Ayer, 18 de junio, el ciclo Conexión Agua – Talleres Regadío dedicó su tercera sesión a una pregunta concreta: qué ocurre con el agua que, después de utilizarse en el riego, regresa a los ríos y a otras masas superficiales. Conocer cuánto retorna, cuándo lo hace y con qué calidad permite evaluar el impacto del regadío y orientar una gestión más sostenible del recurso.
El taller, impulsado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico para divulgar las soluciones desarrolladas por entidades beneficiarias del PERTE de Digitalización del Ciclo del Agua, reunió dos perspectivas sobre un mismo reto. Primero, la de una comunidad de regantes que lleva más de quince años estudiando sus retornos; después, la de la empresa encargada de trasladar ese conocimiento a estaciones capaces de medir sobre el terreno.
David Escobar, socio de iAgua, abrió la sesión situando el debate en el punto en el que el agua abandona la zona regable y vuelve al medio.
Conexión Agua – Talleres Regadío. Taller 3: Monitorización de los retornos de regadío a cauces superficiales
Quince años de seguimiento desembocan en una red en tiempo real
El primer turno fue para Yolanda Gimeno, técnica de Medio Ambiente de Riegos del Alto Aragón. Antes de entrar en sensores, plataformas y telemetría, la ponente llevó la sesión hasta 2007, cuando Riegos del Alto Aragón comenzó a preguntarse qué estaba ocurriendo en sus desagües y cuáles eran los puntos más críticos de su sistema.
La Comunidad General reúne 49 comunidades de base y se extiende sobre unas 135.000 hectáreas. En ese territorio, el proyecto actual ha desplegado 13 puntos de control de alta tecnificación, con una inversión de 910.000 euros. Sin embargo, la infraestructura presentada durante el webinar no surgió con el PERTE: es el resultado de una secuencia que comenzó con la medición, continuó con la cuantificación de las masas exportadas y avanzó después hacia la modelización científica.
Entre 2016 y 2019, Riegos del Alto Aragón trabajó con el modelo DSSAT a escala de parcela y con SWAT a escala de cuenca. El objetivo era estudiar cómo se comportaba la lixiviación y comprobar qué prácticas podían reducirla sin comprometer la producción. Solo después de ese proceso cobró sentido la digitalización: automatizar el control, superar las limitaciones del muestreo manual y disponer de información más rápida y frecuente.
Gimeno utilizó esa sucesión de preguntas para marcar una distancia respecto a una digitalización entendida como simple compra de equipos. La red debía servir para corregir prácticas agrarias y reducir la pérdida de un insumo de alto valor económico: el fertilizante.
Los trabajos desarrollados durante esos años situaron la respuesta en la combinación de dos decisiones que habitualmente se asesoran por separado. Un riego óptimo, basado en la precisión hídrica, y una fertilización razonada pueden reducir hasta un 51 % las cargas de nitratos lixiviados, manteniendo e incluso incrementando el rendimiento de las cosechas. El agua y el fertilizante aparecieron así como dos variables inseparables de un mismo balance.
La medición deja así de ser una fotografía puntual para integrarse en un proceso de mejora de las prácticas agrarias
La intervención descendió entonces hasta los desagües. En 2014, una de las primeras dificultades fue determinar qué estructura permitía medir correctamente el caudal en cauces abiertos, irregulares y sometidos a condiciones cambiantes. Después de probar distintas soluciones metálicas, la comunidad comenzó a ejecutar secciones de aforo in situ con su propia brigada.
La razón de ese esfuerzo quedó resumida en una de las afirmaciones centrales de la ponencia: una medición de calidad aislada pierde su valor cuando no está acompañada por una buena medición de cantidad. Para calcular la masa de nitrógeno exportada no basta con conocer la concentración; hay que relacionarla con el volumen de agua que atraviesa el punto de control.
El esquema de la estación presentado por Gimeno mostró cuatro componentes conectados: una sección normalizada para aforar el agua, sondas sumergidas para analizarla, paneles fotovoltaicos y baterías para alimentar la instalación, y equipos de telemetría encargados de transmitir la información. A esa arquitectura se añaden protecciones frente al vandalismo y soluciones destinadas a evitar que los sedimentos y los aterramientos alteren las lecturas.
