Participación pública, razón, poder y respeto

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  • Alegoría de una participación encauzada por la razón y el poder. Foto Lorenzo Correa
    Alegoría de una participación encauzada por la razón y el poder. Foto Lorenzo Correa

Sobre el blog

Lorenzo Correa
Webmaster en futurodelagua.com Practitioner PNL. Master en Coaching con PNL. Executive & Life Coach.

En este convulso año de elecciones de todo tipo, el péndulo que transita sin prisa pero sin pausa recorriendo el trayecto que comunica el espasmo con el marasmo de nuestros afanes cotidianos, continúa inexorable su recorrido sin desfallecer, también en la órbita de la gestión del agua. Y en esto que llega la hora de acometer el segundo ciclo de la planificación hidrológica, que se nos viene encima con toda su parafernalia en un contexto temporal, social y político poco proclive a las decisiones sosegadas y con vocación de durabilidad.

La participación es un mandato directiviano nada baladí y se acomete por ello como uno de los capítulos más apasionantes (en un momento del país también apasionante), de la tramitación de los planes.

Una de las conclusiones más interesantes para mí del pasado Congreso del agua en Cataluña, que ahora se están presentando desde la entidad organizadora (Asociación Catalana de Amigos del Agua) por todo el ámbito hídrico catalán, fue la siguiente: La participación de los ciudadanos en la gestión del agua es una asignatura pendiente. Hay que establecer los canales que posibiliten la participación, lo que no es fácil, probablemente por falta de experiencia y, también, debido a cierta desconfianza en relación con el papel que pueden desarrollar los ciudadanos.

La participación de los ciudadanos en la gestión del agua es una asignatura pendiente

Creo que para aprobar esta asignatura pendiente, según concluye el Congreso, habría que llamar al escenario a unos actores invitados de los que ya escribí en este blog: los indicadores socioambientales. Sin ellos, el consenso no llegará, porque las soluciones siempre culminarán en la decisión de la administración competente en materia de agua, cimentada en los clásicos pilares que sostienen nuestra cultura: razón y poder.

Pero algo más tendrá que aparecer: La cultura patriarcal a la que pertenecemos se caracteriza por nuestra aceptación cotidiana de la jerarquía, la autoridad y el poder, así como por la justificación racional del control sobre los demás mediante la apropiación de la verdad. Cuando se nos “invita” a participar en las decisiones de la gestión del agua, por poner un ejemplo que viene a cuento aquí, lo haremos aceptando de entrada unas “condiciones”, que nos parecen naturales: el sometimiento a algún poder y a la razón en tanto en cuanto ellas revelan dimensiones trascendentes del orden cósmico natural a las que tenemos acceso y que legitiman su existencia como tales razón y poder.

El desiderátum para los que quieren salir indemnes del espasmo, es conseguir que algo cambie en las relaciones humanas y se vuelva a dar mucha importancia al respeto por el otro. Esto supone, allá donde se da, el reconocimiento de que no tenemos acceso a una verdad trascendente y absoluta y lo que es mejor, que el no tenerlo no supone el caos sino que, bien al contrario, supone un nuevo modo de relación basada precisamente en la cooperación y el respeto. Es decir, la que ya tuvieron nuestros antepasados antes de la imposición de la cultura patriarcal. No es por lo tanto una nueva cultura, sino la recuperación de la cultura matriarcal sepultada por la que aún impera.

Podríamos definir como objetivo vivir en un mundo hídrico no atrapado en una exigencia militante, ya sea profana o “religiosa”, que es a los que nos tiene acostumbrado la gestión convencional de la vieja y la nueva cultura del agua Un mundo hídrico en el que ya no hubiera que justificar la negación del de enfrente en la defensa de una verdad absoluta o trascendente, sino en el que nadie pudiera reclamar para su bando el acceso privilegiado al conocimiento de verdades trascendentes, absolutas y universales, porque esta reclamación le haría ser acusado de herejía, rebeldía o error culpable.

