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Anticipar las crecidas del río Pilcomayo salva vidas

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  • Anticipar crecidas río Pilcomayo salva vidas
    Desborde del río en Tupiza. El agua arrastra a más de 50 viviendas y amenaza a otras 30. Foto: ABI
  • El proceso colaborativo que dio lugar al diseño y puesta en marcha del Sistema de Monitoreo y Alerta Temprana del río Pilcomayo.

Sobre la Entidad

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Fundación latinoamericana que identifica oportunidades de acción para un cambio sistémico hacia el desarrollo sostenible, vinculando y fortaleciendo a personas e instituciones en agendas de acción compartidas.
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La primera señal de la catástrofe ocurrió en Tupiza el 19 de enero del 2018. Las intensas lluvias provocaron una crecida que desbordó el río que lleva el mismo nombre y el agua arrasó con los barrios de Quechisla y 21 de diciembre. Durante varias semanas, permaneció ahí, sin dar un paso atrás. Todo el sur de Bolivia estaba en alerta máxima por las lluvias torrenciales y la amenaza de crecidas en dieciocho ríos del país, según informó el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología, SeNaMHi. El 21 de enero, algunos medios digitales locales dieron la noticia de que Tupiza se había inundado y el Sistema participativo de Alerta Temprana del Pilcomayo se puso en marcha. En efecto, ese mismo día, a las 10:30 de la mañana, se detectó el paso de la masa de agua por la estación hidrométrica de Puente Aruma y entonces se dio la primera alerta: va a crecer el Pilcomayo. Esa primera alerta del año se empezó a reproducir en el sistema a través del grupo de WhatsApp y luego por otras redes sociales. Así, más abajo, en plena llanura chaqueña, las poblaciones supieron que se avecinaba el desastre y lograron salvar sus vidas.

El Pilcomayo no es un río cualquiera

El río Pilcomayo nace en lo alto de la cordillera de los Andes, en Bolivia, y de ahí baja hasta la llanura chaqueña, para finalmente ramificarse en un manojo de riachos que terminan vertiendo sus aguas en el río Paraguay. El Pilcomayo tiene una cualidad atípica: es uno de los ríos con mayor transporte de sedimentos del planeta. Cada año transporta alrededor de cien millones de toneladas de sedimentos, lo que representa una tercera parte de su volumen. Y toda esa cantidad de material en algún punto tapa el cauce del río y es entonces cuando se desborda y forma bañados. La provincia de Formosa, en el norte argentino, es conocida por sus bañados, porciones de territorio inundado de forma semipermanente, como las lagunas o los esteros. Esta característica tan especial del Pilcomayo también lo hace impredecible. Allí donde se tapa, retrocede y cambia su curso: se puede ir hacia el lado argentino, hacia el paraguayo o hacia ambos. En apenas unas pocas décadas, el río retrocedió casi cien kilómetros debido a la carga de sedimentos que arrastra a lo largo de sus dos mil quinientos kilómetros de extensión. Este comportamiento, que en hidrología se conoce como auto atarquinamiento, se presenta tan solo en ochenta ríos en todo el mundo.

Panorámica del Pilcomayo.

Antiguo pozo petrolero en el medio del agua del cauce Potrillo-La Tigra Norte, provincia de Formosa, Argentina. Esta imagen da cuenta del cambio en el cauce del río con el paso del tiempo.

El río Pilcomayo tiene incidencia en el sur de Bolivia y Paraguay y en el norte argentino. Las vidas de miles de personas dependen de este río, no solo porque es un medio de subsistencia, sino también porque, en época de lluvias, representa un riesgo. De ahí nació la necesidad de contar con un sistema de alerta que previniera a las poblaciones ribereñas de los vaivenes de este río indomable.

La unión de la tecnología y la participación ciudadana

El sistema de alerta del río Pilcomayo es apoyado por la iniciativa Gran Chaco Proadapt y su base es el conocimiento construido durante casi dos décadas por las personas y las organizaciones que la integran. Gran Chaco Proadapt surge de Redes Chaco y reúne a diversos actores de los tres países que comparten la cuenca del Pilcomayo y que trabajan por la adaptación de los sistemas productivos chaqueños al cambio climático. Los efectos del cambio climático sobre el Gran Chaco se manifiestan, entre otras cosas, como eventos meteorológicos extremos que están aumentando en frecuencia e intensidad. Las lluvias que ocasionaron las inundaciones de enero y febrero de 2018, por su intensidad anormal, son un ejemplo. Estas precipitaciones que ocurrieron en Tupiza, pese a estar muy localizadas, influyeron en la crecida de otros ríos. Por otro lado, la deforestación y la pérdida de bosque nativo son factores que agravan la situación, ya que sin vegetación el suelo queda desprotegido y el agua puede correr mayores distancias sin freno. Esto ocurrió en algunos bosques de Argentina y Paraguay, que se inundaron por primera vez debido a que el agua llegó hasta zonas a las que jamás había llegado antes, luego de atravesar grandes extensiones de tierra deforestada sin ninguna resistencia.

