Las inundaciones, que muchas veces se perciben como tragedias de corta duración, tienen un impacto mucho más profundo y prolongado del que hasta ahora se había calculado. No sólo arrasan con viviendas y caminos: también socavan la salud humana de manera silenciosa y persistente. Así lo demuestra un estudio científico sin precedentes, publicado por la revista Nature Water, que analizó más de 300 millones de registros hospitalarios en ocho países y territorios, abarcando dos décadas completas. Lejos de limitarse a los días en que las aguas alcanzan su nivel más alto, los efectos sobre la salud pueden prolongarse hasta por 210 días. Siete meses en los que aumentan significativamente los ingresos hospitalarios por enfermedades que van desde lo cardiovascular hasta lo mental, pasando por el cáncer, la diabetes y las infecciones. El análisis, que cubre el periodo 2000–2019, mostró que el riesgo de hospitalización por causas generales se incrementa un 26% en los meses posteriores a una inundación Este estudio global, liderado por investigadores de la Universidad de Monash en Australia, se propuso investigar una pregunta sencilla, pero de enormes implicancias: ¿qué ocurre con la salud de las personas después de que se retiran las aguas? La respuesta, respaldada por datos de 747 comunidades en Australia, Brasil, Canadá, Chile, Nueva Zelanda, Taiwán, Tailandia y Vietnam, es tan inquietante como clara: las inundaciones enferman, y no sólo por sus causas inmediatas. La atención médica se vuelve inaccesible tras el desastre El análisis, que cubre el periodo 2000–2019, mostró que el riesgo de hospitalización por causas generales se incrementa un 26% en los meses posteriores a una inundación. Pero ese número se queda corto cuando se examinan afecciones específicas. La diabetes, por ejemplo, registró un aumento del 61% en hospitalizaciones. Las enfermedades renales, un 40%; las respiratorias y cardiovasculares, alrededor del 30%. Incluso el cáncer mostró un incremento del 34%. Aunque pueda parecer un hallazgo técnico, estas cifras son el rostro estadístico de una crisis humana. Lo que el estudio retrata es la cadena de consecuencias que una inundación desencadena mucho después del titular de prensa. La interrupción del acceso a la atención médica, la escasez de medicación, la exposición a ambientes insalubres y la precariedad en los refugios temporales forman un caldo de cultivo perfecto para el deterioro físico y emocional de la población. Las comunidades más afectadas por estos efectos sanitarios no siempre son las que uno podría esperar. En contra de la intuición, el estudio reveló que los mayores incrementos en hospitalizaciones no se daban necesariamente en los lugares con menor nivel socioeconómico. En varios casos, las comunidades con mejor acceso a servicios de salud registraron más ingresos hospitalarios, probablemente porque en las regiones más empobrecidas, simplemente, la atención médica se vuelve inaccesible tras el desastre: los hospitales colapsan o quedan aislados, y muchas personas enfermas no logran siquiera llegar a un centro asistencial. Yang, Z., Huang, W., McKenzie, J.E. et al. Hospitalization risks associated with floods in a multi-country study. Nat Water (2025). https://doi.org/10.1038/s44221-025-00425-8. También resultó llamativo que las inundaciones de mayor severidad no siempre implicaron mayores riesgos sanitarios. Los autores sugieren que, en los casos más extremos, la magnitud de la emergencia podría haber provocado evacuaciones masivas que alteraron la estadística o impidieron que se registraran ciertos casos. Los efectos tampoco son homogéneos en el tiempo. Algunas enfermedades, como las infecciosas o las mentales, mostraron un pico de hospitalizaciones en las semanas o meses posteriores, para luego normalizarse. Otras, en cambio, mantuvieron una persistencia preocupante durante todo el periodo de estudio. En este sentido, los investigadores detectaron una curva "en forma de U invertida" en los trastornos respiratorios y mentales: los ingresos aumentaban gradualmente hasta alcanzar un punto máximo y luego descendían. La edad fue otro factor determinante. Los niños, adolescentes y mayores de 60 años sufrieron con mayor intensidad los efectos de las inundaciones. El sistema inmunológico más vulnerable, la dependencia de cuidados constantes