Inundaciones y sequías: el Pecado Original de la hidrología mediterránea

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  • Inundaciones y sequías: Pecado Original hidrología mediterránea

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Máximo Florín Beltrán
ecología, restauración y gestión de ecosistemas acuáticos, lagunas salinas, llanuras de inundación, producción primaria, humedales mediterráneos, creación de humedales artificiales, ríos, bonales, tapetes microbianos, embalses, especies invasoras
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La Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) acaba de presentar un interesante glosario sobre crecidas fluviales. Hay que dar la bienvenida a llamar a las cosas por su nombre, especialmente cuando se trata de procesos que, como las crecidas fluviales, se prestan fácilmente a demagogia e imprecisiones. Es digno de reconocimiento el esfuerzo de la CHE por poner a disposición de la ciudadanía esta y otras informaciones desde hace muchos años, aunque hay que recordar que esta práctica debe ser la norma, y no la excepción, porque si se ha obtenido con financiación pública, debe ponerse obligatoriamente a disposición de todos.

Los anuarios de aforos del franquismo introducían la fría serie de datos que constituía la mayor parte del grueso de cada volumen con un prólogo de cierto nivel literario, que hacía referencia a la perversa meteorología del correspondiente ciclo hidrológico. Este juicio de valor se fundamentaba alternativamente en la pertinaz sequía o las catastróficas inundaciones. Dicho de otra manera, en España llovía poco y mal. Excusándose en ello más incluso que en las verdaderas razones, por ejemplo la bajísima productividad agraria y las deficiencias energéticas y de abastecimiento de agua, se fueron canalizando ríos y construyendo presas y hasta trasvases, a la vez que se acuñaba la mayor superchería hidrológica de la historia de nuestro país, como es la división territorial entre cuencas deficitarias y cuencas excedentarias de agua.

Más allá de esta divergencia terminológica no hay tanto contraste entre el siglo XX y el siglo XXI, ya que la base científico-técnica para el tratamiento de las crecidas ha permanecido invariable desde hace más de medio siglo, y no sólo en el ámbito de la cuenca del Ebro. Así, la estimación del riesgo de crecidas y, por lo tanto, el diseño y gestión de obras de defensa frente a inundaciones se basan sobre todo en la modelización probabilística de precipitaciones extremas, que desde 1941 utiliza mayoritariamente la distribución de Gumbel. Este modelo venía a paliar la parquedad de datos de aforos y su escasa fiabilidad por aquél entonces, problemas ambos en vías de solución hoy en día, cuando no perfectamente resueltos. Por otro lado, el propio Gumbel advirtió que la validez de su modelo depende de una cuádruple asunción: que no hayan ocurrido cambios climáticos sistemáticos ni cambios importantes en la cuenca hidrográfica, ni en el periodo cuyas observaciones sirven para la simulación, ni en el periodo para el cual se hace la predicción hidrológica. Ni que decir tiene que esta cuádruple asunción no se cumple casi nunca.

Por ejemplo, las crecidas del año hidrológico 2014-2015 en la cuenca del Ebro fueron menos intensas que las registradas unos cincuenta años atrás, pero causaron más daños debido a la canalización fluvial y a la ocupación de las llanuras de inundación por infraestructuras, urbanización, etc. En cuanto al cambio climático, las históricas inundaciones del Rhin a finales del siglo XX se relacionan con un deshielo tan temprano que coincidió con la estación de lluvias, aunque no es posible descartar la influencia de la homogeneización de los usos del suelo en la cuenca alta del Rhin, que habría ocasionado una sincronización de los picos de crecida de sus afluentes.

A pesar de estos flagrantes incumplimientos, el método de Gumbel y otros análogos se siguen utilizando y aceptando, no tanto por sus propios méritos, sino por la sencilla razón de que es el estándar convenido y descarga la responsabilidad civil de tomar decisiones importantes sobre el grado de riesgo o protección. Con todo, se han sucedido críticas más o menos feroces contra el modelo de Gumbel y se han propuesto numerosas modificaciones y alternativas, aunque nuestra capacidad predictiva sigue sin mejorar significativamente.

Ello es así porque el énfasis principal del análisis estocástico de procesos hidrológicos se ha hecho en el ajuste de varios modelos matemáticos preconcebidos a datos empíricos, en lugar de llegar a un modelo apropiado que explique la naturaleza física del proceso en sí mismo. Los datos empíricos que representan un evento hidrológico son tratados como una colección de números abstractos que podrían representar cualquier cosa o ninguna en absoluto. Su aroma hidrológico, la sustancia física que hace, por ejemplo, de un registro de precipitaciones una entidad completamente distinta de, digamos, un registro de las fluctuaciones del mercado de valores, no se refleja en el análisis. De esta manera, lo que usualmente encontramos no es, de hecho, hidrología estadística o estocástica, sino una mera ilustración de conceptos estadísticos y probabilísticos mediante datos hidrológicos.

Semejante enfoque difícilmente puede contribuir al conocimiento hidrológico. Para intentar mejorar esta situación, la principal cuestión a abordar es encontrar la manera en que puedan introducirse en el análisis las propiedades físicas de un fenómeno.

Así, analizando series de datos de caudales cada 15 minutos procedentes de una nutrida red de estaciones de aforo del Gewässerkundlicher Dienst Bayern en los ríos Amper y Vils, afluentes del Danubio por su margen derecha, durante más décadas de las necesarias para caracterizar un clima, Florín et al. (2014) (DOI 10.13140/2.1.4559.0725) obtuvimos resultados muy reveladores. En primer lugar, la frecuencia de las crecidas fluviales cuya periodicidad es estadísticamente significativa es mayor que la estimada con la metodología estándar utilizada para el cálculo de los periodos de retorno a todas las escalas de tiempo. Por otro lado, más del 56 % de dichas crecidas se asocia con un único tipo de tiempo o “Großwetterlage” en particular, lo cual se aplica también a las crecidas que superan el triple del caudal medio anual. Además, los “Großwetterlage” asociados a las crecidas lo hacen específicamente a una escala de tiempo cada uno (estacional, anual, bianual o plurianual).

En España empezamos a contar con series temporales de aforos suficientemente largas, continuas y alta resolución de tiempo. Además, se ha hecho un notable esfuerzo en mejorar su fiabilidad, por ejemplo, contrastando los datos con el análisis de las curvas de gasto. Con todo, es necesario contar con una red más tupida de estaciones de aforo, y muchos tramos fluviales importantes son de carácter temporal. Por ello, Gumbel y análogos seguirán siendo necesarios en dichos casos, pero inadmisibles cuando la información sea adecuada. Será necesario un mayor esfuerzo para estandarizar y aplicar protocolos técnicos de identificación de crecidas a partir de datos de aforos, y su transposición normativa, así como identificar la vinculación entre las crecidas cuya periodicidad es estadísticamente significativa y los escenarios meteorológicos que específicamente las provocan.

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