Las lluvias de las últimas semanas han traído alivio a muchas cuencas y han devuelto optimismo a territorios que venían encadenando años de escasez. Embalses recuperándose, acuíferos respirando y titulares que parecen invitar a pensar que el problema del agua, al menos por ahora, está bajo control.
Sin embargo, la experiencia y la sabiduría popular nos recuerda que en materia hídrica no conviene bajar la guardia. “Después de grandes mojadas, vienen grandes secadas”, dice uno de esos refranes que resumen en pocas palabras una realidad bien conocida en nuestro país: alternamos periodos de abundancia con episodios de sequía cada vez más intensos y frecuentes. El cambio climático no hace sino acentuar esa irregularidad, obligándonos a gestionar no solo la escasez, sino también la incertidumbre.
Precisamente por eso, cuando llueve es cuando mejor se planifica. España ha demostrado a lo largo de las últimas décadas una notable capacidad para desarrollar infraestructuras hidráulicas y tecnologías punteras en el ciclo integral del agua. Pero los retos actuales exigen ir un paso más allá. No podemos permitirnos actuar únicamente cuando la emergencia está sobre la mesa. Las decisiones estratégicas deben tomarse en los momentos de calma, porque las obras y las inversiones estructurales no se improvisan: desde que se planifican hasta que entran en funcionamiento pasan varios años, a veces demasiados, y cuando el tiempo urge, no ayuda a pensar con claridad.
Ese horizonte temporal convierte el presente en una ventana de oportunidad. Ahora es el momento de impulsar proyectos que refuercen la resiliencia hídrica del país, anticipándonos a los próximos periodos secos que, seguro, volverán a llegar.
Desde AEDyR insistimos en la necesidad de avanzar en una gestión basada en la diversificación de recursos, lo que denominamos “mix inteligente de recursos”. La desalación y la reutilización no son soluciones coyunturales, sino pilares estructurales y complementarios que aportan seguridad, estabilidad y autonomía frente a la variabilidad climática. Integradas de forma adecuada en la planificación hidrológica, permiten reducir la presión sobre los recursos naturales y garantizar suministros para abastecimiento urbano, agricultura e industria incluso en escenarios adversos. Invertir en estas tecnologías es invertir en el futuro; es una inversión de país. Es apostar por sistemas más flexibles, por redes mejor interconectadas, por instalaciones eficientes energéticamente y por una gobernanza del agua que combine visión a largo plazo con rigor técnico. También es generar actividad económica, empleo cualificado y seguir consolidando el liderazgo tecnológico en un ámbito en el que España y sus empresas ya son referencia internacional.
Las lluvias son una muy buena noticia. Pero no deben hacernos olvidar que la gestión del agua es una carrera de fondo, no un sprint marcado por la meteorología del momento. Si algo nos enseñan los ciclos pasados es que la previsión siempre resulta más rentable que la reacción tardía. Hoy, con los embalses recuperándose y la urgencia mediática en pausa, tenemos la responsabilidad de mirar más allá del corto plazo.
Planificar, invertir y construir ahora es la mejor garantía para que, cuando vuelvan las sequías, el país esté preparado. Un recurso planificado es un recurso garantizado, y no al revés. Porque en agua, como en tantas otras cosas, la prudencia no consiste en esperar a que escampe… sino en aprovechar la lluvia para reforzar los cimientos de nuestro país.