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Agua: sentimientos e instituciones

  • Agua: sentimientos e instituciones

Recientemente Iagua publicó un interesante artículo sobre la gestión de recursos hídricos: ¿Por qué se requieren instituciones para la gestión de recursos hídricos y agua? del consultor Axel Charles Dourojeanni Ricordi.[1] El autor postula que no es el agua la que requiere gestión, sino que se trata es de conciliar intereses de y entre seres humanos y de estos con los recursos hídricos, el agua y el ambiente en general.

Poco que objetar, aunque si algo que añadir y algo que matizar. Las instituciones relacionadas con el agua no aparecieron con el fin de atender a todos los fines que se señalan. Su función primera fue la de administrar el uso del agua, que en nuestro entorno era patrimonio real; y más tarde conciliar los distintos intereses, es decir evitar o gestionar los conflictos por el fluido vital del que han dependido muchas civilizaciones, cuya existencia acabó cuando se acabó el agua. Basta recordar el Tribunal de las Aguas de Valencia o contemplar el conflicto que se avecina entre Egipto y Etiopia por las aguas del Nilo.

Más allá de los intereses, existen las percepciones y los sentimientos. La importancia del agua es tal, que va más allá de su calidad de líquido vital. Muchas culturas se desarrollaron en base a una determinada percepción de su relación con el agua: ¿Cómo imaginar que las sociedades ignoraran el río que les daba pesca, que les permitía transportar personas y mercancías, que les amenazaba con inundaciones o, al revés, que con sus avenidas anuales fertilizaba sus campos?

Es difícil aclarar en qué punto las percepciones se convierten en sentimientos de identidad y producen la sensación de apropiación, es decir, de que el agua les pertenece. En realidad, la cultura es eso: lo que se considera costumbre y que se relaciona con nuestra forma de vivir. Para quien siempre vivió de la pesca, esa actividad es algo más que un trabajo, es una forma de estar en el mundo.

Las instituciones no sólo deben gestionar intereses, sino también sentimientos. Los grandes fracasos en las políticas de trasvase de agua entre cuencas no sólo se deben a una incorrecta gestión de los intereses en juego, sino de los sentimientos asociados. La sensación de ganancia de la cuenca receptora es muy grande y se mide estrictamente en términos económicos, pero la sensación de pérdida de la cuenca cedente se mide en parámetros más complejos a los que rara vez se ha atendido.

Que yo conozca, hubo un plan que trató de atender esa complejidad: el Plan de Obras Hidráulicas de Catalunya, elaborado en 1935 por la Generalitat. En él se planificaron trasvases entre cuencas catalanas para atender las crecientes necesidades de la Barcelona metropolitana y a la vez se planearon compensaciones muy claras a las cuencas cedentes de modo que el planteamiento se podía presentar como win win para todos los agentes.

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En junio de 1936 se debían efectuar los traspasos de competencias y presupuestarios pertinentes para poner manos a la obra, pero los acontecimientos que sucedieron fueron muy distintos.

Veintidós años más tarde se retomó la idea del trasvase de agua, pero mutilada –sólo se transvasó el río Ter-, opaca –sin información sobre el agua transvasada y la que circulaba por el río- y sin compensaciones claras para el territorio cedente.

En ese modelo se basó el transvase Tajo-Segura efectuado pocos años más tarde y en él debía basarse el trasvase del Ebro planeado por el ministro Silva Muñoz, que quedó finalmente abortado con la muerte del dictador.

Ciertamente, la eclosión de los problemas ambientales ha añadido nuevas dimensiones al agua. Hoy sabemos, no sólo de la escasez del agua, sino de los riesgos ambientales que supone su pérdida de calidad. Eso ha añadido argumentos a la necesidad de instituciones que regulen su uso eficiente, impongan limitaciones y condiciones económicas e impulsen el mejor conocimiento de los parámetros ambientales y tecnológicos.

A la vez, todos esos ámbitos han creado nuevas redes de intereses, ya sea en el mundo empresarial, en los departamentos universitarios que desarrollan investigaciones relacionadas, y en el universo que han creado movimientos ecologistas y medios de comunicación. En ese imaginario, junto a argumentos de carácter ambiental se suelen esgrimir, de forma paradójica, argumentos sanitarios no avalados por la autoridad sanitaria, pero de gran impacto comunicativo.

El gran reto de las instituciones hidráulicas es poner orden en ese batiburrillo de viejos y nuevos intereses, y gestionar sentimientos ofendidos que el tiempo según los casos, quizá encalleció.

Como afirma Dourojeanni, el diseño de la institucionalidad debe empezar por determinar los problemas a resolver y las metas a alcanzar en cada cuenca o región con visión de futuro, según escenarios a corto mediano y largo plazo, consensuados entre los actores involucrados, con el fin de que las decisiones permitan evitar o resolver los problemas y alcanzar las metas compartidas. Nadie dijo que encontrar el punto vaya a ser tarea fácil.

[1] iAgua, 3 de diciembre de 2020.

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