Las funciones de la cuenca tocan desde la regulación climática, la fertilidad de los suelos, el almacenamiento de agua dulce y la calidad del aire, hasta la provisión de bienestar individual y social en forma de esparcimiento, recreación, referente cultural, estímulo estético o espiritual.
La cuenca se forma por un conjunto de superficies terrestres cuyas aguas fluyen hacia un mismo cuerpo. Un río, por ejemplo, o un lago.
Si lo pensamos, hablar de ciudad-cuenca sería más realista que el arquetipo citadino de una línea de edificios montado en planos de concreto, en donde las experiencias de naturaleza se quedan «afuera”: en el campo.
La ciudad permanece en su cuenca, aunque andar en coche sobre pavimento nos impida muchas veces estar conscientes de ello. Podemos percibir más claramente sus formas cuando a pie o en bicicleta andamos las pendientes que hay por toda la urbe o vemos el agua que escurre formar arroyos artificiales en las colonias altas e inundar las colonias bajas.
Solemos pensar al agua como el líquido del que dependemos para alimento e higiene y del que un porcentaje de la población carece. Típicamente representado por la llave que llena un vaso para el consumo humano. Una visión muy limitada para entender la realidad del agua en todo su ciclo.
Pensar al agua desde la cuenca puede darnos pistas para comprender mejor la crisis hídrica. El agua de la cuenca, en su interacción con vegetación y con suelo, conecta toda la cadena de procesos que desencadenan la vida. La producción de alimentos regados con agua, la regulación térmica que hace un microclima habitable, el equilibrio de ecosistemas que a su vez sostienen especies diversas, asegurando funciones de conectividad y transmisión de nutrientes. La infiltración del agua en el subsuelo que previene hundimientos y asegura abastecimiento para el futuro.
Al mismo tiempo, tales procesos se relacionan directamente con derechos humanos cuyas precondiciones resultan interdependientes. El derecho a la alimentación, a la salud, al agua, a la ciudad, o a un medio ambiente sano. ¿Cómo asegurar agua potable en cantidad y calidad suficiente sin los suelos donde naturalmente se recarga y almacena? ¿Cómo asegurar la soberanía alimentaria desde suelos erosionados? ¿Cómo conservar sin agua ecosistemas aptos para la vida animal y vegetal? Ni hablar de la salud ecológica y humana. El último año nos vino a dejar claro que son una sola y, por lo tanto, el deterioro una lo es de la otra.
Una ciudad que mira al agua desagregada en “múltiples problemas” (contaminación, escasez, cambio climático), que parecen inconexos y se discuten en foros separados, es una ciudad que ha olvidado que su problema de escasez provocada empezó en condiciones -todavía reversibles- de contaminación, agravadas por sobreexplotación, primero, e impermeabilización, después. Olvidando así, que el problema de fondo es la crisis en el manejo del agua desde un modelo que se resiste al cambio.
Abstraer el agua a un problema “de consumo” que se soluciona con más tubería, más volumen y más desagües, provoca incapacidad social para entender al agua como lo que es. Un tema de autocuidado y supervivencia.
El imaginario que reduce al agua a líquido entubado pierde de foco tanto los valores como los alcances diversos que ésta tiene. Mientras tanto, el descuido de una misma agua en todas sus formas sigue deteriorando progresivamente las bases para asegurar calidad de vida en toda la ciudad-cuenca.
