La mitigación basada en la adaptación, una solución ambiciosa para El Salvador

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  • Las iniciativas de desarrollo suelen hacer hincapié en la importancia de “ganancias rápidas” y “metas fáciles de alcanzar”. Pero, ¿qué pasaría si los temas más urgentes fueran también los más complejos?

Sobre la Entidad

Banco Mundial
El Banco Mundial es uno de los organismos especializados de las Naciones Unidas, que se define como una fuente de asistencia financiera y técnica para los países en desarrollo.

La región del Bajo Lempa en El Salvador es un buen ejemplo de esto. Situada a lo largo de la costa del Pacífico en lo que se conoce como el corredor seco de América Central, la zona del Bajo Lempa ofrece de todo, incluyendo laderas cubiertas de cafetales, llanuras costeras propensas a inundaciones donde las granjas familiares limitan con las actividades industriales de la caña de azúcar, y bosques de manglares que compiten con la producción de camarón. El aumento de la población y las presiones agrícolas han llevado a una deforestación generalizada, la erosión del suelo y la contaminación con agroquímicos. La falta de tierras y la pobreza –rezagos principales de la guerra civil de 1980 en El Salvador– todavía persisten en la forma de un sistema fragmentado de tenencia de la tierra. Y el cambio climático ha agravado muchos de estos problemas debido a las menores lluvias o las precipitaciones irregulares y las tormentas tropicales más frecuentes e intensas.

Todos estos factores son lo suficientemente complejos por derecho propio, pero representan un desafío aún más abrumador cuando se reúnen en un solo paisaje. Y sin embargo, un enfoque del paisaje centrado en la mitigación basada en la adaptación, es precisamente el tipo de intervención que Gerardo Segura, especialista en Gestión de los Recursos Naturales del Banco Mundial, cree que podría ayudar a lugares como el Bajo Lempa a recuperar muchos de sus valiosos servicios de los ecosistemas, manteniendo al mismo tiempo el crecimiento económico.

“Cuando se trata de paisajes degradados, los Gobiernos a menudo prefieren comenzar donde las condiciones son menos complejas y desafiantes, pero es necesario empezar donde las necesidades son mayores, y donde las personas dependen en gran medida de los recursos naturales y sufren cuando estos recursos se vuelven escasos”, dice Segura. “América Central es una de las regiones del mundo más vulnerables al cambio climático, lo cual tiene implicaciones para los ecosistemas naturales, así como para los sectores productivos como la agricultura. Sin un enfoque integral del paisaje, ninguno de los desafíos individuales puede ser resuelto en el largo plazo”.

Las prioridades nacionales para la adaptación determinan el alcance, el contenido y la selección de las actividades de mitigación del cambio climático

La idea detrás del enfoque de la mitigación basada en la adaptación (AbM, por su sigla en inglés) es que las prioridades nacionales para la adaptación determinan el alcance, el contenido y la selección de las actividades de mitigación del cambio climático. Para El Salvador, esto significa revertir la degradación del medio ambiente, aumentando al mismo tiempo la captura y el almacenamiento de carbono en las plantas y el suelo. Mediante la aplicación de la AbM a nivel del paisaje, el objetivo es integrar los diferentes requisitos exigidos a la tierra para llegar a soluciones de gestión de los recursos naturales, que sean de gran escala y que se centren en las personas. El Salvador es uno de los pioneros en este ámbito: su Programa Nacional de Restauración de Ecosistemas y Paisajes (PREP), puesto en marcha en el 2012 por elMinisterio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), se aplica a nivel nacional.

Para dar una base al PREP y a otras iniciativas regionales de AbM, Segura y sus colegas del Programa Salvadoreño de Investigación sobre Desarrollo y Medio Ambiente (PRISMA) buscaron responder a una pregunta fundamental: ¿cómo transformar a gran escala las prácticas ambientales y socioeconómicas perjudiciales? Para ello emprendieron varios estudios de casos con el apoyo del Programa sobre los bosques (PROFOR) y el Banco Mundial. Su investigación compara las zonas del Bajo Lempa y La Montañona en El Salvador –que se encuentran en etapas muy iniciales de aplicación de la AbM– con Lempira Sur en Honduras, donde la agrosilvicultura y otras prácticas de agricultura sostenible han sido ampliamente usadas desde la década de 1990, y han probado ser muy exitosas para desarrollar capacidad de adaptación a los fenómenos climáticos.

