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Solemos confundir la realidad con los deseos. Después de una buena racha en lo personal o en lo profesional, lamentamos la bajada y la atribuimos a mala suerte o a las circunstancias desfavorables.

Así sucede con el agua y la lluvia. Cien años atrás se podía hablar de sequía porque apenas había pantanos. Tampoco había bombas para elevar aguas subálveas. Lo que se construyó para poder asegurar la disponibilidad de agua en épocas secas, llevó a crear más necesidad de agua, confundiendo la garantía con la disponibilidad permanente, y la disponibilidad con la necesidad.

Es como si al comprar un coche se confundiera la velocidad de crucero con la velocidad punta. Si siempre forzáramos para ir a la velocidad punta, multas aparte, no nos podríamos quejar de que el coche nos dejara tirados en poco tiempo. La punta de velocidad sirve a veces, para salir de un apuro, pero no para usarla siempre.

Más necesidad requiere de más garantía, y eso sólo se consigue con un mejor uso de aquel que está al alcance o con nuevos recursos, que siempre serán más costosos, es ley de vida.

En julio de 2020 el Instituto Nacional de Estadística publicó una nota sobre los usos del agua en el sector agrario en 2018. Ascendieron a 15.495 hectómetros cúbicos, con un aumento del 3,7% respecto a la registrada en la anterior encuesta, correspondiente a 2016. La técnica que mayor incremento mostraba era el goteo. Pero el riego por aspersión y por gravedad también aumentaron.

El 74,3% del volumen de agua disponible para el riego en el año 2018 fue de origen superficial. Por su parte, un 23,9% tuvo origen subterráneo y un 1,8% procedió de otros recursos hídricos, como agua desalada (marina o salobre) o regenerada (proveniente de las estaciones de depuración de aguas residuales).

Por otra parte, no es difícil ver los aspersores funcionando a pleno rendimiento en las horas de mayor calor, lo que provoca pérdidas añadidas de agua que se evapora antes de llegar a la planta. Lo que hacen esos agricultores es, más que regar, emplear agua en la creación de microclimas protectores. Me pregunto si las concesiones de agua amparan también ese uso.

¿Es legítimo secar Doñana para obtener más fresas? ¿O exportar forrajes obtenidos con agua subvencionada y barata a los países árabes?

Estamos en el límite de disponibilidad de un recurso estratégico para el país y urge un debate sobre los flujos de inversión y explotación asignados al agua y los límites de uso que vamos a necesitar para asegurar el futuro. El debate ya no se plantea tan solo en torno a los caudales ambientales sino al conjunto de usos del agua, sanitarios y económicos, su financiación y los estímulos o penalizaciones que se imponen en cada caso.

España se preparó para la crisis del gas y salvo lamentables casos aislados como es el de Catalunya, se está preparando para ser una potencia exportadora de energías renovables revertiendo en parte su condición de importador neto de energía. En materia de agua nos estamos quedando cortos. Se ha salvado a los puntos el debate ambiental -saneamiento y caudales ecológicos- pero seguimos con una agricultura que apenas acepta la realidad de la disponibilidad del agua y el respeto ambiental.

Las administraciones invierten en el Mar Menor para acallar el ruido, pero no se observan conductas de los actores que aseguren la gestión responsable del agua en el futuro. La próxima cita, será en Doñana.

El otro gran usuario de agua es la gran hidroeléctrica. Sus usos no son consuntivos, pero condicionan fuertemente todos los demás. Se ha hablado sobradamente de ello en especial a partir del fuerte incremento de los precios de la electricidad.

No es posible que la planificación hídrica sea creíble sin encajar esas dos cuestiones, pues en su regulación va, no sólo el sistema de prioridades ya reconocido por la ley, sino la garantía para el conjunto de los usos y la correcta asignación del dinero público. Es necesario revisar las condiciones concesionales para encajarlas en la realidad y sus límites.

En nuestras latitudes el agua siempre será escasa, y más con los cambios que nos vienen. Que a estas alturas sigamos hablando de sequía como cuando no había embalses, ni sistemas de bombeo, ni métodos de tratamiento y recuperación de aguas, es síntoma de que enfocamos el futuro como si no hubiéramos aprendido nada. O quizá es que hay quien confunde el lloro con el biberón, pues es bien sabido que el que no llora no mama.