El climatólogo indio Veerabhadran Ramanathan, premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento

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    Veerabhadran Ramanathan (IISD)

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El climatólogo indio Veerabhadran Ramanathan es el ganador de la VIII edición del premio Fundación BBVA Fronteras del  Conocimiento en la categoría de Cambio Climático, por descubrir que hay otros gases y contaminantes, además del CO2, afectados por la actividad humana con un enorme poder para alterar el clima de la Tierra, y sobre los que se puede actuar para ayudar a combatir el calentamiento global, permitiendo obtener resultados a corto plazo.

El trabajo de Ramanathan “ha servido de inspiración para proponer y evaluar acciones prácticas para mitigar el cambio climático y mejorar a la vez la calidad del aire y la salud humana, especialmente en las regiones más desfavorecidas del planeta”, señala el acta del jurado, que recuerda además que las aportaciones de este científico son indispensables para “evaluar las estrategias que se propongan para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París”. 

El acta reconoce también “la visión y dedicación” de Ramanathan a la hora de “comunicar los riesgos que suponen el cambio climático y la contaminación atmosférica”, implicando a líderes mundiales y contribuyendo a “crear opinión pública”. Ramanathan es miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias  y en los últimos años ha tenido un papel crucial en el asesoramiento al Papa Francisco y a otros líderes religiosos, como el Dalai Lama, en materia de cambio climático. 

Ramanathan (Madurai, India, 1944), catedrático de la Scripps Institution of Oceanography (Universidad de California en San Diego), en Estados Unidos, desde 1990,  se mostró ayer optimista: “Tenemos ante nosotros la enorme tarea de ralentizar el cambio climático, y este reconocimiento a solo un mes del Acuerdo de París me llena de energía para trabajar aún más intensamente, y hacer lo posible para llamar la atención sobre este problema. Por muchas razones este premio es un gran honor y una gran oportunidad para mí”. 

Los poderosos 'gases traza'

En 1975, cinco años después de llegar a Estados Unidos, Ramanathan descubrió que los clorofluorocarbonos (CFCs), un tipo de gases hasta entonces asociados únicamente a la destrucción de la capa de ozono, eran además potentísimos gases de efecto invernadero; es decir, contribuían al cambio climático. 
Ramanathan descubrió que una tonelada de CFCs atrapa tanto calor en la atmósfera como 10 toneladas de CO2. Hasta entonces, la comunidad científica creía que el único gas con efecto invernadero producto de la acción humana era el CO2; tras el hallazgo de Ramanathan, de enorme impacto científico, se descubrieron además que otros gases, como el metano y los HFCs –precisamente los refrigerantes que sustituyeron a los CFCs en los frigoríficos porque no dañan al ozono-, también son potentes gases de efecto invernadero. 

En los años posteriores Ramanathan y otros investigadores descubrieron que estos gases llamados ‘traza’ -porque son menos abundantes que el CO2- son responsables del 45% del efecto invernadero atribuible a la acción del hombre. 

El hallazgo tiene una curiosa vinculación con la trayectoria personal de Ramanathan. Tras concluir su formación como ingeniero, en India, durante dos años trabajó en una fábrica de máquinas de refrigeración, donde su misión era evitar que los gases refrigerantes, precisamente los CFCs, se escaparan. Pero la trayectoria que une ese punto hasta la investigación del papel de los CFCs en la atmósfera no fue ni mucho menos una línea recta. Ramanathan no resolvió el problema de la fuga de gases y abandonó el trabajo, volvió a la universidad y sus estudios le pusieron en contacto con grupos estadounidenses. 

A principios de los setenta se incorporó a la Universidad Estatal de Nueva York, donde empezó a estudiar el efecto invernadero en las atmósferas de Venus y Marte. Esa investigación le granjeó un puesto de investigación posdoctoral en la NASA, donde investigó cómo el ozono atmosférico influye en el clima de la superficie terrestre. Así fue cómo llegó a descubrir y calcular el efecto invernadero de los CFCs. 

Drones para analizar la contaminación   

Ramanathan es además pionero en el estudio, en los años noventa, del papel de las partículas en suspensión en el cambio climático. Para la investigación de estos aerosoles puso en marcha experimentos a gran escala sin precedentes en el área, y con tecnologías muy innovadoras entonces. Gracias a un experimento en el que una flotilla de lo que ahora conocemos como drones atravesaron una nube de contaminación sobre el Pacífico tan extensa como todo Estados Unidos, y de 3 kilómetros de grosor, Ramanathan y sus colaboradores acabaron descubriendo que un tipo específico de aerosol, el hollín o carbón negro, ejerce también un potente efecto invernadero y por tanto tiene un gran impacto en el calentamiento global. 

Este tipo de aerosoles constituye una parte importante de la contaminación de las ciudades europeas, pero también es resultado de la quema de combustibles poco eficientes, como heces de ganado en cocinas en países pobres, como la India, y en general el sudeste asiático. Es un tipo de contaminación que causa la muerte de decenas de miles de personas en países pobres, y el propio Ramanathan ha recordado cómo su abuela “tosía constantemente” mientras cocinaba en un tipo de fogón habitual en India. Esta experiencia es la que le llevó a poner en marcha el Proyecto Surya -que en sánscrito significa sol-  y que impulsa la implantación en India de cocinas que no emitan hollín y el uso de energía solar, así como el empleo de teléfonos móviles para recabar datos sobre el clima y efectos en la salud a partir de la introducción de estas medidas. 

