El recurso hidroeléctrico en Latinoamérica (II)

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Sobre el blog

Rubén Eguíluz
Ingeniero de Caminos Canales y Puertos, Especialidad Hidráulica y Medio Ambiente. Actualmente trabajo para Hidraes, empresa dedicada a la energía hidroeléctrica (y fotovoltaica) con importantes realizaciones en España y Latam.
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Terminábamos el artículo anterior (aquí el link) diciendo que la principal razón por la que Latinoamérica no aprovecha su generoso recurso hidroeléctrico con tanta intensidad como la capacidad y la circunstancia merecen son las políticas dubitativas.

Volvamos de nuevo a caer sobre el diagrama de la región, esta vez con los porcentajes concretos colocados:

De forma casi unánime, prácticamente en cualquier lugar del escalafón, todo servidor público de cualquier país de Latinoamérica señalará que se está apostando o tratando de apostar o se desea empezar a apostar por las energías renovables. En otros lugares, donde la hidroeléctrica está más desarrollada se matiza un poco más diciendo lo mismo acerca de las “energías renovables no convencionales” (ERNC), que en esta ocasión excluyen curiosamente las grandes centrales hidroeléctricas, pero sí incluyen proyectos minihidro (considerando estos, según sea el país, de hasta 10 MW o de hasta 20 MW).

Si existen vastos recursos y voluntad generalizada, y yo creo que en verdad es una voluntad muy sincera… ¿por qué en Ecuador solo el 44% de su electricidad tiene origen hidro? ¿Y el 33% en Chile? ¿Y el 30% en Bolivia? ¿Y el 10% en Nicaragua? ¿Y un testimonial 1% en Cuba?

Las causas son múltiples, y en cada país se repiten y combinan con diferentes matices y deliciosas peculiaridades. Como decía Tolstoi en su Ana Karenina, si bien todas las familias felices son felices de maneras parecidas, en cambio las infelices lo son cada una a su modo.

Los principales grupos de causas que dificultan el avance hidro en la región son las siguientes cinco, que ilustraré con algún ejemplo en lo posible:

Uno. La prisa. Un proyecto hidroeléctrico desde que se concibe hasta que se ejecuta y entra en producción precisa no menos de cuatro años. Si es grande, incluso ocho años es un plazo razonable. Con los crecimientos medios del PIB que vienen experimentado algunos países de Latinoamérica (Panamá 8%, Perú 5.5%, Chile 5%...), que también implican crecimientos similares en demanda de electricidad, se han acabado imponiendo soluciones más inmediatas. Una central térmica de carbón puede ejecutarse y entrar en producción en un plazo de dos años. Es sucia: sí ; genera dependencia: sí ; pero es rápida: sí. Así ha ocurrido recientemente en Panamá, cuyas concesiones hidroeléctricas avanzan a paso lento y se ve obligada a licitar 700 MW en térmica carbonera, y de forma más bien urgente: aquí el link

Dos. Mercados cerrados. Mientras algunos países se han abierto totalmente a la inversión privada en generación de electricidad, lo cual ha atraído a numerosos inversores hidro (Guatemala, Panamá, Chile) y otros están mudando hacia sistemas parecidos (México, Perú), otros países siguen manteniendo un sistema muy intervenido, llegando al monopolio de generación o, como mucho, a la concesión con cuentagotas. Puesto que en general la inversión privada es más ágil, rápida y precisa que la inversión pública, los países más cerrados están viendo cómo su matriz energética se anquilosa en el pasado, siendo dependiente del petróleo, como ocurre en gran parte de los países caribeños.

Tres. Subsidios. Algunos países productores de recursos fósiles (sobre todo petróleo o gas) mantienen un delicado equilibrio entre el cambio de matriz energética que precisan y el sostenimiento de industrias de gran relevancia nacional, a menudo públicas o con una capacidad de lobby difícil de resistir. Así, países como Bolivia subsidia su propio gas para la producción de electricidad, lo que provoca que difícilmente se encuentre rentabilidad en proyectos hidroeléctricos que han de competir con tarifas bonificadas fijadas en despachos y no en la realidad. En las laderas que rodean la ciudad de La Paz está la pequeña central de Achachicala, abandonada. Todo está construido y tan solo sería preciso reemplazar turbina y tubería. Pero las cuentas no dan ni para eso: así que, a la fecha, sigue abandonada.

IMAGEN: Tubería de CH Achachicala en La Paz, Bolivia, con una magnífica vista desde más de 4000 metros

Cuatro. Evaluación ambiental. Si bien el impacto ambiental global de una hidroeléctrica es generalmente positivo, es posible que tenga un impacto ambiental local negativo (o que se perciba como negativo). Esto se une a que la mayor parte de los países de Latinoamérica han desarrollado una tupida y muy completa legislación ambiental, y a que los valores ambientales de la región son despampanantes. Así, inevitablemente, en grandes partes de Latinoamérica se han generado brotes de “ecohisteria” (por lo general injustificados a ojos de un gestor ambiental serio) que han conducido a la paralización de proyectos muy positivos y con un impacto ambiental real bastante mitigado. Como ejemplo, en Chile (donde el nuevo gobierno decidió paralizar como declaración de intenciones el proyecto Hidro Aysén, un gigante de 2.750 MW), la tramitación ambiental se ha ido complicando con los años. Un proyecto con el que estuve relacionado en el pasado, CH Añihuerraqui, pequeño, de tan solo 9 MW, sin embalse, que ocuparía una quebrada olvidada y sin uso y con un impacto ambiental muy contenido lleva atravesando un tortuoso trámite que pronto cumplirá tres años y que ha generado, hasta hoy, 191 documentos. Véase el expediente en la página del SEIA Chile

Cinco. Conflictos sociales. En la mayor parte de los países de Latinoamérica, con más intensidad en aquellos que tienen un porcentaje de población indígena mayor, los proyectos hidroeléctricos tienden a ser vistos como una gran inversión “del exterior”, que limita el acceso a la población local a “su” tierra y que no deja ningún beneficio sustancial a las comunidades locales. A esto se une que muchos políticos locales acomodaticios pueden encontrar en estas posturas grandes caladeros de voto, lo que lo retroalimenta. Este tipo de posturas lo que realmente enmascaran es una fuerte insatisfacción general, no con la hidroeléctrica, sino con la calidad y el nivel de vida en la región, y que no encuentra otros foros en los que manifestar su descontento que tengan mayor eco. Como ejemplo, algunos proyectos rentables, legales y francamente beneficiosos han sido retrasados en Guatemala en pro de un apaciguamiento tras haberse vivido disturbios y todo tipo de altercados (una noticia en prensa bastante significativa)

Estas cinco causas son crónicas. Unas predominan más en unos países, otras en otros, pero su influencia en la limitación del desarrollo de la hidroeléctrica y en la perpetuación de un “modelo fósil”, es capital.

De algunas soluciones trataremos de hablar en la siguiente entrega.

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