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La modernización de regadíos no impide la sequía en las cuencas hidrográficas

  • modernización regadíos no impide sequía cuencas hidrográficas

Sobre la Entidad

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El objetivo político y técnico tradicional de la modernización de regadíos ha sido la consecución de supuestos ahorros de agua a través del aumento de la eficiencia en la aplicación del agua al cultivo. Sin embargo, la falta de medición de sus efectos sobre los recursos hidrológicos de las cuencas fluviales da al traste con dicha pretensión. La evidencia científica y práctica mundial han dejado patente que se produce una gran paradoja en relación con las expectativas de ahorro de agua para las cuencas (entiéndase como reducción de la presión por extracción) mediante el aumento de eficiencia de los sistemas de riego.

El aumento de la eficiencia del regadío tras la modernización conlleva un aumento de la evapotranspiración por parte de los cultivos, que pasa de este modo desde las cuencas a la atmósfera, y que se produce a costa de reducir los retornos de riego. Aunque desde el punto de vista productivo los retornos se consideran como pérdidas, en realidad son recursos reutilizables para los usos de la cuenca o los caudales circulantes aguas abajo. En definitiva, el aumento de la eficiencia produce un aumento de la captación del agua por el cultivo, creándose un déficit para la cuenca (“efecto rebote”). Dicho déficit se evalúa mediante la Ley de conservación de las masas del regadío (contabilidad del agua), que se compara antes y después de la modernización de regadío. A continuación, se aportan algunas definiciones que ayudan a comprender mejor este fenómeno asociado al aumento de eficiencia en el regadío y que afecta a las cuencas hidrográficas.

El principio fundamental del regadío: la Ley de la conservación de las masas

La base de la contabilidad de agua en el regadío es el balance de agua; un principio simple que establece que existe siempre un equilibrio entre las entradas y las salidas de agua en el regadío (Figura 1):

LAS ENTRADAS: Son los aportes netos de agua a la parcela y constituyen el USO o suministro de agua. Al llegar al regadío, una parte se consume (CONSUMO) en la transpiración del cultivo (consumo beneficioso) o de las plantas adventicias (consumo no beneficioso), así como en la evaporación desde el suelo y el follaje. Este conjunto suponen la evapotranspiración del cultivo (ET), que sale hacia la atmósfera. La otra parte son los RETORNOS de riego que se devuelve por escorrentía superficial o subterránea y constituyen nuevos recursos para la cuenca, van a las reservas de agua recuperables, son aprovechados por otros usuarios y mantienen las aportaciones a ríos, humedales y acuíferos. También previenen de la intrusión salina de los estuarios y de las aguas subterráneas en las zonas litorales.

Diferencia entre uso y consumo: algo insoslayable

La confusión entre uso y consumo ocurre con frecuencia en la normativa, los planes y proyectos de regadío y agua, pues no son conceptos sinónimos. Hemos encontrado que en inglés sí lo son, lo que induce a error al traducir al castellano los textos internacionales. Los expertos mundiales en hidrología del regadío han recalcado la necesidad de que se reconozcan las diferencias y se empleen con rigurosidad científica ambos términos. El volumen de la fracción CONSUMO y la de RETORNO dependerá directamente de la eficiencia del sistema de aplicación del agua de riego. En los riegos de baja eficiencia por gravedad una parte del Suministro (USO) tiene en exclusiva una función impulsora, que no se evapotranspira y, tras cumplir dicha función, sale de la parcela constituyendo los RETORNOS de riego. En la modernización con cambio a riegos presurizados más eficientes, como no se necesita esta fracción impulsora, los retornos pasan después a poder consumirse por el cultivo (en forma de incremento en la evapotranspiración) en un volumen dependiente de la mejora de la eficiencia del sistema de riego. Pero esto supone una pérdida automática de recursos para la cuenca en la misma proporción.

Eficiencia de conducción del agua y eficiencia del regadío

La eficiencia de la conducción del agua y la eficiencia del regadío atienden a dos conceptos muy diferentes, que se han intercambiado o unido en la política, normativa, planificación y proyectos. La eficiencia en la distribución del agua es el cociente entre el agua que llega definitivamente hasta el pie de la parcela y el agua que sale de la fuente de suministro. Se consigue mediante la reducción de pérdidas en las redes de transporte y distribución  y  aumenta el agua disponible en las cuencas para otros usos del agua y necesidades ambientales. De no hacerse de esta forma, mantener el total del agua inicialmente derivada, o en parte, al regadío modernizado constituye un aumento de oferta de agua (USO), permitiendo aumentar el CONSUMO.

En cambio, la eficiencia del regadío es la proporción que es capaz de captar y transpirar el cultivo (consumo) en relación con el agua aportada (fig. 2). Aumentar esta eficiencia mejorando la tecnología de aplicación del agua en parcela incrementa la capacidad de extracción del agua por el cultivo hacia la atmósfera. Un regadío más eficiente es un regadío más consumidor y más productor porque capitaliza el agua de los retornos de riego, que se pierden para las cuencas.