Ramanathan explicó ayer por teléfono la necesidad de enfocar la lucha contra el cambio climático también contra este tipo de contaminante, con enorme impacto en la salud y en el clima.  

Un efecto rápido contra el calentamiento

De hecho Ramanathan defiende que tras el “memorable” acuerdo logrado en París, la comunidad global debería poner más énfasis en combatir los gases traza y el carbón negro, porque ofrecen “una gran oportunidad” para lograr un efecto rápido contra el calentamiento. Ello se debe a cómo se comportan los gases traza y el hollín una vez liberados: permanecen en la atmósfera poco tiempo, en comparación con los siglos que tarda el CO2 en desaparecer. Por eso, reduciendo sus emisiones se lograría un efecto mucho más rápido del que se logra reduciendo el CO2. 

Los gases traza y el hollín “son entre 25 y 4.000 veces más potentes que el CO2 (en su contribución al efecto invernadero), pero se quedan en la atmósfera días, en el caso del hollín, o hasta 15 años en el caso de los HFCs”, explicó ayer Ramanathan. “Reducir las emisiones de estos contaminantes de vida corta tendrá un impacto inmediato y puede ralentizar enormemente el calentamiento global de aquí a unas décadas. Esto retrasaría los desastres ambientales y nos daría un tiempo que necesitamos desesperadamente para cambiar radicalmente nuestra dieta energética”. 

Ramanathan estimaba en un paper de 2015  que reduciendo las emisiones de metano en un 50%, de hollín en un 90% y dejando de usar del todo los HFCs, en 2030 habremos reducido a la mitad el calentamiento previsto para los próximos 35 años. 

No se trata, aclara, de concentrarse en los gases de vida corta y no actuar sobre el CO2, sino “de activar las dos palancas. Solo limitando las emisiones de CO2 no lograremos el objetivo de París”. En su opinión los gases traza y el hollín representan una “baza muy potente, y ahora es el momento de jugarla”. 

Ramanathan recuerda que el cambio climático es un problema causado por la parte más rica de la humanidad, pero cuyos efectos van a padecer sobre todo los más pobres: “Tres mil millones de personas que no tienen nada con que protegerse y a los que no podemos dejar atrás”, insiste. 
Paradójicamente, tomar conciencia de esta situación le ha salvado de la “depresión” y la sensación de “gran fracaso personal” que sentía hace una década, después de treinta años investigando el cambio climático y siendo ”una fuente constante de malas noticias”. “Teníamos la evidencia científica, pero no había actuaciones”. Ramanathan recibió entonces una llamada del Vaticano invitándole a formar parte de la Academia Pontificia de las Ciencias; su aceptación le ha puesto en contacto, al cabo de los años, con los principales líderes espirituales del planeta, y ha añadido una nueva dimensión en su carrera que hoy le hace sentirse “enormemente optimista”. 

Como miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias, fue coorganizador, en 2014, del simposio Sustainable Humanity, Sustainable Nature, cuyas conclusiones han tenido un papel relevante en la publicación de la encíclica Laudato Si sobre el deterioro ambiental global. 
En su opinión el cambio climático “es un problema de índole moral, que exige cambiar nuestro comportamiento como sociedad y empezar a pensar más allá de nosotros mismos e incluso de nuestros hijos, exige pensar en el planeta y en los que viven lejos”. Por tanto, es un problema que necesita de la implicación de los líderes morales: “Los científicos no tenemos autoridad moral para decir a los 
demás cómo comportarse, pero los líderes religiosos sí la tienen. Hay dos cosas en que todas las religiones están de acuerdo: la protección a los pobres y la protección a la naturaleza, a la creación. La lucha contra el cambio climático es un punto de unión entre todas las religiones, y además con la ciencia”. 

Su investigación más reciente no deja de aportar nuevos datos sobre el cambio climático. En 2014 calculó que la disminución del albedo (la cantidad de luz que refleja una superficie) en el Ártico, debido a la pérdida de hielos marinos, equivale a un 25% del calentamiento que el CO2 ha causado en los últimos 30 años. 

Jurado internacional

El jurado ha estado presidido por Bjorn Stevens, director del Instituto Max Planck de Meteorología (Alemania), y cuenta como secretario con Carlos Duarte, catedrático Tarek Ahmed Juffali de Biología Marina y director asociado del Centro de Investigación Mar Rojo en la Universidad Rey Abdullah de Ciencia y Tecnología (Arabia Saudí). El resto de los miembros son Sandrine Bony, investigadora principal del Laboratorio de Meteorología Dinámica del Centro Nacional de Investigación Científica de la Universidad Pierre y Marie Curie (Francia); Miquel Canals, catedrático de Geología Marina en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona y director del Departamento de Estratigrafía, Paleontología y Geociencias Marinas de la Universidad de Barcelona (España); Martin Heimann, director del Departamento de Sistemas Biogeoquímicos del Instituto de Biogeoquímica Max Planck (Alemania); y Edward S. Rubin, catedrático de Ciencia e Ingeniería Medioambiental en la Universidad Carnegie Mellon (Estados Unidos).

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