¿Escasez de agua en México?

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Claramente los problemas de falta de agua se manifiestan en el norte y centro del país, mientras que el sureste destaca por presentar problemas recurrentes de inundaciones, en un entorno con menor desarrollo del PIB.

Una gran mayoría de los que buscamos y leemos información en medios digitales vivimos en núcleos urbanos donde los servicios básicos (agua, drenaje, electricidad, entre otros) están mínimamente garantizados por el gobierno y/o por empresas de servicio, mediante los pagos correspondientes. En relación con el agua y a menos que vivamos en colonias donde a menudo hay cortes en su suministro, es raro que en nuestro día a día reflexionemos acerca de lo que implica abrir una llave y tener a nuestra disposición toda el agua que queramos, a un costo relativamente módico; o incluso que seamos plenamente conscientes de que cada vez que jalamos el agua del escusado, convertimos un agua limpia, usualmente potable, en aguas fecales altamente contaminantes.

Pero es hasta que se pierde aquello que consideramos un derecho a disfrutar durante toda nuestra vida, que nos preocupamos y ponemos atención y esfuerzo para recuperarlo. Vale la pena entonces ocuparnos desde ahora y analizar qué tan razonable es pensar que tenemos asegurado un continuo e ilimitado suministro de agua de buena calidad.

En las regiones de México con mayores densidades poblacionales y más altos índices de PIB, actualmente hay falta de agua y se pronostica que las condiciones empeorarán con el crecimiento poblacional y el cambio climático

Dicho suministro depende, en primera instancia, de la disponibilidad de agua renovable que tenga cada “entidad” (país, región, zona, persona, etc.). El agua disponible renovable se calcula con base anual y procede de las aguas interiores renovadas por el ciclo global del agua, aunque solo una parte de estos caudales es aprovechable y realmente usada en actividades humanas debido a diversos factores heterogéneos. La CONAGUA calculó el agua renovable en 2015 para México (los valores cambian cada año dentro de intervalos poco amplios, por ejemplo, según se trate de años más húmedos o más secos), en aproximadamente 447 km3/año. Un valor como éste alcanza su pleno significado cuando lo comparamos con la población que ejerce demanda sobre el recurso; para México se estimó una población de 121.9 millones de habitantes a mediados de 2015, por lo que los cálculos arrojaron una disponibilidad de agua renovable de 3,692 metros cúbicos por persona y año (m3/habitante [hab.] o cápita/año) (2). Una cantidad de tal magnitud implica que, globalmente como país, no tenemos problemas importantes con el agua, como se aprecia en la figura donde se comparan los valores hídricos promedio para los países del mundo. Nuestro promedio se encuentra bien por encima de la señal de alarma del estrés hídrico (menos de 1,700 m3/hab./año) y alejado de los valores de escasez de agua (inferiores a 1,000 m3/hab./año).

A pesar de esto, todos sabemos que en México tenemos problemas con el agua, ya sea por defecto (sequías, suministro insuficiente) o por exceso (inundaciones). Aunque el cálculo promedio para México es correcto, no considera la diversidad de climas, de densidades poblacionales y de actividades que impactan el Producto Bruto Interno (PIB) en las diversas regiones. En la siguiente figura podemos discriminar estas diferencias para México e hilar más fino al incluir parámetros como los mencionados: Se observa que la zona Norte, Centro y Noreste tiene menos agua renovable, una mayor densidad poblacional y PIB más alto, al contrario de la zona Sureste. Claramente los problemas de falta de agua se manifiestan en el norte y centro del país, mientras que el sureste destaca por presentar problemas recurrentes de inundaciones, en un entorno con menor desarrollo del PIB. Y enfocándonos todavía más en espacios críticos, como la Región hidrológica-administrativa XIII (Valle de México), nos encontramos con situaciones extremas en una cuenca originalmente cerrada a más de 2,000 metros sobre el nivel del mar, con una muy elevada densidad poblacional (superior a 1,000 personas por km2) que ejerce una demanda masiva sobre la escasa agua renovable de la cuenca, con valores de escasez hídrica inferiores a 150 m3/hab./año.

Se prevé que el agua renovable siga disminuyendo, principalmente por el aumento de población. La cantidad global calculada para el 2030 sigue estando por encima de los valores de estrés hídrico; pero, de nuevo, los problemas empeorarán donde ahora ya son críticos: más falta de agua en las zonas norte y centro; también en el sureste, donde las previsiones apuntan a mayores caudales de agua debido al calentamiento global.

En resumen, en las regiones de México con mayores densidades poblacionales y más altos índices de PIB, actualmente hay falta de agua y se pronostica que las condiciones empeorarán con el crecimiento poblacional y el cambio climático. Dado que más del 50 % de la población actual de México vive en y alrededor de la zona centro (en lo que se conoce como Faja Volcánica Transmexicana, entre el Pacífico y el Golfo de México, alrededor de los 20° de latitud norte, con alturas sobre el nivel del mar que fácilmente rebasan los 800-1,000 m), las expectativas no son halagüeñas y el recurso agua será cada vez más escaso en una parte muy extensa del territorio nacional.

¿Qué hacer al respecto? La propuesta es entender cómo cada uno de nosotros incidimos en el problema, que generemos conciencia de cómo usamos el agua a nuestro alcance. Por ejemplo, ¿somos conscientes de cuánta agua gastamos cada día, en promedio? Podemos hacer una estima gruesa a través de analizar nuestras costumbres: ¿Nos damos prolongados regaderazos bajo chorros de agua caliente, adicionalmente desperdiciando el agua fría inicial? (Para nuestros cálculos podemos observar en cuántos segundos se llena una cubeta de 20 litros). ¿Nos lavamos los dientes con el chorro de agua fluyendo? ¿Usamos manguera para diversas actividades? ¿Lavamos la ropa y/o los platos y ollas con técnicas ahorradoras o desperdiciamos el agua? Y así sucesivamente.

Desde hace unas décadas se sabe que cada ser humano debería de tener a su disposición alrededor de 100 litros diarios de agua de buena calidad. Con el ejercicio antedicho, muchos de nosotros veremos que gastamos incluso más del doble. También es interesante comparar la estima “directa” de nuestro uso promedio diario de agua, con los valores del recibo de agua (en caso de que se cobren los m3 bimestrales), simplemente dividiendo entre 60 (días) y multiplicando por 1,000 para obtener los litros diarios empleados por el colectivo que comparte la vivienda; por último, dividir por el número de personas que conviven, para tener el cálculo individual diario en litros.

¿Y de qué sirve hacer cálculos como los propuestos? Conocer cómo estamos impactando nuestro entorno es el primer paso de tomar la decisión para cambiar a mejor. En este caso, disminuir en lo posible el uso del agua, modificando paulatinamente nuestras rutinas y generando nuevos hábitos. Es un efecto “grano de arena”, pero en la medida en que todos empecemos a introducir una nueva conciencia en relación con la Cultura del Agua (1), el resultado se manifestará en forma sinérgica. Por un lado, seremos menos dependiente del recurso porque hemos aprendido a usarlo con prudencia; por otro, haremos una diferencia apreciable al integrar esfuerzos individuales en emprendimientos colectivos, lo cual es el mayor beneficio de las conciencias en expansión.

* Gloria Vilaclara estudió Limnología Tropical, División de Investigación y Posgrado, FES Iztacala, UNAM.

(1) Perevochtchikova (Coord.). Cultura del Agua en México. Conceptualización y Vulnerabilidad Social, MA Porrúa, 2012.

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