Opinión
Luis Luján Cárdenas
La opinión deLuis Luján CárdenasSociólogo y Periodista, Magíster en Administración, especialista en Comunicación para el Ecodesarrollo, articulista en diversos medios escritos de Perú.
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Cuando dos nevados incas se enamoran (II)


Uno de los ancianos consejeros le recordó al jefe de los Huaylas que Huáscar era el mejor guerrero del ejército invasor y persona de confianza de Cápac Yupanqui; además, le había ordenado visitar Huilcahuani en son de paz y buena voluntad. No era momento de enojarlo. Debía sopesar bien la situación para no dañar las buenas relaciones con su líder proveniente del Cusco.

Entre tanto, Huáscar con mirada altiva observaba calladamente la deliberación del curaca con sus ancianos sacerdotes. Por momentos miraba a Huandy, que seguía sollozando desconsoladamente, mientras su madre impertérrita le miraba con gesto adusto, aunque su corazón se oprimía porque sabía que el señor de dHuaylas no les perdonaría su reprochable proceder atentando y faltánole su autoridad como jefe y como padre.

―Mi señor, perdóname mi falta. La culpa es mía, porque nunca debí fijarme en un hombre que no sea de nuestro ayllu (comunidad). ¡Máteme, si así lo desea!..¡Pero no le haga nada a él!… ¡El es inocente, mi Señor!…¡No debí nunca aceptarle fugarnos de la comunidad!…¡El es inocente!…¡Se lo suplico, padre mío!…

Huáscar seguía callado, fuertemente atados su cuello, manos y tobillos, sentado en el frio suelo de piedra, pensando en qué podía sucederle a su amada. Sabía que pronto arribaría Cápac Yupanqui y le salvaría de una severa condena por parte del curaca huaylino. Solo era cuestión de tiempo y se iría con Huandy para ser felices. Su corazón palpitaba. Serían inmensamente felices.

El señor de Huaylas meditó un momento más, salió fuera de palacio, respiró el aire fresco y límpido de la ciudad, alzó la mirada arrugando más su frente, pidió a los Apus (espíritus de la montaña) sabiduría y firmeza, sintió el calor de los rayos del sol en su rostro, la energía solar cargó sus venas y regresó a la reunión.

Miró a su hija, a Huáscar, a los ancianos consejeros y por último observó el rostro adusto de su esposa. Sintió que su alma empezaba a quebrarse, pero su corazón se endureció y su mente aclaró las ideas. Llamó a un grupo de sus guerreros.

―¡Llevadlos al pie de los Apus y atadlos por separado a un tronco clavado en el suelo! ¡Y dejadles allí, frente a frente hasta que mueran!

Huáscar gritó, forzó sus ataduras, rasgó la piel de sus muñecas

―¡Noooooo! ¡Mi señor Cápac Yupanqui nos liberará! ¡Huandy resiste! ¡Resiste por el amor que nos profesamos!

Huandi solo le miró, callada.

Huáscar y Huandy fueron conducidos por los guerreros fuera del pueblo, cruzaron el río, caminaron durante horas por escarpados caminos, treparon grandes rocas, el frío aumentaba progresivamente por la cercanía de los nevados y, por fin, llegaron a una pequeña meseta, donde el fiero guerrero y la bella doncella fueron separados a una distancia prudente en la que podían observar apenas sus ojos, atados a un tronco respectivamente, frente a frente, como lo había ordenado el curaca. Y luego los soldados se fueron, abandonándoles a su suerte.

Un gigantesco kuntur (cóndor) sobrevoló la escena, como una gran mancha negra que cortaba las blancas nubes. Los soldados sintieron temor, porque la inmensa ave era considerada mensajera de los dioses, el único ser que comunicaba el Hanan Pacha (mundo superior) con el Kay Pacha (mundo terrenal). Aceleraron sus pasos, mientras escuchaban los lamentos de Huandy que se confundían y perdía con el silbido agudo del viento de la puna.

Tal como estaba previsto, Cápac Yupanqui a las pocas horas ingresó con su ejército al pueblo de los Huaylas. El gran número de soldados hacía temblar la tierra y mover las piedras, mientras el temor de los pobladores aumentaba queriendo desaparecer sus cuerpos mientras abrazaban a sus niños y ancianos. El curaca y su corte con marcialidad y temple salieron a recibirles.

Luego de una reverencia entre los jefes, Cápac Yupanqui preguntó extrañado por la ausencia de su lugarteniente. Los ancianos consejeros agacharon la cabeza y solo permaneció erguida la del curaca. Nunca antes los comuneros habían presenciado tal seguridad, altivez y valentía en su líder, que no aparentaba su ancianidad y dolor por los últimos sucesos ocurridos en su ayllu. Parecía un gigante a pesar de su baja estatura.

―Vuestro guerrero está atado a un palo, al igual que mi hija, allá entre los Apus. Ambos violaron dos de nuestras más importantes enseñanzas que el dios Inti nos ha inculcado: ¡la confianza y el respeto! Vuestro soldado Huáscar raptó a mi hija y ambos intentaron huir, y por esa afrenta los he condenado a muerte. Es mi decisión.