Las estaciones realizan mediciones cada quince minutos. Registran caudal, temperatura, conductividad eléctrica, sólidos disueltos, nitratos y nitritos. Doce de ellas responden a una configuración general; la decimotercera, situada en el barranco de la Violada, incorpora además el análisis continuo de fosfatos y un sistema integrado de filtración de muestras.
La elección de los puntos no fue uniforme ni automática. Se buscó representar el territorio y reforzar el control en las zonas consideradas más críticas o con mayor afección sobre determinadas masas de agua. Con los trece emplazamientos, Riegos del Alto Aragón controla alrededor del 84 % de su superficie y de sus retornos de riego.
La plataforma digital permite consultar la localización de las estaciones, observar los valores instantáneos y seguir la evolución histórica de las variables. Esos registros serán la base para elaborar balances en cada punto y se transmiten de manera continua a la Confederación Hidrográfica del Ebro.
A partir de ahí, la exposición abandonó la infraestructura para entrar en la gestión. Gimeno explicó que Riegos del Alto Aragón trabaja con un enfoque de cargas máximas admisibles —TMDL— que diferencia entre lo que sucede en el desagüe y lo que ocurre en la masa de agua receptora. En el primero interesa conocer la masa exportada; en la segunda, la concentración resultante.
La red permite comprobar la evolución de esas cargas, introducir márgenes de seguridad y evaluar de forma continua la respuesta de cada cuenca a los cambios en el riego y la fertilización. La medición deja así de ser una fotografía puntual para integrarse en un proceso de mejora de las prácticas agrarias.
El final de la ponencia amplió todavía más el foco. Para Gimeno, la regulación no puede resolver por sí sola un problema de contaminación difusa en el que intervienen distintas actividades, escalas y responsabilidades. La propuesta pasa por coordinar a administración, técnicos, servicios y regantes, y por trabajar simultáneamente en el ámbito de la demarcación, en las cuencas territoriales y en la parcela.
En esa estructura, las comunidades de regantes ocupan una posición intermedia. Su papel es trasladar los objetivos generales de calidad de una cuenca hasta decisiones operativas sobre el agua, el fertilizante y el manejo del suelo. El agricultor, defendió Gimeno, debe participar en el diseño, la implantación y la evaluación de las soluciones, en lugar de limitarse a recibir instrucciones.
El agricultor debe participar en el diseño, la implantación y la evaluación de las soluciones, en lugar de limitarse a recibir instrucciones
Del cauce al sensor: la fiabilidad se decide en el diseño
La segunda ponencia cambió la escala del relato. Miguel Tejero, director del Departamento Comercial e Internacionalización de Riegosalz, llevó la sesión desde la estrategia territorial hasta las decisiones que condicionan el funcionamiento de cada estación.
Comenzó delimitando qué se entiende por aguas de retorno. En ellas confluyen las pérdidas operacionales de los sistemas de distribución, la escorrentía superficial de las parcelas y el drenaje subsuperficial. Esos flujos pueden transportar sales, nitrógeno, fósforo y productos fitosanitarios antes de alcanzar los ríos, las aguas subterráneas u otros cuerpos de agua.
Riegosalz, explicó Tejero, no partió de una hoja en blanco. El diseño de las instalaciones aprovechó el conocimiento acumulado por Riegos del Alto Aragón y por otras zonas regables que llevaban años realizando controles. La aportación tecnológica consistió en aumentar la frecuencia y la disponibilidad de una información que hasta entonces dependía en gran medida del muestreo manual.
El PERTE ordena estos puntos de control en tres niveles. El E1 combina un aforo puntual con la toma de muestras para su posterior análisis. El E2 incorpora una sección de control y una medición continua del caudal. El E3 suma el seguimiento en tiempo real de la calidad, con parámetros como nitratos, nitritos, fosfatos y conductividad eléctrica.
«Hay que tener muy claro qué se quiere medir y dónde se quiere medir»
La clasificación, advirtió Tejero, no resuelve por sí sola el diseño. Antes de construir una estación, hay que conocer el tipo de cauce, el rango de caudales y el método de medición. También hay que determinar si el punto elegido representa realmente a la zona regable. Una instalación situada en un desagüe que apenas recoge sus retornos puede generar datos correctos y, al mismo tiempo, poco útiles.
