Ayer, el ciclo Conexión Agua – Talleres Regadío dirigió su mirada hacia el subsuelo. Si el taller anterior había seguido el agua que regresa a los cauces, el cuarto y último encuentro se centró en el agua y los solutos que se infiltran en el terreno y pueden alcanzar las aguas subterráneas.
La jornada, impulsada por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico para divulgar las soluciones desarrolladas por las entidades beneficiarias del PERTE de Digitalización del Ciclo del Agua, abordó la Solución F: control de lixiviados y protección de las aguas subterráneas.
David Escobar, socio de iAgua y moderador del webinar, presentó dos formas de observar un mismo recorrido. La primera mide el agua que abandona la zona radicular y los solutos que transporta. La segunda estudia la vulnerabilidad del terreno y sitúa el control antes de que ese flujo alcance la zona saturada. Dos escalas distintas para convertir un proceso invisible en información útil para la gestión.
Conexión Agua – Talleres Regadío. Taller 4: Control de lixiviados y protección de las aguas subterráneas
El lisímetro convierte la percolación en un dato
El primer turno fue para Francesc Ferrer, doctor ingeniero agrónomo y director de LabFerrer, que presentó el uso de lisímetros para monitorizar los lixiviados. El objetivo es medir directamente el volumen de agua que percola por debajo de la zona radicular y conocer la concentración de nitratos, fosfatos o plaguicidas que transporta.
La aparente sencillez del dispositivo —recoger el agua que desciende por el perfil— encierra una dificultad hidráulica. Si el suelo contenido en el lisímetro se satura, el flujo puede desviarse hacia los laterales y el drenaje quedará subestimado. Si la succión es excesiva, el dispositivo puede atraer agua del entorno y medir más de la que realmente atravesaría esa sección.
La configuración presentada combina un monolito de suelo, un plato colector y una mecha colgante que ejerce una succión limitada. El sistema incorpora además sensores de nivel, temperatura y conductividad eléctrica, sondas de humedad a distintas profundidades, telemetría y una plataforma para consultar y compartir los datos.
La Solución F diferencia dos niveles de tecnificación. En el nivel intermedio, el drenaje se registra y se muestrea periódicamente para su análisis en laboratorio. En el nivel alto se mide en continuo el volumen de percolación y la concentración de nitratos, con posibilidad de incorporar también fosfatos.
Ferrer insistió en que la calidad de la información comienza antes de instalar el equipo
Ferrer insistió en que la calidad de la información comienza antes de instalar el equipo. El emplazamiento debe ser representativo del suelo, el cultivo y el sistema de riego. Un lisímetro situado en una esquina donde apenas llega el aspersor o fuera del bulbo húmedo de un gotero difícilmente podrá explicar lo que sucede en el conjunto de la parcela.
Los ejemplos de campo mostraron además la influencia de las características del terreno. En un vivero con riego a manta, el dispositivo registró unos 25 milímetros de drenaje. En una parcela de cebada con un suelo franco-arcilloso, renivelado y con elevada sodicidad, 136 milímetros de lluvia produjeron alrededor de 9 milímetros de drenaje, debido al lento movimiento del agua en profundidad.
La interpretación exige relacionar esas mediciones con las sondas de humedad, la lluvia, el riego, la evapotranspiración, la fertilización y el ciclo del cultivo. Para Ferrer, el verdadero reto comienza ahora, cuando las comunidades de regantes y las ingenierías deben convertir los registros obtenidos en relaciones útiles entre lo que sucede en las parcelas, los retornos de riego y la recarga de los acuíferos.
El verdadero reto comienza ahora, cuando las comunidades de regantes y las ingenierías deben convertir los registros obtenidos en relaciones útiles
La vulnerabilidad del terreno decide dónde medir
La segunda intervención partió de una premisa formulada por Pedro Beltrán, director de la Cátedra Frutinter de la Universitat Politècnica de València: «El regadío o es sostenible o no habrá regadío». Esa sostenibilidad, explicó, requiere seguridad del recurso, eficiencia en su utilización y protección ambiental.
Alfredo Martínez, hidrogeólogo y director general de WTECH, presentó después la metodología de la Huella de Nitrato y Fosfatos. Frente al control inmediatamente inferior a las raíces, este enfoque analiza el recorrido del agua por toda la zona no saturada y sitúa los dispositivos a la profundidad determinada por las características hidrogeológicas del terreno.
El punto de partida es un estudio de vulnerabilidad que identifica la distribución de las permeabilidades y localiza las zonas donde el tránsito de los nutrientes puede ser más rápido. El objetivo es colocar los dispositivos en los puntos de mayor riesgo y comprobar con qué concentración llega el lixiviado al límite de la zona saturada.
Martínez señaló que el propio terreno puede retener o atenuar parte de la carga durante el recorrido. Por ello, la concentración medida bajo el bulbo de riego no tiene por qué coincidir con la que finalmente alcanza las proximidades del acuífero.
La intensidad del control depende del resultado del estudio previo
El sistema presentado capta pasivamente el agua gravitacional mediante un dispositivo inclinado. Cuando se produce un episodio de lixiviación, el agua atraviesa una tubería filtrante y pasa frente a un espectrofotómetro ultravioleta adaptado para trabajar en campo. Los umbrales de alarma mostrados durante la ponencia fueron de 37,5 miligramos por litro para el nitrato y 0,50 miligramos por litro para el fosfato.
La intensidad del control depende del resultado del estudio previo. Cuando la vulnerabilidad es baja, la metodología se apoya en muestreos y auditorías. En zonas de vulnerabilidad media o alta se instalan equipos de monitorización en tiempo real en los puntos más sensibles.
Según los datos expuestos, la metodología está implantada o en ejecución sobre unas 200.000 hectáreas, entre proyectos del PERTE, actuaciones de modernización de regadíos y explotaciones particulares. Entre las experiencias presentadas figuró el proyecto Cero NO3 Mar Menor.
Beltrán cerró la intervención conectando la medición ambiental con la certificación. La Huella de Nitrato y Fosfatos se plantea como un sello para acreditar productos cultivados sin provocar contaminación por estos nutrientes. Los estudios de vulnerabilidad y los dispositivos instalados en las comunidades de regantes pueden servir así de base para que las explotaciones avancen hacia esa certificación.
La Huella de Nitrato y Fosfatos se plantea como un sello para acreditar productos cultivados sin provocar contaminación por estos nutrientes
Del dato a la gestión: validar, complementar y mantener
El turno final aclaró el papel práctico de cada solución. Ferrer señaló que el lisímetro no debe utilizarse para programar directamente el riego, debido al desfase entre la aplicación del agua y la recogida del drenaje. Su utilidad está en evaluar y validar posteriormente cuánto se ha lavado. Para ajustar el riego y la fertilización situó en primer plano los análisis de suelo y foliares, los balances hídricos y las sondas de humedad.
Las intervenciones finales confirmaron también que ambos enfoques no compiten entre sí. Uno mide lo que abandona la zona radicular; el otro controla la concentración tras su recorrido por la zona no saturada. «Somos complementarios», resumió Beltrán.
El cierre devolvió la atención al principal desafío posterior al PERTE: mantener los equipos, conservar series fiables y transformar los datos en decisiones. El subsuelo ya puede observarse con mayor detalle; el siguiente paso será interpretar de forma conjunta qué ocurre desde la parcela hasta las proximidades del acuífero.




