Hace unas semanas escribí un artículo titulado ‘El coronavirus derrumba los ODS como un castillo de naipes’, donde sostengo que la pandemia del coronavirus nos obliga a replantear los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), girando la política mundial ―especialmente en lo que concierne a los países pobres y en vías de desarrollo― hacia cuatro objetivos vitales, inmediatos e ineludibles: agua y saneamiento, alimentación, salud y trabajo. Los demás ODS pasan a un segundo plano, para 1.300 millones de pobres que habitan un mundo que pareciera que no es de todos, sino solo de unos pocos, por la injusticia y desigualdad social existente.
Los pobres ―y los que alguna vez lo fuimos― sabemos que lo primero es el agua y los alimentos, necesitamos fuerzas y buena salud para levantarnos temprano por la mañana, caminar y buscar trabajo. Mal alimentados y sedientos, débiles y bajos en defensa, estamos a expensas de cualquier enfermedad e incluso perder la vida, dejando en el desamparo a la familia. Y el círculo vicioso continuará inexorablemente si no logramos un empleo digno con una remuneración justa. Con un trabajo cubriremos las otras necesidades: vivienda, luz, educación, vestido, recreación, etc. Lo primero es lo primero.
Los 17 ODS al 2030 son una quimera en las actuales condiciones de crisis global, donde la economía planetaria tambalea en números rojos y la cantidad de pobres se incrementa día a día exponencialmente. La prevención de una desgracia mundial como la que vivimos no estaba considerada en los planes de las Naciones Unidas, ni de los países desarrollados o las grandes corporaciones, por nadie.
Si una pandemia nos ha dejado maltrechos, con millones de muertes, es de imaginar cómo sería con otro virus más agresivo y mortal o la escasez del agua o la contaminación del aire o una terrible plaga que devaste la agricultura o un mayor calentamiento de la Tierra o una tercera guerra mundial. Estamos jugando con fuego nuestro destino como humanidad.
Entonces, cuál es el problema principal: ¿el mal planeamiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible? o ¿la anquilosada organización de las Naciones Unidas? ¿o quizás el sistema neoliberal que domina el mundo?. Creo que de todo un poco.
Las Naciones Unidas debe emprender una reingeniería luego de 75 años de existencia, dado que su autoridad, operatividad, financiamiento, gobernanza y credibilidad ha sido progresivamente socavada e influenciada por la pugna de poderes o desinterés de los países desarrollados, como un barco a la deriva en una tempestad política y económica que nunca le ha permitido llegar al buen puerto de las naciones pobres y más necesitadas. O acaso está esperando un siglo para cumplir sus loables objetivos.
El multilateralismo, la diplomacia para la paz y la seguridad, los programas sociales, el empoderamiento político, la resolución de conflictos, el desarme, la cooperación internacional y la solidaridad, los derechos fundamentales de la persona, la resiliencia climática, el bienestar general, entre otros importantes temas, necesitan de una organización moderna, democrática y empoderada, cuyas decisiones sean cumplidas y respetadas por todas las naciones.
Es momento de reflexionar y actuar, y lo países pobres y en vías de desarrollo somos mayoría.