y el estrés emocional fueron algunas de las causas detrás de esta mayor susceptibilidad. Aunque los datos abarcaron un amplio espectro geográfico, con climas y sistemas de salud diversos, el patrón general fue claro: las inundaciones generan una carga sanitaria silenciosa que se prolonga más allá del desastre natural y que, en muchos casos, permanece oculta. El estudio destaca que no se trata solo de los daños físicos provocados por el agua, sino de las secuelas estructurales: contaminación del agua potable, hacinamiento, proliferación de vectores como mosquitos o roedores, deterioro de los servicios sanitarios y exposición prolongada al estrés. En algunos países, como Brasil, Canadá y Taiwán, el aumento del riesgo fue generalizado en casi todas las enfermedades estudiadas. En otros, como Chile, se detectó un crecimiento alarmante en casos de enfermedades infecciosas. Curiosamente, en Australia, algunos tipos de hospitalización disminuyeron, lo que los investigadores atribuyen a una priorización de recursos en los centros de salud o a una mejor preparación del sistema ante emergencias. Más allá de la amenaza ecológica: el impacto de la crisis climática en el ámbito sanitario El valor del trabajo no sólo reside en la magnitud de su base de datos o en la sofisticación de su análisis estadístico. Su gran mérito es haber iluminado un ángulo olvidado del debate sobre cambio climático y salud pública. Porque si algo queda claro tras leer este informe, es que la crisis climática no es solo una amenaza ecológica: es, cada vez más, una crisis sanitaria global. Los autores del estudio hacen un llamado urgente a los sistemas de salud para que incorporen estas evidencias en su planificación. Sugieren fortalecer la capacidad de respuesta ante desastres, mejorar la resiliencia de la infraestructura médica y diseñar protocolos que contemplen un seguimiento a mediano y largo plazo de los pacientes afectados por inundaciones. En tiempos en los que los fenómenos climáticos extremos son cada vez más frecuentes e intensos, esta investigación ofrece un mapa claro del impacto oculto que las aguas dejan tras de sí. Y plantea una pregunta que las sociedades deberán enfrentar más temprano que tarde: ¿estamos preparados no solo para sobrevivir a una inundación, sino para atender a sus víctimas muchos meses después?
Las inundaciones, que muchas veces se perciben como tragedias de corta duración, tienen un impacto mucho más profundo y prolongado del que hasta ahora se había calculado. No sólo arrasan con viviendas y caminos: también socavan la salud humana de manera silenciosa y persistente. Así lo demuestra un estudio científico sin precedentes, publicado por la revista Nature Water, que analizó más de 300 millones de registros hospitalarios en ocho países y territorios, abarcando dos décadas completas.
Lejos de limitarse a los días en que las aguas alcanzan su nivel más alto, los efectos sobre la salud pueden prolongarse hasta por 210 días. Siete meses en los que aumentan significativamente los ingresos hospitalarios por enfermedades que van desde lo cardiovascular hasta lo mental, pasando por el cáncer, la diabetes y las infecciones.
El análisis, que cubre el periodo 2000–2019, mostró que el riesgo de hospitalización por causas generales se incrementa un 26% en los meses posteriores a una inundación
Este estudio global, liderado por investigadores de la Universidad de Monash en Australia, se propuso investigar una pregunta sencilla, pero de enormes implicancias: ¿qué ocurre con la salud de las personas después de que se retiran las aguas? La respuesta, respaldada por datos de 747 comunidades en Australia, Brasil, Canadá, Chile, Nueva Zelanda, Taiwán, Tailandia y Vietnam, es tan inquietante como clara: las inundaciones enferman, y no sólo por sus causas inmediatas.
La atención médica se vuelve inaccesible tras el desastre
El análisis, que cubre el periodo 2000–2019, mostró que el riesgo de hospitalización por causas generales se incrementa un 26% en los meses posteriores a una inundación. Pero ese número se queda corto cuando se examinan afecciones específicas. La diabetes, por ejemplo, registró un aumento del 61% en hospitalizaciones. Las enfermedades renales, un 40%; las respiratorias y cardiovasculares, alrededor del 30%. Incluso el cáncer mostró un incremento del 34%.