“En Lempira Sur, la seguridad alimentaria fue un factor motivador que unió a los habitantes”, señala Susan Kandel, directora ejecutiva de PRISMA. “Las comunidades pudieron mejorar ampliamente la producción de alimentos y se adaptaron mucho mejor a los impactos del huracán Mitch, que devastó muchos países de América Central en 1998. Sin embargo, la adopción masiva de prácticas agrícolas inocuas para el medio ambiente fue relativamente más fácil de llevar a cabo en Lempira Sur porque se benefició de un sistema homogéneo de uso de la tierra, sin los intereses contrapuestos de las grandes empresas y la política. Lo que queríamos descubrir en nuestro estudio era cómo hacer esta tarea en el entorno multifacético de El Salvador”.

El equipo de investigación de Kandel y Segura identificó cinco recomendaciones clave para la recuperación exitosa del paisaje, con el fin de desarrollar resiliencia climática en áreas complejas:

  • Hacer que la recuperación del paisaje sea una prioridad nacional al más alto nivel político: Las iniciativas de recuperación del paisaje son, por definición, multisectoriales y competen a múltiples partes interesadas: los esfuerzos solitarios de los agricultores locales o de los organismos gubernamentales a nivel individual no son suficientes para impulsar un cambio de largo alcance. Los programas de recuperación deben estimular la actividad económica en las zonas rurales, pero también promover la seguridad alimentaria, los diferentes sistemas productivos, el empleo y otras inversiones que reduzcan la vulnerabilidad de las comunidades locales al cambio climático.
  • Invertir en el capital social nacional y local así como en la acción colectiva: Idealmente, los enfoques de gestión, ascendentes y descendentes, deberían unificarse para facilitar la movilización a gran escala, pero también fortalecer las instituciones locales. Los Gobiernos nacionales y locales son cruciales para definir los derechos y el acceso a los recursos, sin embargo los esfuerzos deben incluir a las partes interesadas que son realmente afectadas por la degradación del paisaje.
  • Garantizar los derechos a la tierra y los bosques: Una cantidad importante de pequeños productores agrícolas carece de derechos de tenencia o gestión de la tierra, el suelo, los bosques y otros recursos naturales. Las políticas públicas bien diseñadas pueden facilitar la regulación del suelo y mejorar el acceso a contratos de arrendamiento, de tal manera que de paso a reformar las prácticas agrícolas y recuperar los servicios ecosistémicos.
  • Invertir en conocimientos técnicos e innovación: La mayor parte de las investigaciones sobre desarrollo rural se centra en aumentar la productividad de los cultivos, sin recuperar los servicios de los ecosistemas a nivel del paisaje. Se necesita un nuevo sistema de organización para mejorar el intercambio de información, incluyendo a las comunidades indígenas; generar el conocimiento pertinente, y evaluar los impactos de las políticas de recuperación.
  • Establecer los incentivos adecuados: Las políticas de gestión de los recursos naturales tienden a centrarse casi exclusivamente en los resultados agrícolas o ambientales. Para que la recuperación del paisaje funcione, estas políticas también tienen que estar en consonancia con las estrategias económicas sobre el crecimiento y el desarrollo rurales. Esto requiere procesos de negociación inclusivos y nuevos tipos de sistemas de compensación dirigidos a los individuos y la comunidad.

Segura admite que estas recomendaciones son ambiciosas, pero tiene esperanzas porque ya ha visto funcionar el enfoque del paisaje centrado en la AbM, no solo en Honduras, sino también en el municipio de Cinquera, en El Salvador. “Los residentes decidieron de manera colectiva permitir que su bosque se recupere y defenderlo de intereses invasores”, cuenta Segura. “Ahora gran parte de la biodiversidad original ha regresado, los recursos hídricos han mejorado, y la zona se beneficia del ecoturismo. Difícilmente podría pensarse que Cinquera fue alguna vez un paisaje degradado como el que se ve en gran parte de América Central”.

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