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Cambiarlo todo para cambiar el clima

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  • Cambiarlo todo cambiar clima
  • Fotografías: Pablo González-Cebrián/iAgua.

Sobre la Entidad

Águeda García de Durango
Responsable de Contenidos y Comunidad en iAgua.

Publicado en:

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Debatir sobre la existencia (o no) del cambio climático en nuestros días se ha convertido en una cuestión vacua y trivial, aunque la demagogia por parte de ciertas personalidades de relevancia y la moda de las fake news se empeñen en hacernos creer lo contrario. No: el fenómeno es una realidad, su causa es el ser humano y las peligrosas consecuencias de su impacto se reflejan ya en todos los continentes y océanos del mundo, tal como avisa el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) desde hace años. El sector del agua es uno de los más afectados, además.

Por ello, el objetivo de esta reunión de expertos no era alcanzar un consenso sobre la obviedad. Ellos ya lo saben. En este XVIII Foro iAgua Magazine, la idea inicial era llegar a los lugares comunes que las distintas perspectivas pueden ofrecer a través de la conversación de profesionales provenientes de ámbitos como la empresa, la comunicación o la investigación, con conocimientos fundamentados sobre la problemática que abordamos: cambio climático y agua.

Ellos son Enrique Hernández, Director de Sostenibilidad y Sistemas de Gestión de Aqualia; Roberto Ruiz Robles, Presidente de la Asociación de Ciencias Ambientales (ACA) y Coordinador del Área de Energía y Cambio Climático del Instituto Superior de Medio Ambiente (ISM); Alejandro de Juanes, Director de Cambio Climático del Grupo INCLAM; Santi Serrat, Responsable de Contenidos de la Fundación We Are Water y Manuel Pulido, Director del Instituto Universitario de Investigación de Ingeniería del Agua y Medio Ambiente (IIAMA).

Y así fue la reunión.

¿Dónde estamos?

La voz más científica del Foro, la de Manuel Pulido, comienza con el análisis de nuestro país: “España, por su situación geográfica y por sus características socio-económicas es muy vulnerable al cambio climático”. Y explica las claves: “tenemos aproximadamente un 30% del territorio situado en zonas semiáridas o áridas, y el cambio climático va a disminuir la disponibilidad de recursos y aumentar los episodios extremos. Ello provocará la mediterranealización del norte peninsular y la aridificación del sur”.

Alejandro de Juanes, gran conocedor de los acuerdos del clima, menciona algunos datos que ponen de manifiesto la realidad: “la Oficina Española de Cambio Climático y la Universidad de Castilla-La Mancha ya publicaron en 2005 un estudio en el que decían que en 2100 tendríamos 2,5 ºC más de los que había entonces, y un 8% menos de precipitaciones. Esto, llevado a recursos hídricos disponibles, es un 17% menos”.

Manuel Pulido: “En una época de sequía, las exenciones al pago de tarifas al regadío pueden mandar un mensaje contradictorio”

Las perspectivas no son buenas, y la manera de hacerles frente le va a la zaga. Roberto Ruiz Robles cree que “tenemos claro lo que hay que hacer en los próximos años, y más desde el Acuerdo de París: apostar por la eficiencia energética, energías renovables, por temas de mitigación y adaptación… pero nos falta un impulso político para que vaya mucho más rápido”. El comunicador Santi Serrat describe los fallos en detalle: “tenemos ‘dos patas’ rotas de la mesa del cambio climático: una deficiencia clara en política energética y la falta de decisión en política del agua”. Y se explica: “en energía, destacamos en la Unión Europea con más 2.500 horas de insolación al año en la mayor parte de nuestro territorio, pero no hay acuerdo para convertirnos decididamente en una potencia energética. Por otro lado, aún estamos en debates estériles en el reino de taifas que es el sector del agua, y no tenemos un plan debidamente consensuado que nos permita una perspectiva global”. Enrique Hernández lo ratifica: “es muy difícil mover un metro cúbico de agua sin electricidad, pero no hay planes conjuntos para tratar estos temas desde todos los puntos de vista. El cambio climático solo lo dificulta enormemente”. Alejandro de Juanes asiente, y añade que en relación al clima, “la atomización afecta a la sociedad en general, no solo a la administración. Son temas muy complejos en los que hay infinidad de actores, escalas de trabajo y decisiones que afectan a terceros”.