Aunque pueda parecer un hallazgo técnico, estas cifras son el rostro estadístico de una crisis humana. Lo que el estudio retrata es la cadena de consecuencias que una inundación desencadena mucho después del titular de prensa. La interrupción del acceso a la atención médica, la escasez de medicación, la exposición a ambientes insalubres y la precariedad en los refugios temporales forman un caldo de cultivo perfecto para el deterioro físico y emocional de la población.
Las comunidades más afectadas por estos efectos sanitarios no siempre son las que uno podría esperar. En contra de la intuición, el estudio reveló que los mayores incrementos en hospitalizaciones no se daban necesariamente en los lugares con menor nivel socioeconómico. En varios casos, las comunidades con mejor acceso a servicios de salud registraron más ingresos hospitalarios, probablemente porque en las regiones más empobrecidas, simplemente, la atención médica se vuelve inaccesible tras el desastre: los hospitales colapsan o quedan aislados, y muchas personas enfermas no logran siquiera llegar a un centro asistencial.

Yang, Z., Huang, W., McKenzie, J.E. et al. Hospitalization risks associated with floods in a multi-country study. Nat Water (2025). https://doi.org/10.1038/s44221-025-00425-8.
También resultó llamativo que las inundaciones de mayor severidad no siempre implicaron mayores riesgos sanitarios. Los autores sugieren que, en los casos más extremos, la magnitud de la emergencia podría haber provocado evacuaciones masivas que alteraron la estadística o impidieron que se registraran ciertos casos.
Los efectos tampoco son homogéneos en el tiempo. Algunas enfermedades, como las infecciosas o las mentales, mostraron un pico de hospitalizaciones en las semanas o meses posteriores, para luego normalizarse. Otras, en cambio, mantuvieron una persistencia preocupante durante todo el periodo de estudio. En este sentido, los investigadores detectaron una curva "en forma de U invertida" en los trastornos respiratorios y mentales: los ingresos aumentaban gradualmente hasta alcanzar un punto máximo y luego descendían.
La edad fue otro factor determinante. Los niños, adolescentes y mayores de 60 años sufrieron con mayor intensidad los efectos de las inundaciones. El sistema inmunológico más vulnerable, la dependencia de cuidados constantes y el estrés emocional fueron algunas de las causas detrás de esta mayor susceptibilidad.
Aunque los datos abarcaron un amplio espectro geográfico, con climas y sistemas de salud diversos, el patrón general fue claro: las inundaciones generan una carga sanitaria silenciosa que se prolonga más allá del desastre natural y que, en muchos casos, permanece oculta. El estudio destaca que no se trata solo de los daños físicos provocados por el agua, sino de las secuelas estructurales: contaminación del agua potable, hacinamiento, proliferación de vectores como mosquitos o roedores, deterioro de los servicios sanitarios y exposición prolongada al estrés.
En algunos países, como Brasil, Canadá y Taiwán, el aumento del riesgo fue generalizado en casi todas las enfermedades estudiadas. En otros, como Chile, se detectó un crecimiento alarmante en casos de enfermedades infecciosas. Curiosamente, en Australia, algunos tipos de hospitalización disminuyeron, lo que los investigadores atribuyen a una priorización de recursos en los centros de salud o a una mejor preparación del sistema ante emergencias.
Más allá de la amenaza ecológica: el impacto de la crisis climática en el ámbito sanitario
El valor del trabajo no sólo reside en la magnitud de su base de datos o en la sofisticación de su análisis estadístico. Su gran mérito es haber iluminado un ángulo olvidado del debate sobre cambio climático y salud pública. Porque si algo queda claro tras leer este informe, es que la crisis climática no es solo una amenaza ecológica: es, cada vez más, una crisis sanitaria global.
Los autores del estudio hacen un llamado urgente a los sistemas de salud para que incorporen estas evidencias en su planificación. Sugieren fortalecer la capacidad de respuesta ante desastres, mejorar la resiliencia de la infraestructura médica y diseñar protocolos que contemplen un seguimiento a mediano y largo plazo de los pacientes afectados por inundaciones.
En tiempos en los que los fenómenos climáticos extremos son cada vez más frecuentes e intensos, esta investigación ofrece un mapa claro del impacto oculto que las aguas dejan tras de sí. Y plantea una pregunta que las sociedades deberán enfrentar más temprano que tarde: ¿estamos preparados no solo para sobrevivir a una inundación, sino para atender a sus víctimas muchos meses después?




