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La Cultura del Agua

  • Cultura Agua

El uso del agua es cultural. La adaptación al medio ha ido decantando las formas en que utilizamos los recursos disponibles para obtener los mejores resultados. Así ha sucedido con el agua, siempre y en todas partes. Donde la hay en abundancia no se le da más importancia, y donde escasea se la considera un bien precioso.

La agricultura -es decir, las formas en que se obtienen recursos vegetales mediante el desarrollo técnico de determinadas especies- tiene especial dependencia del agua, puesto que la necesita en abundancia para esas labores. Me atrevería a decir que el agua es factor más crítico que la tierra, puesto que hay agricultura que no necesita tierra, pero no es posible una agricultura sin agua.

La necesidad ha llevado a la humanidad a cultivar en todo tipo de terrenos, más productivos o menos. Y aunque en muchos de ellos la producción depende de la lluvia, los grupos humanos que han podido se han establecido en las proximidades del agua dulce para asegurar su disponibilidad. Y es que la productividad del regadío multiplica por mucho la del secano.

Por ello, las culturas más prósperas desarrollaron potentes sistemas de irrigación de tierras alejadas de los márgenes fluviales mediante la construcción de azudes, canales y acequias. La idea es sencilla: se trata de definir la línea de mínima pendiente que permite alejar el agua del curso fluvial y abrazar la máxima superficie antes de su retorno. Esa superficie, en cotas superiores a las del río e inferiores a la del canal, recibirá el agua rodada sin más problema técnico. Y con mejor garantía frente a posibles inundaciones.

La técnica complementaria ha sido y es la elevación del agua, ya sea mediante norias o por la aportación de energía animal o mecánica.

En materia hidráulica no se conoce la garantía del 100%. La disponibilidad de agua depende, en primer lugar, de que la haya; y en segundo, de que todos los elementos necesarios para su disponibilidad funcionen correctamente.

La garantía se mide en términos de disponibilidad. Técnicamente, se puede decir que garantía es el concepto antisimétrico de riesgo, que a su vez se mide por el producto de la probabilidad de que suceda un determinado acontecimiento y las consecuencias que de él se deriven, cuantitativamente medidas (en dinero, en muertes u otro concepto significativo y cuantificable).

Lógicamente, a mayor garantía menor riesgo. Pero la evaluación de la garantía es compleja. Las garantías asociadas a la disponibilidad de agua son de diversa índole:

  • Garantía de cantidad. Se refiere a la disponibilidad de la dotación asignada.
  • Garantía de calidad: se refiere a las especificaciones técnicas en función del uso a que se vaya a destinar.
  • Garantía de servicio: se refiere a los elementos técnicos necesarios para la disponibilidad del agua en el lugar y momento adecuado. Incluye elementos de diversa naturaleza como la redundancia de equipos críticos o la organización en el reparto de las asignaciones entre los usuarios.

Cada uno de esos aspectos de la garantía tiene elementos culturales que relativizan los conceptos y en consecuencia permiten modificar los resultados prácticos.

  • Respecto a la cantidad, qué duda cabe que las técnicas de irrigación por goteo han permitido mejorar la productividad del agua respecto a la práctica de la inundación. Así, disponiendo de la misma cantidad de agua, la garantía es mejor si se riega por goteo, pues el consumo unitario es menor (o, si se quiere, la productividad del factor agua es mayor).
  • Respecto a la calidad, la costumbre ha sido regar con aguas superficiales o subterráneas, sea cual fuera su calidad. Pero la salinización de algunos acuíferos ha obligado al tratamiento de esa agua para poderla aprovechar. Análogamente, se ha observado una resistencia cultural al aprovechamiento de aguas residuales depuradas que en muchas zonas se está venciendo gracias a una mezcla de necesidad y de trabajo explicativo por parte de estudiosos y administraciones hidráulicas.
  • Respecto al servicio, además de los criterios organizativos internos de cada comunidad de regantes, hay que señalar la persistencia de técnicas arcaicas en amplias zonas en las que no se efectúa el contaje del agua empleada, sino que el agua se asigna en función de criterios indirectos, y el regante paga en euros por hectárea o euros por hora.

En cualquier caso, el coste del factor productivo es determinante para su forma de uso. Y si el recurso es escaso, la ausencia de señal económica suficiente resulta doblemente absurda, pues, por una parte, se trasladan costes indebidos a la sociedad y por otra el sector se confía y no toma las medidas adecuadas.

Recientemente, la prensa ha mostrado imágenes de la inundación de un campo de frutales en el ámbito del Canal d’Urgell, en Lleida. Con ello se busca asegurar la supervivencia de los árboles en un año en el que la cosecha de frutos será previsiblemente escasa. No pude evitar pensar que con esa agua y un riego eficiente, no solo se hubieran salvado los árboles, sino toda la cosecha.