El "efecto rebote": evidencia de la paradoja de la eficiencia en las modernizaciones

Un aumento en la eficiencia del regadío produce un aumento del consumo de agua y una reducción de los retornos de riego, que son recursos de la cuenca, creando un déficit para las cuencas que se denomina “efecto rebote” y que acaba frustrando las expectativas de ahorro de agua. Hacerlo permite que los cultivos puedan captar mejor el agua durante más tiempo y conseguir una buena uniformidad del riego.  (“efecto rebote intrínseco”). Redundará en un aumento de la producción, pero no directamente en ahorro de agua para la cuenca. En la práctica, las modernizaciones se aprovecharon además para realizar más cambios que aumentan aún más el consumo de agua, como el incremento de la superficie regada, la atención a parcelas regables en precario o sin agua, las dobles o triples cosechas, el cambio a cultivos más productivos, el aumento de densidad de plantación y el cultivo de precisión (“efecto rebote de segundo nivel”). Contrarrestar el “efecto rebote” necesita una adecuada y estricta reducción del agua suministrada al regadío, que habría que determinar caso por caso mediante la contabilidad del agua comparada como veremos a continuación.

La buena gobernanza del agua en la moderización de regadíos

La ley de conservación de las masas enuncia que el balance de la contabilidad del agua en el regadío a la entrada y la salida debe ser neutro. A partir de aquí, se puede establecer el balance hídrico del regadío antes y después de las modernizaciones y hacer la comparación entre sus distintos componentes para cuantificar el efecto final sobre las cuencas tras la modernización.

Es bien sabido por las administraciones del regadío que el aumento de la eficiencia en la conducción y en el regadío permite “capitalizar” hacia el cultivo el agua “potencialmente ahorrada”, que ha sido rescatada para el regadío tanto de las fugas como de los retornos previos a la modernización. Estos dos efectos conjuntos crean un déficit en las cuencas hidrográficas que debe contrarrestarse con una adecuada reducción de dotación. Para ahorrar agua para la cuenca tras la modernización, el organismo de cuenca debe realizar una reducción de aportaciones al regadío que tiene que ser superior a la suma de del agua recuperada de las fugas y la reducción de retornos producidos por el aumento en la eficiencia de riego

Por otro lado, para evaluar el efecto sobre la cuenca hidrográfica de una determinada reducción aportaciones propuesta en un proyecto de modernización de regadío, se debe aplicar la siguiente medida de gobernanza del agua; algo a comprobar por el organismo de cuenca:

Entonces, si se consigue ahorro real para las cuencas (reducción de la presión por extracción de las cuencas) debe ser medido a través del índice WEI+ = (suministros – retornos)/recurso disponible), lo que supone realizar fuertes restricciones de agua al regadío modernizado, algo que por lo general no se ha hecho. Dependiendo del aumento de eficiencia y las dotaciones, se debería reducir entre el 40 y el 50% el suministro al regadío para evitar el “efecto rebote” y empezar a ahorrar agua para las cuencas.

El concepto equívoco de "ahorro de agua" en regadío

El efecto de ahorro o déficit que produce una modernización de regadíos en la cuenca solo se puede obtener al comparar los balances de masas antes y después de la modernización, en su fase de explotación. Sin embargo, las autoridades Agrarias (PEPAC) denominan “ahorro potencial” a la multiplicación del aumento de las eficiencias (conducción y regadío) por las aportaciones iniciales. Pero, como hemos visto, para que se produzca ahorro de agua real para las cuencas la reducción de suministro debe ser obligatoriamente superior a la reducción de retornos que produce un sistema de aplicación del agua más eficiente. Además, se ha considerado erróneamente que cualquier reducción en los suministros (USO) es un buen indicador del “ahorro efectivo” de agua para la cuenca, lo que es del todo incorrecto. Como hemos visto anteriormente, para conseguirlo hay que reducir los volúmenes de suministro más allá de la reducción de retornos producidos por la modernización. De no hacerse así se reducen los recursos disponibles y se aumenta  la presión por extracción sobre los embalses y masas de agua. 

A modo de conclusión

Por el momento, tras los sucesivos Planes de Modernización de Regadíos, ni en la Normativa de los Planes Hidrológicos de Demarcación vigentes o en preparación ni en la del PRTR (fondos “next generation”) se ha contemplado en su normativa que puedan existir déficits de cuenca derivados de los retornos “perdidos” por la modernización. Consideran que con el aumento de eficiencia se puede conseguir la misma productividad (mismo consumo) con menos cantidad de suministro (USO) de agua. Esta afirmación puede llegar a ser cierta, pero en la práctica se produce “efecto rebote” porque las Autoridades del agua no reducen el suministro (USO) lo suficiente como para impedir el incremento de consumo (de evapotranspiración) y así poder recuperar con antelación para la cuenca los retornos disminuidos tras la modernización.

Por la experiencia hasta ahora, se constata que conseguir ahorro de agua para las cuencas mediante modernización es bastante improbable. Cuando la modernización se destine a ahorrar agua y al mismo tiempo atender a objetivos sociales, la reducción de los suministros deberá diseñarse de forma que deba igualarse o disminuir la capacidad productiva del regadío (evapotranspiración). Esto se consigue únicamente en la práctica con una reducción estricta de caudales, en general cercana al 50% de las aportaciones brutas previas, que se destinarán a los usos y caudales circulantes de la cuenca hidrográfica. Es requisito para ello que los regantes se beneficien gratuitamente de la mejora de la calidad de vida y de la tecnificación y al tiempo se permita ahorrar realmente agua para las cuencas; aunque no quita el aumento de los nuevos costes energéticos de impulsión del agua. No obstante, esta posibilidad debe justificarse caso por caso, como excepciones demostradas al artículo 9 de la DMA, y asegurar su contribución a la mejora de las masas de agua según sus objetivos. Por el contrario, el resto de los proyectos de modernización que aumentan el CONSUMO de agua deberán ser sometidos a evaluación ambiental, demostrar que cumplen el principio DNSH y seguir el artículo 4.7 de la DMA para proyectos que afectan al estado de las masas de agua.

Redacción iAgua

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