En el caso del agua, sin embargo, el Director de Cambio Climático del Grupo INCLAM cree que hay ejemplos reseñables: “las confederaciones sí tienen en cuenta el nexo entre agua, cambio climático y energía en sus decisiones”. Lo que se traslada en muchos casos a los ayuntamientos: “hay municipios que, conscientes de la incapacidad de gestionar cada servicio público individualmente con la excelencia o nivel óptimo que sería deseable, los abordan aprovechando el paraguas del cambio climático”. Roberto Ruiz Robles sigue en esa línea: “partiendo de que las ciudades son responsables del 70% de las emisiones, está claro que es donde más hay que trabajar”. Se muestra, por otro lado, menos pesimista respecto a lo que ya se está haciendo, al menos a escala local: “aunque no hay ninguna ciudad en el mundo que sea 100% sostenible a día de hoy, hay algunas que lo hacen muy bien en aspectos como movilidad, gestión de residuos, gestión de agua… se pueden sacar ejemplos e intentar tender a ello”.

Enrique Hernández: “El mensaje ‘no pasa nada porque volverá a llover’ está haciendo mucho daño; cada vez cuesta más volver al punto inicial”

¿A qué nos enfrentamos?

A pesar del moderado optimismo reinante en las últimas declaraciones, el debate tiene más aristas que limar. La lista de problemas a los que se enfrenta la lucha contra el cambio climático no es corta, ni sencilla. Santi Serrat propone el primero: “es un reto de comunicación. Es un tema inicialmente científico, y comunicar datos y conclusiones científicas es complejo”. También señala una posible solución: “la historia demuestra que cuando se genera masa crítica en la sociedad, ésta ejerce una presión sobre el poder legislativo y ejecutivo que en el caso del cambio climático ya empieza a notarse”. Pide, además, “hacer un esfuerzo desde todos los ámbitos para hacer comprensible la importancia del cambio climático: si lo hacemos, lo podremos transmitir”. Manuel Pulido está de acuerdo: “la evidencia científica es totalmente clara”. Aquí el negacionismo hace su aparición: “el negacionismo no tiene nada que ver con la ciencia, donde hay un consenso unánime sobre lo que supone el cambio climático y la acción intensificadora del hombre. Vivimos en una época en la que la post-verdad y las noticias falsas se difunden fácilmente por las redes sociales, y muchas veces encuentran sus formas de asentarse y crecer en la sociedad”. Una postura que el Director del IIAMA achaca a “intereses económicos y políticos; por ello los científicos tenemos que desempeñar un papel más activo en el desarrollo de políticas y comunicación”. En esto último, incide: “si no comunicamos desde la evidencia científica, dejamos margen para que la post-verdad y las fake news ganen terreno”. Alejandro de Juanes trae a colación un trabajo concreto en este sentido: “en el Grupo Español de Crecimiento Verde, una parte se centra en cómo adaptar los mensajes a un lenguaje que pueda entender el interlocutor, teniendo en cuenta que el interlocutor cambia. Al final, el cambio climático es un cambio de temperaturas y precipitaciones con muchas consecuencias. Es fácil de explicar si buscas otras palabras”.

Enrique Hernández hace más introspección: “los que nos dedicamos a temas ‘raros’, el primer problema que tenemos es explicarlo dentro de ‘casa’. Para que lo entienda la gente, hay que empezar por nuestros propios directivos. Y para comunicar en el lenguaje que cada grupo de interés comprende, hay que dedicar muchísimo esfuerzo”. Y prosigue irónico, trazando un paralelismo con el sector del agua, en el que “debemos trasmitir muy mal su gestión, porque la gente sigue sin entender muy bien qué hacemos. Llevamos años invirtiendo dinero y esfuerzo en comunicar, y seguimos sin llegar al público. A veces, incluso lo que se comunica por otros medios tiene mucho más peso que por canales oficiales o técnicos, y ahí tenemos un gran reto”.

La reflexión sobre la comunicación continúa: “me sorprendió mucho que en España pasara casi sin repercusión el documento que lanzaron más de 15.000 científicos a nivel mundial alertando sobre el cambio climático”, recuerda Roberto Ruiz Robles. “En España se habló de la noticia uno o dos días, y no salió más en los medios de comunicación ni caló en la sociedad”, subraya.

