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El viaje del agua por las Arcas Reales

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Sobre el blog

Mónica Fernández Aceytuno
Premio Nacional de Medio Ambiente “Félix Rodríguez de la Fuente de Conservación de la Naturaleza” y columnista de ABC. Es fundadora y editora del portal de la Naturaleza Aceytuno.com.
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Que el agua viaja, ya lo cuentan los ríos, con su murmullo sin descanso.

Nosotros, no somos tan constantes y a veces olvidamos, envueltos en la niebla del silencio, lo que un día se hizo para llevar el agua a las ciudades.

Entre finales del siglo XVI y principios del XVII se abasteció de agua de manera constante a la ciudad de Valladolid gracias a una gran obra de ingeniería hidráulica construida para animar al agua a emprender un camino, desde los manantiales a las fuentes urbanas, que se bautizó como “viaje de aguas de Argales”, dotando ya desde el principio de poesía al proyecto, de literatura a la obra de ingeniería.

Se emprende ahora el viaje de vuelta, desde la literatura al agua, siguiendo las palabras escritas por Miguel Delibes y algunas de las especies nombradas por él en sus libros para plantarlas como las letras de una hermosa caligrafía a la que le salieran hojas, ramas, flores, frutos, construyendo un camino que ponga de relieve de nuevo la arquitectura de las Arcas Reales, que fueron verdaderas posadas para el descanso del agua en su viaje.

Se decidió que el agua tenía algo de reino y además de la comisión de ingenieros merecía el arte de Juan de Herrera, arquitecto de Felipe II, para dirigir la construcción de las 32 Arcas Reales, algunas, curiosamente, con delfines tallados en la piedra, casi todas con planta cuadrangular, cubierta piramidal o a dos aguas, y una ventana orientada al norte para que el agua pudiera respirar y refrescarse, mientras se corregían los desniveles y se liberaba al agua de esas impurezas que conlleva todo camino.

Quien pasa, aún siendo agua, se lleva siempre una parte de lo que queda a su espalda.

Todavía recuerdo una entrevista que hice para la radio a Miguel Delibes, y la frase que llevo aún hoy conmigo…“sin los robles, nos moriríamos”.

Él amaba así la Naturaleza, con pasión vital, que contenía al escribirla como para que no se le fuera toda el agua de la literatura por las manos y cada palabra suya era recia como la vegetación vallisoletana, y a la vez aromática y verdadera.

Pienso ahora cuánto le gustaría a Miguel Delibes este proyecto de las Arcas Reales por el que se han plantado 1.010 plantas autóctonas de 20 especies distintas, nombradas por él en sus libros para que nos conduzcan, por el paseo vegetal creado, hacia esas obras de ingeniería con voluntad artística que son las Arcas Reales.

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