La particularidad del Pilcomayo y su amplia cuenca requería de un sistema de alerta igual de particular, que tuviera en cuenta las características propias del territorio y de su gente. Y así es el Sistema de Alerta Temprana del Pilcomayo: está diseñado a medida del territorio, de sus características ambientales y sociales. Y sus dos pilares principales son la tecnología y la participación directa de la población.

La historia de un proceso colaborativo

Treinta años atrás, el Pilcomayo era un río del que se sabía poco y que no estaba en las prioridades de la geopolítica regional. Pero en 1983 ocurrió un evento extraordinario: una devastadora crecida en el verano de aquel año que fue la primera de muchas que ocurrieron hasta 1989. Esta serie de crecidas transformó dramáticamente la geografía del oeste de Formosa, en Argentina, y el suroeste de Boquerón, en Paraguay. Pero, a pesar de que la transformación se hizo patente en esos años, el cambio se había estado gestando, silencioso y constante, desde 1972.

El río es una persona. Nos dice cosas que tenemos que escuchar.” Eso dicen los pobladores originarios de la cuenca del río. Ese evento de 1983 había sido un llamado de atención sobre las transformaciones que estaban sucediendo. Con el nuevo milenio, muchos pobladores, especialmente Wichi y Qomlaje’pi del oeste formoseño, comenzaron a hablar de estos cambios, que ni la academia ni la gestión pública habían registrado, pero que a ellos les afectaban sus vidas y sus medios de producción. En el saber popular, en las conversaciones cotidianas, en el día a día, la demanda de atención y de soluciones estaba siempre presente. Y esto llevó a un grupo de personas locales a registrar sistemáticamente las variables que definen el comportamiento del río. Estos registros y sistematizaciones serían la base de las intervenciones hidráulicas que en años posteriores se realizarían para contener las crecidas y poner a las comunidades a resguardo.

Comunidad weenhayeck en Bolivia.

Comunidades originarias. Mujeres cruzando el puente hacia Pozo Hondo.

En el 2004, ese sistema de registros populares comenzó a tener la atención de instituciones que podían colaborar con la implementación de acciones a mayor escala. La incorporación del conocimiento local ya había demostrado dar buenos resultados. Un ejemplo de esto fue la definición del Canal Farías, en 1996. El Canal Farías se llama así en honor a Gómez Farías, famoso baqueano wichí cuyo profundo conocimiento del comportamiento del río fue crítico para realizar el trazado de aquel canal que le devolvió el agua a los pueblos formoseños que la habían perdido debido al propio proceso retroactivo del río. Gómez Farías y otros conocedores locales fueron los que les indicaron a los ingenieros por dónde debían canalizar. El Canal Farías sigue funcionando en la actualidad.

En el 2005, el Gobierno de la provincia de Formosa reconoció formalmente el valor del conocimiento local en el diseño de las obras que debían realizarse. En aquel entonces, los pobladores del departamento de Ramón Lista tuvieron incidencia en el trazado de los canales internos del bañado La Estrella, ubicado al noroeste del departamento. La misma población local fue identificando, año a año, las nuevas zonas críticas del bañado y las áreas de riesgo en casos de eventos extraordinarios. Así se fue enriqueciendo la metodología participativa, cuyo soporte principal fue y es el interés de los propios pobladores.

El proceso comenzó a construirse a partir de las inquietudes de la gente, y desde ahí se gestó un modelo que fuera apropiado y apropiable. El conocimiento local, los recorridos en terreno de técnicos, especialistas y pobladores de diferentes zonas, las conversaciones sobre los eventos históricos que habían quedado grabados en la memoria colectiva, la confrontación de las problemáticas de los pobladores de “aguas arriba” y los de “aguas abajo”, las reuniones y los encuentros fueron aportando el contenido y la información necesarios para conocer el río y dar cuenta de su gran capacidad transformadora. Además, las poblaciones indígenas tenían historias antiguas sobre estas transformaciones; historias que sorprendieron a los pobladores criollos que nunca antes se habían imaginado que el río había sido tan diferente a como ellos lo conocían.