Santi Serrat: “Estamos en debates estériles en el reino de taifas que es el sector del agua, sin un plan que permita una perspectiva global”

No obstante, hay una vía que se ha mostrado efectiva para hacer llegar el mensaje: cuando nos toca de una manera directa. Y lo hace a gran escala y en el tema monetario, como expone Santi Serrat: “en Estados Unidos y Australia, el cambio climático se está empezando a abordar desde el punto de vista de que puede generar liderazgo tecnológico y nuevas perspectivas económicas”. A nivel regional también funciona: “en Madrid se lleva trabajando años en temas de contaminación atmosférica, pero hasta que el Ayuntamiento no activó el protocolo anticontaminación por primera vez, nadie lo conocía, salvo la masa crítica interesada en temas ambientales. En el último año, ha sido uno de los temas de los que más se ha hablado”, detalla Roberto Ruiz Robles. “Efectivamente, hasta que no empiecen ese tipo de medidas, la gente no será consciente. Ahora se habla de eso, pero hace un año o dos, ¿a quién le preocupaban los coches en Madrid?”, pregunta retóricamente Enrique Hernández. “Desgraciada o afortunadamente, ese tipo de medidas hacen conciencia. Si no, es solo hablar” concluye.

¿Y qué hacemos?

Ante este panorama, “es muy importante mandar mensajes claros y diseñar incentivos para que haya una reacción en el comportamiento hacia la orientación que se quiera conseguir con las políticas públicas”, apostilla Manuel Pulido. En la charla empiezan a aparecer herramientas como la modificación de tarifas ante las situaciones extremas que provoca el cambio climático. “Por ejemplo, en una época de sequía, las exenciones al pago de tarifas al regadío pueden mandar un mensaje contradictorio: no es una llamada a hacer un consumo más eficiente y racional del agua”, señala. Enrique Hernández complementa sus palabras: “pero cambiar las tarifas en esas situaciones hace que la gente comprenda que el agua es un bien escaso”. “¿Por qué la tarifa del agua es tan estanca y tan fija que cuando hay problemas de agua no se toca?”, se lamenta. “También se puede premiar el bajo consumo”, sugiere Alejandro de Juanes. “Sí”, responde el aludido de Aqualia, “igual que te ‘castigo’ subiendo la tarifa cuando hay más gasto de agua, te reconozco lo contrario. Pero no podemos cambiarlo, de momento”.

Una vez sacado el tema de la sequía, el diálogo se anima. “Existe la sensación de que es un fenómeno normal y recurrente, que va y viene, pero eso es ignorar la incidencia del cambio climático”, comenta Manuel Pulido. “Tenemos que ser conscientes de que episodios así van a ser más frecuentes y más intensos”. Detalla un proyecto llevado a cabo por el IIAMA: “Analizamos las proyecciones en la cuenca del Júcar, que daban como resultado una disminución en los recursos de cabecera de hasta un 40%, e hicimos talleres con los usuarios en los que analizamos qué pasaría en un escenario así. Es interesante plantear esas situaciones y discutirlas con un enfoque top-down meets bottom-up, de abajo arriba”. Porque según sus palabras, “el business as usual ya no vale”.

El mensaje de ‘no pasa nada porque volverá a llover’ nos está haciendo mucho daño”, advierte Enrique Hernández, “porque cada vez cuesta más volver al punto inicial”. Su mensaje se vuelve global: “hay que cambiar todo: el urbanismo, los usos del suelo… Estamos parcheando permanentemente, y las medidas a corto plazo no son la solución. Hablamos mucho pero no estamos haciendo”. Sin embargo, Alejandro de Juanes argumenta que “probablemente, decimos lo que tenemos que hacer porque queremos que se haga más”. Y prosigue: “Lo que se ha hecho en materia de cambio climático en los últimos años es espectacular, movilizar 100.000 millones de dólares con el objetivo de que sean anuales a nivel global desde el Acuerdo de París. En poco más de 20 años, se ha avanzado más que en cualquier otro protocolo (armas nucleares, reducción de la pobreza, etc.)”. Y enumera los retos: “la magnitud es enorme. La urgencia, porque tenemos muy poco tiempo para hacer muchas cosas. Complejidad; si en España hablamos de atomización, imaginad cuando tienen que trabajar países hipercapitalistas con repúblicas comunistas, aunque sí es cierto que cuanto más vinculada está la población a la tierra, menos problema tiene en admitir que existe el cambio climático independientemente del país. Además, la satisfacción al conseguir algo dura muy poco, porque es insuficiente para la sociedad o hay un país concreto que lo tumba”. No lo nombra expresamente, pero la sombra de Trump es alargada.