A partir de ahí, las soluciones se separan. En pequeños cauces puede bastar una sección de aforo relativamente sencilla. En otros emplazamientos, la obra debe soportar caudales extraordinarios durante episodios de avenida. Y, en determinados casos, el punto de control se encuentra en cauces con dimensiones propias de un río, donde la intervención civil necesaria para conservar una geometría estable resulta mucho mayor.
La segunda decisión afecta a las variables. Parámetros como el pH, la turbidez, el oxígeno o la conductividad pueden medirse en continuo con tecnologías consolidadas y costes asumibles. Los nitratos requieren equipos más complejos, aunque pueden determinarse mediante técnicas ópticas. Esas lecturas indirectas deben calibrarse y contrastarse con análisis realizados en laboratorios acreditados.
El fósforo abre un escenario más exigente. Su medición continua necesita actualmente analizadores, reactivos y sistemas de extracción y filtración de muestras. También implica un consumo energético elevado, especialmente problemático en estaciones aisladas que dependen de paneles fotovoltaicos y baterías. La instalación piloto del barranco de la Violada responde precisamente a esa complejidad.
El control de productos fitosanitarios plantea todavía más dificultades para una instalación que deba resultar técnica y económicamente asumible por una comunidad de regantes. Tejero situó así una frontera clara entre los parámetros cuya medición en continuo está madura y aquellos para los que la tecnología aún debe evolucionar.
La ubicación de los sensores añadió otra capa al diseño. Pueden colocarse directamente en el cauce, siempre que permanezcan sumergidos, protegidos y accesibles para su mantenimiento. Pero esa solución los expone a sedimentos, animales, avenidas y posibles daños.
La alternativa es llevar el agua hasta una cubeta aislada. Una bomba renueva periódicamente el volumen antes de cada lectura, mientras los sensores permanecen protegidos y al alcance de los operarios. Esta disposición permite medir en puntos con grandes variaciones de nivel y también durante periodos de estiaje, cuando la lámina de agua del cauce no garantiza la inmersión de los equipos.
La última pieza es la comunicación. Aunque las directrices establecen que los datos deben enviarse al organismo de cuenca, no fijan una frecuencia única para los sensores en tiempo real. Tejero recomendó mediciones horarias, con registros internos más frecuentes. Esa configuración permite elaborar balances detallados y detectar variaciones repentinas que activen una alerta para los usuarios, sin atribuir de forma automática su origen a un episodio puntual de contaminación.
Con esa frase, Tejero regresó al comienzo de su intervención. Una red fiable depende de la representatividad de los puntos, de la adaptación de cada estructura al cauce y al caudal, de la selección de variables y de una estimación realista tanto de la inversión como del mantenimiento. La medición en tiempo real es posible, pero su utilidad se decide antes de instalar el primer sensor.
La medición en tiempo real es posible, pero su utilidad se decide antes de instalar el primer sensor
Del dato a la explotación
Las preguntas trasladaron el debate de la infraestructura al uso del dato. Gimeno situó la confianza como condición para modificar las prácticas de riego y fertilización. La red, explicó, permite trabajar con información obtenida en el propio territorio y abandonar planteamientos previos que no han sido contrastados sobre el terreno.
La idea quedó condensada en una pregunta dirigida al agricultor: «¿Dónde quieres tener el dinero del fertilizante: en el desagüe o en tu bolsillo?» Tejero añadió que la instalación de estas redes suele coincidir con mejoras en la aplicación de agua y nutrientes, por lo que no siempre es sencillo atribuir los resultados a una única actuación. Aun así, disponer de información permite saber hacia dónde orientar las decisiones.
En el balance final, ambos ponentes valoraron el acceso a la digitalización que ha facilitado el PERTE, aunque señalaron la premura de los plazos y las dificultades de incorporar tecnologías todavía poco maduras. Gimeno dejó planteado el siguiente reto: procesar la gran cantidad de datos que producirán las estaciones y convertirlos en conocimiento útil para una agricultura competitiva.
David Escobar cerró el taller reuniendo las dos perspectivas escuchadas durante la tarde: lo que el regadío devuelve al río ya se puede medir, y lo que se mide se puede gestionar.




