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Traumas mediterráneos

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  • Traumas mediterráneos

El litoral mediterráneo es una maravilla que celebramos los que vivimos en él y los que lo visitan. El clima, la tierra, el mar, el paisaje, han sido causa de asentamientos humanos y de intercambios desde tiempo inmemorial. También de problemas, algunos de ellos traumáticos.

La lluvia es siempre escasa. No obstante, periódicamente y de forma aleatoria se ceba en algún punto con inusitada intensidad. Es difícil saber en qué medida se pueden mitigar las consecuencias de un gran aguacero como el que descargó en el sudeste español hace unos días –o el que descargó el año pasado en el nordeste de Mallorca o tantos otros con los que hay que contar desde el final de cada verano. Escribo desde una ciudad mediterránea que ha sufrido periódicamente la furia del agua -8 veces cada siglo- y que ha tenido la fortuna de no ser anegada desde hace 50 años. La memoria de las generaciones jóvenes no alcanza a recordar.

No recuerdan los jóvenes ciudadanos ni tampoco aquellos que alcanzan posiciones dirigentes en la sociedad. Ese problema se trata como algo del pasado y no se considera en el momento de tomar decisiones para hoy y para el futuro. Es más, la desmemoria comporta la pérdida de reflejos y la adopción de actitudes confiadas que en el pasado a nadie se le hubieran ocurrido.

Nuestra administración hidráulica hace tiempo que desclasificó la prioridad de las actuaciones para proteger la ciudad. Desde la doble distancia espacial y temporal, ese problema se vive como una obsesión de algunos trasnochados que no sintonizan con las prioridades de la sociedad. De esa manera, la desmemoria de la ciudad, aliada con la frivolidad administrativa, contempla lo que pasa en otros lugares como si no fuera con nosotros.

Apenas tengo duda de que el riesgo histórico de esos territorios está aumentando: hemos aprendido que la temperatura superficial del mar ha aumentado en más de un grado y que el patrón climático induce episodios de intensidad inusitada quizá con mayor frecuencia.

Los gravísimos acontecimientos ocurridos en Murcia, Alicante y Andalucía Oriental deberían producir una reacción intensa en todo nuestro litoral y zonas allegadas. Hay que lamentar las víctimas, pero también hay que evitar nuevas víctimas en el próximo episodio. Se trata de ayudar a rehacer la economía de las zonas afectadas, pero también de evitar o mitigar los efectos en próximas ocasiones, ocurran donde ocurran.

Evitar o mitigar supone medidas de todo tipo: desde las confederaciones, revisar los criterios de protección del territorio contra las avenidas. Ello requiere, seguro, obras de defensa; pero también la delimitación de los usos admisibles en los márgenes y cercanías de ríos y ramblas, y la exigencia de seguros de riesgo para determinadas actividades.

La activación de los protocolos de protección civil merecerá sin duda una revisión y mejora de aquellos aspectos que, sea con los avisos o con las medidas de auxilio, resulten mejorables.

Por otra parte, la intensa ocupación humana de la costa acarrea también problemas de contaminación del agua que requieren un tratamiento adecuado. Sobre esta cuestión hay un viejo debate entre los partidarios de emisarios y los de depuradoras.

En efecto, no hay duda de que una buena depuradora vierte el agua limpia al mar. A cambio de importantes inversiones y un gasto energético considerable, se resuelve el problema de la calidad del agua litoral.

No obstante, se sabe que el mediterráneo es un mar oligotrófico, es decir que tiene una productividad primaria escasa debido a la escasez de nutrientes. El recordado Ramon Margalef, maestro de generaciones de ecólogos, observó el comportamiento del mar entre Mallorca, el golfo de León y el litoral peninsular. El estudio de esas zonas, con un coeficiente Producción/Biomasa muy bajo, fueron la base de muchas de sus ideas.

Por este motivo, Margalef discutió la necesidad de construir depuradoras de aguas residuales en el litoral. Las consideraba una oportunidad perdida, pues los nutrientes de esas aguas podían paliar las carencias en el mar. Claro que había que evitar su acumulación en la primera línea de costa y aportarlos de forma que se facilitara su dispersión en las aguas.

Margalef sugería que la solución ideal podía ser la construcción de emisarios que fueran suficientemente lejos, quizá hasta el límite de la plataforma continental, lo cual respetaría la calidad de las aguas costeras y favorecería la dispersión de los nutrientes y la productividad del mar.

Esa idea chocó con las aspiraciones de muchos municipios turísticos, que deseaban poder mostrar sus depuradoras de aguas residuales como un elemento más de calidad de su catálogo de servicios que, por otra parte, formaba parte de su oferta y condicionaba su elección por determinados tour operadores que así lo publicitaban a sus clientes.

Más allá del debate científico ganó, cómo no, la batalla de la imagen. Y queda la duda de cómo sería nuestro mar con esos aportes, cual su riqueza biológica general y, ¿por qué no?, cual su potencial pesquero, hoy tan en declive.

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