad instalada es bajo, siendo el total ese año 1,7 hm3/día”, asegura Torres. Para hacernos una idea, en 2011 ya se producían más de 36 hm3 de agua desalada al día en todo el planeta.

En la Edad Media, las ansias conquistadoras aceleraron la búsqueda de sistemas de desalinización en los barcos

Las sucesivas crisis del petróleo entre los 70 y los 80 frenaron el entusiasmo consumidor de energía. A ello se sumó la aparición de la ósmosis inversa, siendo Arabia Saudí el escenario de la construcción de la primera gran planta de este tipo. Hoy en día, 150 países emplean este método, que a partir de 2003 experimentó un rápido crecimiento.

Desde entonces, unos 60 millones de personas beben agua desalinizada en todo el mundo, con Arabia Saudita a la cabeza de capacidad instalada. La previsión es que países como Sudáfrica, Jordania, México, Libia, Chile, India o China dupliquen su capacidad en los próximos años.

El caso de España

Las primeras pistas sobre desalación en España aparecen en el siglo XX; de hecho, si de algo podemos presumir es de contar con la primera planta desaladora de Europa, construida en Canarias en 1964. Poco después, desde los 70 hasta finales de los 80, el desarrollo inicial de la desalación “se limitó a las islas con mayor escasez de agua de Canarias: Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote”, cuenta Adrián Baltanás, exdirector general de Acuamed y exdirector general de obras hidráulicas del MOPU. Durante este tiempo, el rendimiento de la desalación era extremadamente bajo, “con consumos energéticos que alcanzaban hasta 40 y 50 kwh/m3” remarca Baltanás. Sin embargo, a pesar de su elevado coste energético, el agua desalada “era imprescindible para garantizar el abastecimiento”.

No fue hasta la segunda mitad de los años 80 cuando el proceso se abarató, gracias a la aparición de la ósmosis inversa: el consumo inicial descendió hasta los 7 u 8 kwh/hm3. Así, afirma Baltanás, la desalación se extendió a otras islas de Canarias y a gran parte de Baleares, e inició su implantación en algunas zonas costeras peninsulares con mayor escasez hídrica.

En los 90 se da el desarrollo “fuerte” de la desalación en todas las Comunidades Autónomas a lo largo del litoral mediterráneo, acompañado de mejoras en la técnica (aplicación de pretratamiento, disminución del consumo de energía) y la ampliación del uso agrícola del agua desalada.

Las primeras instalaciones tenían eran baratas en su instalación, pero consumían grandes cantidades de energía

A mediados de esta década se inició la construcción de varias plantas importantes, interrumpida en 1996 por la llegada al Gobierno del Partido Popular y la implantación de una política de aguas basada en los trasvases. De hecho, el del Ebro se quedó a las puertas tras ganar el PSOE las elecciones de 2004. La desalación durante esta etapa se contempla como actuación complementaria a los trasvases.

Plan AGUA

Con la vuelta del gobierno socialista, la política trasvasista del PP quedó, literalmente, derogada. La alternativa fue el plan AGUA (Actuaciones para la Gestión y Utilización del Agua), con la promesa de sustituir el trasvase del Ebro impulsado por el PP por 650 hm3 aportados por 26 desaladoras.

Ocho años más tarde, el número de plantas construidas no se acercaba a la cifra prometida, y actualmente se sigue discutiendo si este plan fue una decisión acertada en su momento.

De nuevo con un gobierno popular en 2011, la desalación dio un paso atrás, a pesar de que los recientes cambios de gobierno autonómicos están replanteando la viabilidad del trasvase Tajo-Segura y el Gobierno de Murcia comienza a considerar (de nuevo) el agua desalada para abastecer a la comunidad.

Hoy en día, y a pesar de las dificultades en el camino, España puede presumir de ocupar el cuarto lugar en cuanto a capacidad total instalada, según remarca el Diego Alarcón, con más de 900 plantas instaladas.

¿Y en el futuro?

Ahora que conocemos un poco mejor de dónde viene la desalación, queda preguntarnos qué será de su futuro.

Vivimos en un mundo en el que el 75% de la población mundial reside a menos de 100 km del mar. Mientras tanto, en California, Sao Paulo y Centroamérica las sequías no remiten. Ante este panorama, ¿es la desalación una alternativa para enfrentar la escasez (o la mala gestión) de agua potable? Los expertos lo tienen claro: sí, siempre que vaya acompañada de medidas de ahorro y gestión eficiente.

España puede presumir de ocupar el cuarto lugar en cuanto a capacidad total instalada

“No parece necesario insistir en que la desalación es imprescindible para el desarrollo de países con problemas de escasez hídrica, como el caso de España”, afirma Adrián Baltanás. Miguel Torres justifica su uso en el caso español: “Si tenemos en cuenta que la mayor población turística se localiza en las costas y los archipiélagos, donde son menores los recursos hídricos, tendremos el marco que define y justifica la ubicación de las desaladoras españolas”. Además, la técnica contribuye a “una gestión hídrica más sostenible ambientalmente: la desalación reduce la sobreexplotación de ríos y acuíferos y no produce impactos significativos“, remata el experto.

Por su parte, Diego Alarcón pone un “pero” a la cuestión: “La viabilidad de la desalación pasa por la propuesta de procesos innovadores más robustos y eficientes, la mejora de la eficiencia energética de los existentes y la incorporación de las energías renovables”. E insiste en el tema energético: “Habrá que prestar atención al almacenamiento energético con objeto de incrementar las horas de operación de la planta y a la hibridación con otras fuentes de energía que permitan reducir el tiempo en que la planta no puede operar”.

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