¿Quién lo hace?

Es, de hecho, el movimiento llevado a cabo por el presidente de Estados Unidos el que ocupa ahora la conversación. “Europa ha intentado recoger el testigo del liderazgo de Estados Unidos, sobre todo con Emmanuel Macron en Francia”, apunta Roberto Ruiz Robles. “No sé si lo ve como oportunidad política o realmente lo tiene interiorizado, pero propuso que fuera Europa quien pagara lo que no va a pagar Estados Unidos al IPCC al salir del Acuerdo de París”, matiza. “La pugna está entre Europa y China”, interviene Alejandro de Juanes. “Algunas economías del sudeste asiático, como el mercado ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) y agrupaciones del estilo están avanzando mucho. Será un co-liderazgo”. Ahonda en la cuestión americana: “Trump puede cambiar políticas generales, pero muchas competencias las tienen los estados. Por ejemplo, ya son 2 los que han firmado el pacto para acabar con el carbón como fuente energética en 2030”.

La preocupación de Santi Serrat se centra en los más pobres: “el cambio climático sigue castigando zonas que ya están suficientemente castigadas, ya sea por un estrés hídrico endémico o por conflictos políticos, bélicos, de terrorismo o movimientos migratorios”. Lo ejemplifica: “ciertas situaciones en África Subsahariana, Sureste Asiático, India y Centroamérica, en el altiplano de Perú y Bolivia, son escalofriantes. Solo les falta, además de todo lo que tienen, que cada vez llueva menos, o más, o se incremente el nivel del mar. ¿Qué va a pasar allí? Es una bomba social que nos puede estallar en las próximas décadas si solo pensamos en lo nuestro. Y son países con mucho potencial tecnológico, que necesitan ese liderazgo”. Manuel Pulido refuerza esta postura: “frente a estos gravísimos problemas que van creciendo, el liderazgo mundial tiene algo bueno: vende políticamente, y económicamente ofrece muchas oportunidades”. Vuelve al caso estadounidense: “California ha demostrado que se puede aumentar el PIB y a la vez reducir combustibles fósiles, yendo hacia una economía más libre de carbono. Es un contraejemplo de la política de Trump”. “En varios países europeos está pasando lo mismo”, apostilla Roberto Ruiz Robles, “que han logrado el crecimiento del PIB bajando emisiones”.

No es el caso de España: “el MAPAMA ha dicho que las emisiones están aumentando por la sequía”, revela Enrique Hernández. “Al menos”, dice extrayendo la parte positiva, “ya se empieza a ver que las cosas están más relacionadas de lo que parece”. “Sobre todo cala por los precios de la energía, que ha salido bastante en prensa. En un año lluvioso es más fácil que no suban tanto”, continúa Roberto Ruiz Robles, que destaca un trabajo llevado a cabo por la asociación que preside: “hemos estudiado la pobreza energética en España, y en el último año también la asequibilidad en temas de agua. Estamos asesorando a la FEMP para que distintos operadores y técnicos de ayuntamientos apliquen mecanismos de acción social, que en el fondo también tienen que ver con la adaptación al cambio climático”.

¿Cómo lo pagamos?

Con un liderazgo en proceso de consolidación, falta conocer de dónde saldrá el apoyo económico. “Es complejo”, sentencia Alejandro de Juanes. “En el Acuerdo de París se creó un fondo por el clima con el objetivo de llegar a 100.000 millones de dólares anuales para proyectos de mitigación y adaptación. También hay fondos privados movilizando mucho dinero, y aun así se considera insuficiente”. El problema es “dónde pones el límite de qué es problema climático y qué no, y recuperar la inversión de un negocio que muchas veces no es rentable”, afirma. “Se podría enfocar de una manera distinta e incluir las externalidades, pero la realidad es que debería ir a fondo perdido y ampliarse la tipología de proyectos a los que va. El objetivo de la financiación climática es cubrir el diferencial que la financiación de mercado no cubre en dichos proyectos”.