Imagen 6: Comunidad El Churcal, oeste de la provincia de Formosa, Argentina.

Imagen 7: Acumulación de sedimentos por efecto de las inundaciones. Caso Misión Anglicana de San Andrés, provincia de Formosa, Argentina.

La consolidación de un modelo basado en la organización comunitaria

Con el paso del tiempo, se fueron sumando al proceso distintas organizaciones no gubernamentales que actuaban en la cuenca y organismos de los tres Estados. Así se fue consolidando el modelo de construcción participativa de conocimientos del río que permitieran implementar acciones más eficaces en casos de emergencia.

Hacia el año 2016 ya estaban definidos los mapas de riesgo en sus versiones más preliminares.  En ellos se volcaron todos aquellos años de compartir conocimientos con la gente de los diferentes lugares. En estos mapas convergieron los conocimientos locales, delimitados por zonas, la construcción de un conocimiento local de cuenca y los conocimientos científicos relacionados con el análisis temporal de las imágenes satelitales que se disponían desde 1976 y, en algunos casos, desde 1972.  Asimismo, la información pluviométrica para identificar los años de mayores precipitaciones fue la fuente principal para determinar las áreas de riesgo por exceso de precipitaciones. Estos datos tomados en campo fueron también confirmados por la gente de la región.

Muchas veces surge la pregunta de cómo se logró la participación de la población local. La respuesta es no se logró: ya estaba ahí. Se partió de las inquietudes planteadas ante las catástrofes ocurridas desde 1983 y, colectivamente, se fue gestando una metodología adaptada a las formas de participar propias de cada cultura.  Es aquí donde la praxis de la antropología comprometida con los procesos sociales, inserta en las sociedades con las que reflexionaba, cobró un protagonismo significativo y marcó una diferencia radical con otros modelos de alerta temprana. Allí donde la población no veía la importancia del sistema que se estaba desarrollando, no se avanzó. Hasta que, en el verano del 2018, las aguas hicieron que muchos cambiaran su perspectiva sobre el sistema.

La población local refuerza las defensas. Santa Victoria Este, provincia de Salta, Argentina.

La ciencia y la tecnología detrás del sistema

Además del conocimiento local, el sistema se nutre de datos hidrometeorológicos provenientes de fuentes oficiales. Incorpora datos del monitoreo hidrométrico y climatológico del río realizado por el SeNaMHi en Bolivia, el Servicio Meteorológico Nacional en Argentina, la Dirección de Meteorología e Hidrología en Paraguay y la Dirección Ejecutiva de la Comisión Trinacional del Pilcomayo. El monitoreo del río lo hacen principalmente el SeNaMHi junto con la Subsecretaría de los Recursos Hídricos de la Nación Argentina, en el marco de la Comisión Trinacional del Pilcomayo. Toda esta información se complementa con el uso de sensores remotos e imágenes satelitales que en conjunto permiten leer el territorio y el movimiento del río.

Sin embargo, a pesar de que las mediciones hidrológicas y climatológicas del río Pilcomayo son cada vez mejores, todavía son insuficientes. Esto ocurre por varias razones: desde las dificultades técnicas de instalar y mantener equipos de monitoreo hasta los desencuentros en las negociaciones entre los distintos sectores oficiales involucrados en la gestión de la cuenca. A esto se le suma la insuficiencia en los recursos que destinan las tres naciones que comparten este territorio. En este contexto, ¿cómo sortear las dificultades y alcanzar el objetivo común, que es salvaguardar a las comunidades de posibles inundaciones? La respuesta está en dos elementos: tecnología y organización comunitaria.

La tecnología ha sido de vital importancia a la hora de optimizar el sistema de comunicaciones que permite transmitir las alertas a tiempo, así como recibir los aportes de los pobladores para ajustar la información generada por los sensores remotos. El acceso a la telefonía móvil, a Internet y el uso extendido de aplicaciones de mensajería y redes sociales han permitido extender la red a más personas y abarcar mayores distancias en menor tiempo.

