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Un bosque salvó al barrio de El Carmen de las inundaciones de Mocoa

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Sobre la Entidad

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Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de Colombia. 
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El pasado 31 de marzo y 1 de abril cayó sobre la cuenca de los ríos Mulato y Sangoyaco y las quebradas Taruca y Taruquita la lluvia de 10 días. Una avenida torrencial con toneladas de lodo, troncos, piedras y escombros cayó sobre 20 barrios de la capital del Putumayo dejando a su paso más de 300 muertos y alrededor de 45.000 personas afectadas. El barrio El Carmen estaba en la ruta del desastre, y como un milagro se salvó gracias a una franja de bosque sembrado y defendido por sus vecinos hace casi 20 años.

“Siempre espero que lleguen las 9 de la noche para descansar, ese día me bañé y me acosté y estaba muy intranquila. A las 10 empezó a llover y de repente empezó a sonar el río… sonaban las piedras, el río bramaba. Empecé a llamar a varios de los vecinos de la cuadra del río y ninguno me contestaba. Muchos se refugiaron en mi casa y vimos como bajaba la avalancha por los tres lados: por la parte de atrás donde quedaba el río, frente a mi casa por la gruta de la Virgen y por la parte de atrás. Bajaba lodo, partes de árboles, piedras enormes y perros, una vecina se cogió de una reja para salvarse”, narra Esperanza Estupiñan, presidenta de la Junta de Acción Comunal del barrio El Carmen en Mocoa, al que un bosque le sirvió de escudo y evitó que la avenida torrencial lo arrasara.

El barrio El Carmen estaba en la ruta del desastre, y como un milagro se salvó gracias a una franja de bosque sembrado y defendido por sus vecinos hace casi 20 años

“Fue un milagro- dice Esperanza casi sin aliento mientras contiene el llanto- “fue un milagro, el bosque nos salvó… si no, no estuviéramos contando esto. Había visto tragedias como las de Perú, Ecuador, Armero… pero no es como vivirlo en carne propia. Ahora veo la importancia de conservar el bosque”, dice y cuenta la historia que los fundadores de El Carmen recitan de memoria.

La iniciativa surgió de un grupo de personas que buscaron esos terrenos para llevar a cabo un programa de vivienda en Mocoa, que teniendo como eje la naturaleza, sirviera de modelo. “Acordamos construir en la parte baja y dejar la parte alta para bosques y zonas verdes, se contaba ya con la quebrada y la idea era protegerla. Luego de un proceso que inició en 1986, pudimos cristalizar el anhelo de nuestras viviendas 10 años después. En este momento empieza la historia del barrio”, dice el profesor Pablo Emilio Canchala que vive allí hace 17 años y vio como se empezaron a levantar poco a poco las 75 viviendas planeadas por los primeros vecinos.

De las 5 hectáreas del barrio, alrededor de la mitad la forman zonas verdes y la reserva, “pero nos ha tocado pelear muy duro para defender nuestro bosque. Antiguos socios vendieron sus lotes y luego regresaron a repartir la montaña, nosotros en las asambleas no lo permitimos y por una diferencia corta logramos conservarlo”, recuerda María Anita Ortiz, otra profesora que llegó a El Carmen cuando aún no se había jubilado.

Esos antiguos asociados quisieron construir en la parte alta y “estuvieron a punto de lograrlo. No me alcanzo a imaginar qué hubiera sucedido si todo esto hubiera estado construido”, dice el Profesor Canchala mientras mira la devastación que dejó la avalancha a su paso y los gigantescos árboles que aún una semana después de la tragedia, siguen sosteniendo toneladas de troncos, ramas y restos de árboles que se quedaron enredados entre sus raíces.

De las 5 hectáreas del barrio, alrededor de la mitad la forman zonas verdes y la reserva

A su lado caminan sus nietos Celeste y Jacobo, que crecieron en este lugar jugando en la quebrada y columpiándose en los árboles. Celeste está sentada en una piedra donde antes se levantaban higuerones, guarangos, cedrillos, taras y amarillos, entre otros: “Aquí donde estamos no pasaba una quebrada, estaba repleto de arboles y era bien tupido; pero ahora está seco porque la avalancha los arrastró. Es muy triste que se hayan ido los árboles, yo quiero volver a sembrar nuevos árboles para jugar con ellos como siempre lo hacíamos”, dice la niña al referirse al nuevo cauce que abrió la quebrada en el barrio al dividirse en dos el día de la avalancha y que hoy está lleno de enormes rocas que aún no han podido mover.

Solo los habitantes de El Carmen conocen la lucha para conservar su bosque y lograr que esta zona sea hoy una reserva. Al estilo de los mitos urbanos, viejos y jóvenes cuentan como más de una vez en medio de la noche al menor ruido de machetes o motosierras los vecinos de El Carmen salieron a proteger sus árboles de la tala ilegal y de cazadores, porque allí hay diversas especies de animales, “nidos de tucanes, borugas y micos, que no vemos desde el viernes”, dice Esperanza con tristeza.

Las estructuras de estos árboles fueron definitivas para salvar la vida de cerca de 90 familias que hoy viven allí. “Cuando el río rompió y generó un caudal adicional, los árboles sirvieron de barrera y el barrio resultó protegido por estos gaviones naturales”, explica Luis Alexander Mejía Bustos, director de Corpoamazonia, quien anunció que allí se desarrollará el primer Bosque de paz del Putumayo.

“Vamos a hacer un programa especial, Bosque de Paz y vida, para tener una memoria local de lo que ocurrió el 31 marzo y el 1 abril de 2017, con una participación directa de las comunidades en la restauración y en la recuperación de suelos a través de monitoreo de flora y de fauna y de pago por resultados y por servicios ambientales. Los servicios que el bosque nos prestó y nos seguirá prestando son fundamentales, hay que reconocerlos y a las personas que hacen conservación vincularlas y estimularlas”, explicó Mejía Bustos.

Justamente alrededor de la conservación han girado las decisiones sobre la organización de las viviendas en este sector, “desde un principio sabíamos que había que conservar ese bosque para protección de la quebrada y donde faltaran árboles debíamos sembrarlos, por eso fuimos a Corpoamazonia para que nos asesoraran sobre qué clase de árboles sembrar para reforestar”, dice María Anita y Pablo complementa diciendo que fueron años de trabajo hasta lograr que esta zona se convirtiera en reserva.

Hoy el bosque de El Carmen es más que agua, aire puro y vivienda de especies, tiene otro gran significado para las familias que viven en el barrio: “Para nosotros tener este bosque es un lujo y una necesidad y al mismo tiempo tenemos la necesidad de protegerlo, porque él nos protege, es un favor mutuo”, dice María Anita sentada en la puerta de su casa a una cuadra de donde se levanta la masa de árboles que abraza las 85 casas que forman El Carmen.

“La naturaleza nunca es ingrata, pero también es vengativa. Yo te protejo y tú me vas a proteger, es un ir y venir. Igual si yo la destruyo, también me va a destruir -continúa diciendo mientras saluda a Pablo y a sus nietos que regresan de caminar por la quebrada- si esos árboles no hubieran estado allí, nosotros ya no existiéramos, porque esas piedras tan inmensas que llegaron hubieran acabado con cualquier pared, con cualquier estructura. Nosotros le agradecemos a los árboles más que si fueran personas, mucho más, a ellos les debemos la vida”.

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