“Se está hablando mucho también de la contribución del sector privado”, saca a colación Manuel Pulido. “Los mercados de capitales (como los bonos verdes) pueden cumplir una función clave para financiar proyectos ligados al desarrollo sostenible y la lucha contra el cambio climático (como por ejemplo, proyectos de energías renovables, transporte sostenible, etc.)”. Enrique Hernández es menos optimista, sobre todo en lo referido al sector del agua: “todos los planes de inversión que teníamos previstos han parado por la crisis. Tenemos un problema grave de obsolescencia de infraestructuras, y el paraguas del cambio climático es una oportunidad”. Lo lleva al terreno concreto: “con más sequías, necesitaremos más depósitos, regular de otra forma, reutilizar el agua… con inundaciones, habrá que cambiar depuradoras y alcantarillado, hacer obras de protección de cauces… las entidades financieras serían buenos aliados porque son inversiones rentables. El problema es la administración”, dice recordando el ya mentado problema de la atomización.

Otra idea más asequible y que requiere menor apoyo económico, según el Director de Sostenibilidad de Aqualia, es la búsqueda de “soluciones pequeñas y parciales”. He aquí el ejemplo: “estamos en un proyecto para obtener biocombustible del gas de las depuradoras. Evidentemente, no va a solucionar el problema del combustible, pero si logramos que determinados vehículos se abastezcan con él, gastaremos menos petróleo. A veces hay que cambiar el chip e ir a proyectos pequeños cuya suma logra ayudar a solucionar algunos problemas”.

Alejandro de Juanes: "En París se creó un fondo por el clima con el objetivo de llegar a 100.000 millones de dólares anuales para mitigación y adaptación"

¿Transporte, agua, energía… y alimentación?

A raíz de la mención a los vehículos, Roberto Ruiz Robles incide en uno de los mayores hándicaps a superar: “el sector de la movilidad es de los que más va a cambiar en la próxima década. En 10-15 años, las ciudades serán casi irreconocibles con la apuesta por la multimodalidad (caminar, bici, transporte público), y no con simplemente cambiar el diesel por el vehículo eléctrico”. “Es que”, interrumpe Santi Serrat, “se está presentando el coche eléctrico como solución a la contaminación, pero nadie piensa que hay que enchufarlo. ¿Qué balance energético tiene la red a la que se enchufa?”. El presidente de ACA recoge el testigo: “el desarrollo del coche eléctrico tiene que ir acompañado del aumento de renovables y eficiencia energética. En España, cuyo principal problema de emisión es el transporte, hay que electrificar todo, y que esa electrificación venga con renovables”.

Siguiendo con el transporte, “la ley catalana de cambio climático ha creado un fondo que recoge los impuestos directos de los vehículos de tracción mecánica, que redunda en proyectos climáticos”, comenta Manuel Pulido. “Ese tipo de fiscalidad sirve como instrumento para cambiar comportamientos e incentivarlos y, por otro lado, con los recursos obtenidos se desarrollan políticas que favorecen ciertos resultados”. Los instrumentos económicos suscitan reacciones por parte de todos. “En el sector del agua, en principio estamos acostumbrados al principio de recuperación de costes con la directiva Marco. Pero, ¿qué pasa con la recuperación de costes en otros sectores? ¿Y con los costes ambientales, que no se incluyen?”, lanza el Director del IIAMA. “El clima nos está ayudando en eso”, opina Enrique Hernández, “porque es fácil hacer entender al ciudadano, por ejemplo, que hay que renovar un alcantarillado por culpa de una inundación, y eso también es un coste ambiental”.

“Un componente que no se considera normalmente es el coste ambiental evitado”, retoma Manuel Pulido. “En el IIAMA lo estudiamos en proyectos de reutilización de aguas residuales. Justificar las ventajas ambientales de un proyecto permite luchar por conseguir más fondos. Y lo mismo con el modelo energético: la energía fotovoltaica ofrece una energía limpia y económica que nos hace competitivos si necesitamos transportar el agua reutilizada”.