Al acabar con la exigencia en la creencia de la posesión de la verdad, se acaba con la tolerancia, que no es más que una negación temporalmente suspendida… y empieza el respeto. Donde comienza el respeto por los demás, comienza su legitimidad y acaba la aceptación de de ideologías que justifican el negarles y legitiman su control. Y mueren de inanición las filosofías políticas y sociales que aseguran señalar la deriva inexorable de la historia o el orden social justo desde una verdad trascendente que justifica el sometimiento de unos a otros, bajo el argumento de que “están equivocados”. El cambio que exige la deconstrucción del discurso de la gestión del agua se basa en una participación pública en la toma de decisiones basada en la reflexión liberadora del apego que constituye a la ciencia como dominio explicativo y en la ética que nos lleva a la aceptación del otro y en que nos importen sus acciones, rechazando las ideologías que niegan el respeto

Estructurar los procesos participativos como un debate de grupos temáticos con un perfil muy técnico y especializado, tanto por la composición de la información aportada desde la administración del agua, como por el lenguaje empleado durante las discusiones dificulta la participación del ciudadano poco experto y genera la presencia activa solo de expertos, “stakeholders” y personas con un elevado nivel de conocimiento sobre la gestión del agua: solo razón y poder.

Podríamos definir como objetivo vivir en un mundo hídrico no atrapado en una exigencia militante

El objetivo de la participación definida por Europa no es otro que la de la mejora de la toma de decisiones y en los procesos de información y consulta. Las directivas acuáticas cuentan con toda la ciudadanía, sea parte interesada o no: Los estados miembros deben "animar" a la implicación activa y "asegurar" la consulta y el acceso a la información de base.

Esto dice el libro y esto significa más que una consulta, que normalmente produce la manifestación de una opinión. Significa más porque que implica a los actores en la intervención activa en los procesos de planificación en la discusión de los temas para contribuir a su resolución. Influyen, aunque no sean responsables de la decisión final. Por todo ello, el éxito de su implementación dependerá entre otros factores, de la voluntad política y principalmente de la información, consulta y participación del público. Enfóquese desde el respeto, mejor que desde la tolerancia, sin sometimiento desde el poder y la razón.

El inacabable conflicto hispano del agua, que enfrenta en primera línea de trincheras a quienes se sienten en posesión de la verdad absoluta, a quienes creen que los del otro lado “están equivocados”, me recuerda (salvando las distancias) al que durante casi 600 años enfrentó al Honrado Concejo de la Mesta con los propietarios agrícolas, a los estantes con los trashumantes. Medio siglo antes de la disolución de la Mesta (1273-1836), el Ilustrado Jovellanos le escribía al rey:

“Pero si otros pueblos conocieron la trashumación y protegieron las cañadas, ninguno que sepamos conoció y protegió una congregación de pastores reunida bajo la autoridad de un magistrado público para hacer la guerra al cultivo y a la ganadería estante, y arruinarlos a fuerza de gracias y exenciones; ninguno permitió el goce de unos privilegios dudosos en su origen, abusivos en su observancia, perniciosos en su objeto y destructivos del derecho de propiedad; ninguno erigió en favor suyo tribunales trasterminantes, ni los envió por todas partes, armados de una autoridad tan opresiva y tan fuerte para oprimir los débiles, como débil para refrenar a los poderosos; ninguno legitimó sus juntas, sancionó sus leyes, autorizó su representación, ni la opuso a los defensores del público; ninguno… pero basta: la Sociedad ha descubierto el mal; calificarle y reprimirle toca a vuestra alteza.”

GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS, Informe de la Sociedad Económica de Madrid al Real y Supremo Consejo de Castilla en el expediente de la Ley Agraria, expedido por el autor en nombre de la Junta encargada de su formación

Celebraría que unos procesos de participación “respetuosos” en el sentido más arriba indicado, constituyan una herramienta útil para lograr resolver el conflicto del agua desde el respeto y desde la aceptación legítima del otro, sin tener que esperar casi 600 años para ello.

Veremos.

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