La comunidad en pleno seguía con los ojos dirigidos a tierra, mientras el señor de Huaylas, esperaba la respuesta de Cápac Yupanqui. No le interesaba morir, pero sí le importaba el destino de su pueblo. Sintió en sus piernas el peso de sus setenta años, pero siguió erguido, mirando fijamente los ojos del alto militar cusqueño.

Cápac Yupanqui sintió que le habían abofeteado el rostro, le habían insultado, flagelado, lapidado, ensangrentado, nunca había sentido más vergüenza ajena, se sintió diminuto ante las palabras que penetraron como mach'aqway (serpientes) sus oídos. Un silencio total cubrió la escena.

―Señor de Huaylas me apenan sus palabras y dolor, y admiro su coraje y valentía por informarme este lamentable hecho. Con mucho respeto le expreso mi total acuerdo con su sabia decisión. A partir de hoy los Huaylas no serán un pueblo subyugado, sino todo lo contrario: aliados y hermanos del hijo del Dios Sol, Túpac Yupanqui, que mora en el Cusco como el señor de los cuatro Suyos.

Dichas estas palabras, ordenó a su ejército que ayudaran a los Huaylas extendiendo sus fronteras agrícolas, mejoraran sus canales de agua, ampliaran sus reservas de alimentos, enseñaran a la comunidad labores de hilado, confección de vestidos, sandalias, alfarería y les enseñaran todo lo relacionado a la cosmovisión inca. Finalmente, ordenó que se construyera un camino hacia el Cusco.

Meses después, Cápac Yupanqui continuó su ruta conquistadora por el Callejón de Huaylas. Y así convivieron ambas naciones en paz y amistad.

En las alturas, Huáscar y Huandy luchaban para liberarse de las amarras, pero sus esfuerzos eran infructuosos. El guerrero le pedía a la doncella paciencia porque vendrían a liberarlos, pero el tiempo pasaba y el frío arreciaba hasta los huesos. La noche se avecinaba y el viento hacía flotar la oscura cabellera de la hija del curaca. Su amado se desesperaba y no quitaban sus miradas, y su sufrimiento era mayor.

― ¡Resiste Huandy! ¡Ya llegarán por nosotros! ¡Resiiiiiiste, amor mío!

La sed y el frío iban minando sus fuerzas, especialmente de Huandy por su fragilidad y delicado ser. No soportó mucho. El hielo la mató, no sin antes escuchar en la oscuridad que le decían: “Munakuyki sunqullay, ¡Ama qunqawaychu! (amor, te quiero mucho, recuérdame siempre)

Dos días después, minada sus fuerzas y corpulencia, débil, sin la esperanza de un rescate por su gente, Huáscar miró el cuerpo inerte de Huandy, al cóndor, a los Apus, las nubes y el sol. Juró vengarse de los Huaylas y maldijo al Sapa Inca. Segundos después, las sombras penetraron sus ojos, el corazón y su alma.

Habían llorado tanto que sus lágrimas se escurrieron entre las piedras, descendieron por la ladera en riachuelos, mojaron la tierra y formaron dos lagunas: Chinancocha (laguna hembra), y Orconcocha (laguna macho), ambas de aguas cristalinas y turquesas, pero con la diferencia que en la primera habitan calmos patos silvestres, rodeados de queñuales y totora; mientras que en la segunda, originada por las lágrimas de Huáscar, viven aves agresivas y no es visitada por los turistas. Ambas pertenecen al Parque Natural de Huascarán.

El dios Inti había escuchado los lamentos y quejidos de la pareja de enamorados, y fue testigo del inmenso amor que se profesaron al pie del río Santa, contempló sus miradas que atravesaban como flechas candentes sus almas, observó su huida con los corazones palpitando aceleradamente y lo fuerte que se tomaron las manos cuando fueron hallados por las fuerzas del curaca.

Pensó que un amor así debía de continuar con sus protagonistas vivos en los Andes. Ordenó entonces a las lluvias, rayos, truenos, nieve y granizo que cayeran incesante en el territorio de los Huaylas, como una forma de desacuerdo al negar un amor puro que calificaron como delito.

Días y días transcurrió la tempestad, cuya inmensidad cubrió los cuerpos atados en las estacas hasta formarse dos grandes nevados: el Huascarán de 6,757 metros de altura, el nevado tropical más elevado del mundo, y el Huandoy, tercero en su tipo, con 6,560 metros en la Cordillera Blanca de los Andes peruanos.

Pero la leyenda no concluyó aquí. Los Apus en 1962 hicieron eco la venganza de Huáscar. Un enorme trozo de hielo, nieve y rocas se deslizó del Huascarán a más de 120 kilómetros por hora y arrasó el otrora territorio de los Huaylas, los pueblos de Ranrahirca, Shacsha, Huarascucho, Yanama Chico, Matacoto, Chuquibamba, Caya, Encayor, Armapampa y Uchucoto, pereciendo cerca de tres mil personas.

Y, luego la furia de los dioses volvió en 1970. Como consecuencia de un terrible terremoto, en el norte del Perú, una parte del Huascarán se desprendió originando una gigantesca avalancha que sepultó a más de 25 mil habitantes de los pueblos de Yungay y Ranrahirca.

FIN.