Manglares, flamencos, charcas salineras y mosquitos en la primera semana de la Ruta BBVA

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    Manglar de Yucatán, México
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Los 180 expedicionarios de la XXXI edición de la Ruta BBVA llevan ya casi una semana en tierras de Yucatán (México) y lo han celebrado en Celestún, un pequeño pueblo de pescadores que también se dedica a la producción de sal y en cuyos alrededores podemos encontrar multitud de especies de aves y fauna marina, así como una espesa vegetación en forma de manglares en los que el animal dominante no es el cocodrilo, sino el mosquito.

Todo este paisaje se encuentra en la Reserva de la Biosfera de la Ría Celestún, que se ubica en la desembocadura de la cuenca de agua subterránea más importante de Yucatán, que coincide con el anillo de Cenotes y con Ría Lagartos. Se trata de las reservas con mayor riqueza de especies y ecosistemas interdependientes, ya que cuenta con manglares, dunas, petenes, selva baja y pastizales.

La ría se extiende 18 kilómetros desde el mar hasta que la tierra se cierra y la vegetación a los lados es todo manglar, concretamente, de dos tipos: el mangle negro y el mangle rojo, que desde la raíz hasta la copa pueden llegar a medir hasta unos seis metros de alto. Nada mejor que un entorno así para avistar todo tipo de especies de aves que acuden a la zona para anidar, en unos casos, o simplemente alimentarse, en otros.

300 especies de aves, incluso quetzales

Fue lo que hicieron este martes los 180 'ruteros' después de su llegada a Celestún: a mitad de la tarde, y repartidos en más de una veintena de lanchas, navegaron hasta el centro de la ría, desde donde pudieron ver de cerca flamencos, pelícanos, fragatas o garzas, aunque en esta zona también habitan martines pescadores, águilas pescadoras o cormoranes.

Así, hasta más de 300 especies de aves, entre las migratorias y las nacionales. También hay algunos quetzales, pájaro que se encuentra en peligro de extinción y que dio su nombre a la Ruta BBVA hasta hace sólo unos años.

Desde fuera, el manglar es frondosísimo, de un color verde intenso, oero desde dentro, lo que impera es el marrón de las raíces y troncos

En realidad, la mejor época del año para avistar aves en la Ría Celestún es en los meses de noviembre, diciembre y enero. En esos días, la población de flamencos, por ejemplo, aumenta hasta entre 20.000 y 25.000 ejemplares, todo un espectáculo de color de rosa que casi ni deja distinguir el azul del mar o el verde del manglar.

Es curioso cómo el color del manglar cambia en función de si se mira desde fuera o desde dentro. Desde fuera el manglar es frondosísimo, de un color verde intenso que combina a la perfección con el azul del cielo y que otorga al agua del mar un tono azul-verdoso casi turquesa.

Pero desde dentro, lo que impera es el marrón de las raíces y troncos de los manglares, dándole un aspecto de selva espesa y penetrante. Y como toda selva que se precie, no podían faltar los temibles mosquitos, que en este caso hicieron de las suyas con los 'ruteros' cuando éstos se atrevieron a dejar los botes y adentrarse en los manglares.

Pero no todo fue tan malo: los expedicionarios pudieron pegarse un chapuzón en una charca dentro del manglar, lo que alivió en buena medida el picor de las picaduras de mosquito. Pero eso sí, sin saltar a otros pozos donde era más que probable que se pudiera molestar a los cocodrilos, otra de las especies que habitan estos manglares.

Caminata por las charcas salineras

Las charcas salineras son grandes extensiones de agua del mar cuya temperatura puede alcanzar los 60 grados

Algunos recuperados de las picaduras, otros no tanto, los jóvenes de la Ruta BBVA, de entre 18 y 19 años, se dispusieron al día siguiente a realizar una de sus exigentes marchas cerca de la zona de manglar, en la que pudieron conocer de primera mano la producción de sal, un duro oficio que emplea a unas 250 personas de la zona de Celestún.

Los 'ruteros' partieron de su campamento poco después de las siete de la mañana para evitar en la medida de lo posible el sofocante calor del Caribe, así que antes de las nueve ya habían llegado a las charcas salineras, que son grandes extensiones de agua del mar cuya temperatura puede alcanzar los 60 grados.

Se trata de una producción totalmente artesanal que se lleva a cabo entre los meses de marzo y julio en los que se obtiene una tonelada o tonelada y media por seis horas de trabajo. Y todo para que cada saco de 50 kilos de sal se venda por sólo 15 pesos (unos 75 céntimos de euro). La exportación se limita a México; no se contempla aún la venta a nivel internacional.

No es un trabajo fácil. Al calor y la humedad que persisten en la zona a lo largo de todo el año se unen las características de la sal que se produce en estas charcas: al ser los granos muy filosos, los trabajadores deben ir bien protegidos con botas y guantes para no cortarse. O cortarse lo menos posible.

Los expedicionarios de la Ruta BBVA han completado el recorrido por la playa, el manglar y las charcas salineras en poco más de tres horas y la marcha ha tenido una recompensa: un baño en el mar Caribe, frente al campamento.

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