Una investigación publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences revela un cambio profundo en el comportamiento físico del océano que rodea la Antártida. Desde 2015, su superficie ha dejado de diluirse, como venía ocurriendo desde los años ochenta, y ha comenzado a concentrar sal, debilitando la capa que actuaba como barrera térmica frente al calor almacenado en las profundidades. El estudio, basado en observaciones satelitales y mediciones in situ, asocia esta inversión de tendencia con un retroceso drástico y sostenido del hielo marino antártico.
Durante décadas, el agua superficial del océano Antártico se volvió progresivamente más dulce, debido a una combinación de precipitaciones, deshielo continental y transporte de agua fría desde latitudes polares. Este proceso reforzó la estratificación de la columna de agua y limitó la mezcla vertical con aguas profundas más cálidas, ayudando así a preservar la capa de hielo. Sin embargo, el nuevo análisis revela que desde 2015 este equilibrio se ha quebrado: la salinidad ha aumentado en toda la región circumpolar, debilitando la estratificación y permitiendo que el calor ascienda desde el interior del océano.
La dinámica observada apunta a la posibilidad de una transición hacia un nuevo estado físico del sistema hielo–océano antártico
Este fenómeno ha coincidido con una pérdida sin precedentes de hielo marino, tanto en verano como en invierno, y con la reaparición de polinias abiertas en alta mar, como la observada en 2016 sobre la dorsal de Maud Rise, en el mar de Weddell. Estas zonas de aguas libres de hielo, ausentes durante décadas, son posibles cuando la estratificación se debilita, facilitando un intenso intercambio de calor entre las capas profundas y la superficie.
Los autores del estudio, encabezado por Alessandro Silvano (Universidad de Southampton), advierten que la dinámica observada no solo contradice las previsiones más extendidas sobre el comportamiento futuro del océano Austral —que anticipaban una mayor acumulación de agua dulce en la superficie—, sino que apunta a la posibilidad de una transición hacia un nuevo estado físico del sistema hielo–océano antártico.
Más allá de los hallazgos físicos, el estudio pone en valor el papel emergente de la observación satelital para monitorizar en tiempo casi real los cambios en la salinidad superficial del océano. Esta capacidad técnica, desarrollada en el marco del proyecto SO-FRESH financiado por la Agencia Espacial Europea, se revela clave para detectar y comprender a tiempo las transformaciones del sistema climático en una región crítica para la estabilidad planetaria.