Pero todavía hay mucho trabajo por hacer en la región en materia de comunicaciones. Aún quedan grandes extensiones sin cobertura de telefonía móvil y el acceso a Internet es muy reducido. En Argentina, una alianza público-privada ha permitido expandir centros de capacitación y conectividad, en donde se alfabetiza digitalmente a la población y se apoya el acceso a las tecnologías y a Internet. Muchos de estos centros, llamados Gran Chaco Nanum, fueron claves en el funcionamiento del Sistema de Alerta del Pilcomayo durante las inundaciones. En Paraguay, la expansión de empresas agropecuarias ha motivado el negocio privado de servicios de Internet mediante tecnología WiFi.  Sin embargo, aún falta mucho por hacer en toda la longitud de la cuenca. Gobiernos, empresas telefónicas y de servicios de Internet y la sociedad civil deben trabajar en forma conjunta para garantizar el acceso a la tecnología de la información y las comunicaciones.  En el caso de zonas de riesgo, en donde se juegan vidas humanas y sistemas de producción, el acceso a las tecnologías de la información y comunicación son una necesidad que, en estos tiempos, está al nivel de un derecho humano inalienable.

Instalación de estación de medición en Campo Largo.

Instrumental en Estación Campo Largo. Foto: Gran Chaco Proadapt

El día del desastre

La catastrófica inundación del 21 de enero de 2018 en Tupiza hizo suponer al equipo del Sistema de Alerta que no estaban ante una crecida cualquiera. Apenas se enteraron del hecho, cuatro días antes de que el agua llegara al municipio de Santa Victoria del Este, en Salta, se dio el primer aviso y las comunidades de la cuenca baja comenzaron los trabajos de evacuación y defensa.

El mayor impacto lo sufrió la provincia de Salta. Allí fue donde primero llegó la ola, para luego desplazarse a lo largo de doscientos kilómetros durante casi dos semanas. Localidades como Santa María, Misión La Paz y Santa Victoria fueron evacuadas o bien quedaron en estado de alerta, tras el resguardo de sus defensas. Gracias al Sistema de Alerta, se lograron evacuar cinco mil quinientas personas solo en Salta. Otras dos mil quinientas se auto-evacuaron en Formosa, en la zona de formación del bañado La Estrella. Río abajo, el lapso entre la emisión de la alerta y la llegada del agua permitió cumplir con el segundo objetivo del Sistema de Alerta: salvar los medios de producción. Esta acción era indispensable para que las poblaciones pudieran tener una base sólida el día después de la inundación.

Las bases del sistema de alerta

Para poder emitir una alerta, no bastan los datos hidrometeorológicos y los sensores remotos. Tiene que haber alguien que se percate de que algo anormal está sucediendo. Las personas que han crecido en el monte y que han vivido el río se dan cuenta de todo lo que pasa, porque saben interpretar el canto de los pájaros, las vibraciones del aire, los movimientos del agua. Porque conocen la naturaleza. Ese conocimiento permite que una persona observe el cielo y pueda anticipar una lluvia. O que un pescador vea el río y anticipe una crecida. El Sistema de Alerta no solo incorpora las mediciones del río y del clima, sino también los saberes de aquellas personas que conocen el río por experiencia propia. Ese saber es el pilar fundamental del sistema de alerta. Sin ese conocimiento, el sistema no podría funcionar.

El otro elemento fundamental del sistema de alerta, que lo acerca más al ser humano que a la tecnología dura producida por el ser humano, es la organización.  La herramienta construida entre todos los integrantes del grupo de Wathsapp y Telegram es mucho más que una herramienta de comunicación.  Convirtió a más de ochocientas personas separadas en varios grupos en una comunidad solidaria. Se construyó un discurso común y una visión de la cuenca que, hasta ahora, no había sido comprendida en su dimensión social.  Los grupos comunicacionales involucrados en el monitoreo y la alerta durante la creciente de 2018 se constituyeron como canales de gran importancia para los pobladores afectados por las crecientes y para la organización de los servicios de emergencia. En un sentido muy práctico, la telecomunicación fue la espina dorsal de una organización que reunió a diferentes actores de la región bajo un concepto social e hidrológico de cuenca; solidarios entre sí y con el resto de los pobladores afectados.

Imagen 11: Sistema de defensa contra inundaciones.

De la crisis a la oportunidad

La tecnología tiene cada vez mayor protagonismo en la sociedad. El progreso tecnológico ha permitido que se desarrolle un sistema de alerta como el del río Pilcomayo, vital para la supervivencia de muchas comunidades argentinas, bolivianas y paraguayas asentadas en la cuenca. Sin embargo, toda situación tiene su contracara: la tecnología, a la vez, ha contribuido a distanciar a las personas de la naturaleza y a que se pierda el conocimiento que se necesita para poder generar una alerta.