Roberto Ruiz Robles: "Partiendo de que las ciudades son responsables del 70% de las emisiones, está claro que es donde más hay que trabajar"

Instrumentos como la huella hídrica, la huella de agua y la huella de carbono contribuirán a extender el uso de la energía limpia. “El cálculo de huella de carbono”, avanza Roberto Ruiz Robles, “se ha estudiado mucho, y el de huella hídrica en los últimos años está progresando. En el ISM ofrecemos un programa sobre ello, y en Latinoamérica mucha gente lo demanda. La herramienta va calando a nivel mundial”. Precisamente, la huella hídrica es un indicador del impacto de algunos sectores en el cambio climático, como la ganadería. “Un kilo de proteína de bovino cuesta unos 12.000 litros de agua, y un kilo de proteína de soja alrededor de 2.500”, detalla Santi Serrat. Además, “el kilo de bovino emite metano. Entonces, ¿todos vegetarianos? Tampoco ésta es la respuesta. Lo bueno de la crisis de cambio climático es que nos obliga a reflexionar sobre estructuras socio-económicas existentes”, recapacita. “Sí, porque hay mensajes fáciles con una realidad muy compleja detrás”, razona Manuel Pulido. Y cita el contenido de un artículo reciente en The Independent: “aunque muchos hablan que una solución sería hacernos vegetarianos, hay que considerar factores como que se generan más emisiones en comer un aguacate en una dieta vegetariana que ha sido transportado desde el otro lado del mundo que comer un cordero criado localmente”. Igualmente, Santi Serrat insiste: “el consumo de carne se ha considerado siempre factor de crecimiento económico, pero es que no hay un solomillo diario para 7.500 millones de personas. Sencillamente no hay ni espacio para cultivarlo, ni agua, y el nivel de contaminación por metano que se generaría sería enorme”. “Puede que no”, responde Alejandro de Juanes, “pero a lo mejor sí hay para 7.500 millones de solomillos diarios sintetizados en laboratorios. En esa complejidad hay que trabajar para cambiar paradigmas; hay que darle la vuelta al razonamiento. La magnitud del reto no puede ser una excusa para la inacción, hay que empezar por uno mismo, por las legislaciones locales y por las empresas”, remata.

Una mirada positiva

Llegamos al final con la esperanza puesta en el futuro, pero sin olvidar el presente. “Yo quiero ser optimista”, empieza Manuel Pulido. “Hay signos esperanzadores frente al cambio climático a pesar de la complejidad del problema. Estamos logrando que el cambio climático empiece a vender, y a ver que ofrece muchas oportunidades para cambiar nuestro modelo de sociedad, replantearlo y mejorarlo. Es clave verlo como oportunidad, no sólo como amenaza”. Enrique Hernández sigue en esa línea: “es una ocasión para cambiar paradigmas. Bajo el paraguas del cambio climático podemos tener una visión de conjunto que nos permita comunicar cosas que hasta ahora no estaban relacionadas, y abordar los temas desde otro punto de vista”.

Santi Serrat asiente: “estoy de acuerdo. Históricamente, la humanidad ha mejorado con las crisis, y esta es una crisis planetaria. Nos afecta en todo. Hay incertidumbre sobre cómo va a evolucionar, pero estoy convencido de que va a ser positivo a la larga”. “Tenemos claro cuál es el problema, tenemos medianamente claro cuáles son las soluciones”, sentencia Roberto Ruiz Robles. “Nos falta apostar más por conseguirlo, también a nivel individual. Todos podemos colaborar en mejorar desde las decisiones que tomamos como ciudadanos cada día: qué compras, cómo te mueves e incluso la posibilidad de pedir a los políticos que lo tengan en cuenta con el voto. Los ciudadanos somos los que tenemos la llave”.

La intervención final de Alejandro de Juanes sintetiza y cierra la reunión: “es una crisis de nueva magnitud que no podemos parcelar. Su origen está en nosotros, que estamos estropeando nuestro propio ecosistema. Y la base de la solución es aplicar la inteligencia a todos los factores, analizar el problema, tratarlo de forma transversal y transectorial, dialogar y buscar soluciones conjuntas. Tenemos muchas herramientas tecnológicas y metodológicas que seguro que se pueden mejorar, pero ya son probablemente suficientes”.

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