España encara una situación cada vez más apremiante en torno a la disponibilidad del agua. La combinación de sequías prolongadas, un consumo intensivo y una infraestructura obsoleta está tensionando los recursos hídricos del país, sobre todo en el sur peninsular. Un reciente informe de S&P Global Ratings advierte que el estrés hídrico en España —al igual que en Italia— no solo pone en peligro el suministro de agua, sino también la estabilidad económica de regiones clave y la solvencia de sus gobiernos locales.
Durante el último año hidrológico, la precipitación en España fue un 12% inferior a la media, con un impacto especialmente severo en Cataluña, Andalucía y las Islas Canarias. En Cataluña, la situación derivó en medidas restrictivas que incluyeron la reducción del caudal en las redes de distribución y limitaciones al consumo. Esta realidad no es un episodio aislado: el cambio climático está imprimiendo una pauta de variabilidad extrema, alternando periodos de sequía con lluvias intensas, como las que se registraron en marzo de 2025.
A este escenario se suman factores estructurales. Más del 30% del agua que entra en las redes de distribución se pierde antes de llegar al consumidor, una cifra que en algunas regiones alcanza el 40%. Las causas son múltiples: redes envejecidas, operadores fragmentados y décadas de inversión insuficiente. A modo de comparación, en Estados Unidos las pérdidas oscilan entre el 10% y el 20%.
El cambio climático está imprimiendo una pauta de variabilidad extrema, alternando periodos de sequía con lluvias intensas, como las que se registraron en marzo de 2025
En paralelo, la demanda de agua no deja de aumentar. La población española ha crecido más de dos millones de personas en la última década, un 4,6%. Además, el turismo se ha disparado: España recibió 93,8 millones de visitantes en 2024, más que nunca antes y un 12% por encima de los niveles previos a la pandemia. Este auge turístico, concentrado en zonas ya presionadas como las Islas Baleares, Cataluña y Andalucía, incrementa el consumo en épocas críticas.

Rodríguez Anglada, Alejandro y Bellesia Ricardo, S&P Global Ratings, 2025.
Las consecuencias económicas ya son palpables. El sector agrícola en el sur del país, especialmente en Andalucía y Murcia, sufre una presión creciente. Aunque el uso de plantas desaladoras ha paliado parcialmente la escasez, el coste del agua producida es elevado y amenaza la competitividad de cultivos como el olivar o las hortalizas de exportación. Al mismo tiempo, el turismo en zonas costeras también empieza a notar los efectos de las restricciones hídricas, con posibles implicaciones para la experiencia del visitante y la reputación del destino.
Por regiones, la vulnerabilidad varía. El sudeste peninsular, incluyendo Murcia y Almería, junto con las Baleares, está entre las áreas más expuestas. Estas zonas, que ya han tomado medidas como la reducción de pérdidas en red, enfrentan ahora el dilema de mantener su actividad económica sin agotar sus recursos. En contraste, regiones como Madrid, aunque con una demanda elevada por densidad poblacional, muestran una mayor eficiencia y menor dependencia de sectores intensivos en agua. Aun así, mantener estos estándares requerirá inversiones constantes.
Comunidades como Cantabria o Galicia presentan niveles de pérdida de agua elevados, posiblemente debido a la histórica abundancia que ha retrasado las inversiones necesarias
En el norte del país, donde tradicionalmente ha llovido más y la presión sobre el recurso es menor, el informe alerta contra la complacencia. Comunidades como Cantabria o Galicia presentan niveles de pérdida de agua elevados, posiblemente debido a la histórica abundancia que ha retrasado las inversiones necesarias. Pero incluso estas zonas no están inmunes a eventos extremos, como quedó patente en el verano de 2024, cuando Cataluña, una región con recursos relativamente diversos, debió importar agua por barco para abastecer la demanda metropolitana.
En Italia, el panorama es similar, con un marcado contraste entre el norte y el sur. Mientras que regiones alpinas como Piamonte o Lombardía aún disfrutan de mayor disponibilidad gracias a la nieve invernal, el sur del país —incluyendo Sicilia, Molise y Cerdeña— pierde más de la mitad del agua extraída por culpa de fugas en infraestructuras caducas. La red hídrica italiana tiene más de medio siglo en muchos tramos y el 42% del agua se pierde en el sistema, una de las tasas más altas de Europa.
Al igual que en España, las soluciones pasan por aumentar la inversión. Sin embargo, esto supone un dilema para los gobiernos regionales: modernizar las infraestructuras requiere financiación, pero asumir esa carga puede presionar los presupuestos, aumentar la deuda y debilitar la calificación crediticia. Por el contrario, no actuar podría limitar el crecimiento económico y erosionar las bases fiscales, generando un círculo vicioso difícil de romper.
S&P Global Ratings subraya que la clave estará en la planificación a largo plazo y la cooperación entre niveles de gobierno. Las inversiones urgentes, costosas y reactivas tienden a tener un impacto mayor en las finanzas regionales que aquellas desarrolladas con anticipación y de forma escalonada. Y, aunque el acceso a fondos europeos y del Estado puede aliviar parte del esfuerzo, la presión recae principalmente sobre las administraciones locales.
España y el sur de Europa, en general, se enfrentan a una nueva realidad en la que la gestión eficiente del agua ya no es solo una cuestión ambiental, sino un asunto de sostenibilidad económica y de solvencia institucional. Sin cambios estructurales y una inversión decidida, el estrés hídrico podría pasar de ser un problema recurrente a una amenaza crónica para el desarrollo.