Cuarenta años después de la gran inundación de 1983, la realidad de las niñas y los niños del Gran Chaco es muy diferente a la que vivieron sus padres: ahora sus juguetes predilectos son los celulares, las tablets y los dispositivos digitales. Poco a poco, su contacto con la naturaleza ha ido disminuyendo y ese conocimiento esencial, que no se enseña en las escuelas, sino que se aprende de la experiencia y del contacto con el territorio, ha empezado a perderse.

Pero la comunidad organizada no es ajena a esta nueva realidad y por esto supo aprovechar la situación crítica generada por la creciente de enero para transformarla en una oportunidad. Una vez que se fue el agua, la primera acción fue hacer un relevamiento de las zonas afectadas para cuantificar las pérdidas. Para eso, en la zona de la gente afectada de los grupos Qomlaje’pi del oeste de Formosa, se formó un equipo que bien podría llamarse intergeneracional: los ancianos que conocen el monte y podían ver cómo había cambiado el paisaje se juntaron con los jóvenes que manejan los dispositivos tecnológicos y pueden sistematizar esas pérdidas, hacer el registro gráfico de la escena y después procesar esa información con otras herramientas tecnológicas.

El resultado fue todo un éxito. Aquel relevamiento trascendió por mucho su propósito original: permitió también reunir a dos generaciones que comparten un mismo territorio y una misma necesidad y que requieren de dos elementos para adaptarse a los cambios del río: conocimiento de la tecnología y conocimiento del territorio. La juventud posee el conocimiento de la tecnología y las ancianas y ancianos son quienes conocen en profundidad el territorio. Personas de ambas generaciones recorrieron en conjunto las zonas afectadas y así se reavivó el interés de la juventud por conocer su tierra.

Colaboración para la acción

El río Pilcomayo es un río que da sorpresas. Puede cambiar y de hecho cambia en cuestión de pocos años e incluso de un año al otro. Frente a las transformaciones que produce el río, la ingeniería no puede dar más respuesta que algunas demoras en el proceso natural. A esa naturaleza variable se le suma el fenómeno presente del cambio climático, un factor de incertidumbre que aumenta los riesgos. Las comunidades que habitan en la cuenca del río han entendido la necesidad de adaptarse a una realidad de cambio que se impone por sobre todas las cosas. Y es por eso que las personas deben estar preparadas, no solo para protegerse de esos cambios, sino también para adecuar sus vidas a nuevas condiciones y así asegurar su supervivencia.

El sistema de alerta temprana es una de las muchas medidas de adaptación necesarias para la subsistencia de miles de personas que viven bajo la influencia del río Pilcomayo. No obstante, la eficacia de las medidas de adaptación descansa, en última instancia, en la relación entre las personas y la naturaleza. Esa relación que se ha vuelto distante, en parte debido a la llegada de la tecnología, tiene que recuperarse en las nuevas generaciones. El desafío más grande es, pues, cultural. Como el río, todo cambia, incluso las relaciones, y la del ser humano con la naturaleza no es la excepción. Quizá ese sea el mayor desafío que enfrenta no solo en Gran Chaco, sino la propia humanidad.

Se suele decir que las situaciones de crisis ofrecen también oportunidades. La crisis generada por la creciente del Pilcomayo fue transformada en una oportunidad para robustecer el sistema de alerta y asegurar su continuidad por y para las nuevas generaciones. Este es un logro de las comunidades del Gran Chaco organizada y consciente de su propia realidad.

El Sistema de Alerta del río Pilcomayo es un ejemplo de todo lo que se puede lograr a partir la organización y la participación de la sociedad. Es un ejemplo que puede ser tomado por otras comunidades en todo el mundo que necesiten reconstruir sus vínculos comunitarios para dar respuesta a sus necesidades. Sin embargo, la sola aparición de una crisis no es en sí misma una oportunidad: las mujeres y los hombres son quienes tienen la capacidad de generar las oportunidades. El monte, el río y los pájaros están siempre allí, revelando sus secretos en cada canto y en cada lluvia. Son las personas las que tienen que saber escucharlos y comprenderlos.

Detalle del Sistema participativo de Monitoreo y alertas tempranas del Pilcomayo.

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