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La naturaleza conserva el agua

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Sobre el blog

Alberto Vizcaíno
Productor de sostenibilidad. En ocasiones doy charlas, escribo en blogs o hago fotos.
  • naturaleza conserva agua

Otro año más el Día Mundial del Agua nos invita a reflexionar, en esta ocasión considerando cómo las soluciones basadas en la naturaleza pueden servir para hacer frente a inundaciones, sequías, contaminación y demás retos del agua que la humanidad afronta en este siglo.

El agua es el regalo que la naturaleza ha dado a este planeta que habitamos. El soporte que ha hecho posible la aparición de la vida en él. Tanto es así que agua líquida es una de las condiciones que le ponemos a la búsqueda de vida en otros rincones del universo. ¿Es posible que contenga agua líquida? Entonces es un planeta en el que seguir investigando. Si no se dan las condiciones para que presente agua líquida lo descartamos.

Las peculiaridades de esta molécula, compuesta por un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno, la han convertido en la clave para la organización del resto de sustancias que componen las distintas formas de vida que conocemos: soporte de las reacciones metabólicas, disolvente universal para el transporte de nutrientes, una tensión superficial que da lugar a fantásticos fenómenos aprovechados en variedad de formas y situaciones, una anomalía en la densidad al cambiar de estado líquido a sólido que la convierte en el mejor escudo de la vida acuática cuando las temperaturas se vuelven gélidas, un comportamiento térmico que la convierten en un aliado dentro y fuera del organismo, una capacidad de transportar energía cuando se transforma en gas que ha modelado el clima terrestre… En la naturaleza el agua hace posible la magia a la que hemos denominado vida.

Como seres vivos, las personas dependemos de esa molécula que está en nuestra naturaleza. Nuestro organismo tiene un elevado porcentaje que nos convierte en seres de agua, la que transporta por nuestro sistema circulatorio las sales minerales con las que se constituyen nuestros huesos, la que lleva los aminoácidos a las células que fabrican nuestros músculos, la que retira los desechos metabólicos impidiendo que nos intoxiquemos con el resultado de la bioquímica de nuestra propia existencia.

Seres inteligentes, hemos aprendido a utilizar el agua en nuestro provecho. Utilizamos su poder disolvente para aseo y limpieza, aumentando nuestra esperanza de vida. Desde los orígenes de la civilización utilizamos su capacidad de generar trabajo para trasladar mercancías, mover máquinas o producir la electricidad con la que alimentar nuestros más sofisticados productos electrónicos.

Desde bien pequeños nos enseñan el ciclo del agua, como ejemplo de la naturaleza cíclica que está en todos los materiales existentes en nuestro planeta. Un ciclo eterno que moldea paisajes, inspira culturas y desarrolla civilizaciones, todo gracias al agua y su naturaleza.

Estudiamos cómo los seres vivos dependen de su capacidad de acceder al recurso líquido, que existen posibilidades de adaptación, migraciones masivas movidas por la alternancia de periodos de lluvia, formas de resistencia a situaciones de estrés hídrico. Que cuando el agua escasea disminuye la actividad vital y, si el agua desaparece, el metabolismo se para. La vida se interrumpe.

Y la humanidad no escapa de su condición natural. Grandes obras de ingeniería destinadas a gestionar las distintas etapas del ciclo integral del agua. Todo el conocimiento y la tecnología de la humanidad puestas al servicio del agua para garantizar los procesos captación, distribución, saneamiento y vertido. Réplica de lo que aprendimos en la naturaleza para llevarlo a una forma de vida basada en un potente metabolismo externo.

Pero en algún punto se nos ha olvidado que no hemos inventado la molécula de agua. Que este regalo de la naturaleza tiene sus propias reglas. Y que no responde a los caprichos de nuestro sistema productivo. Hemos acelerado el discurrir natural del agua por la naturaleza con tubos de cemento e infraestructuras de hormigón, acelerando una escorrentía que impide el lento destilar del agua por las rocas, las ramas y las raíces. Aceleramos el ciclo robando el agua a la naturaleza. En algún momento hemos roto el sistema, haciendo que del ciclo infinito un recurso escaso. En nuestros días la escasez de agua afecta a más del 40 por ciento de la población mundial: En 2011, 41 países experimentaban estrés hídrico; 10 de ellos estaban a punto de agotar su suministro de agua dulce renovable y ahora dependen de fuentes alternativas. El aumento de las sequías y la desertificación ya está empeorando estas tendencias. Se estima que al menos una de cada cuatro personas se verá afectada por escasez recurrente de agua para 2050.

Quizá estamos perdiendo de vista que la lluvia es un fenómeno caprichoso. Que depende de la cantidad de agua en la atmósfera y de la temperatura. De la distancia a grandes masas de agua. De las altas y bajas presiones. Y de los caprichos de la circulación atmosférica. Pero donde no llueve, no suele llover. Y donde lo hace la naturaleza se ha encargado de almacenar y conservar el preciado recurso, dejando escapar lo estrictamente necesario en función del tiempo de renovación. Y si se equivoca… la vida desaparece.

Buscamos la solución a las sequías y a la escasez de agua potable en tecnologías costosas y de difícil implantación cuando la naturaleza nos está enseñando el camino y prestándonos la solución. Hemos talado masas forestales, eliminado la capa orgánica del suelo y el resultado es que se nos han secado las fuentes y los ríos. Ríos que hemos convertido en canales para transportar vertidos depurados hasta la siguiente estación de potabilización.

¿Por qué no probamos a devolver a la naturaleza su capacidad de conservar el agua? La vegetación es un excelente aliado en la tarea de garantizar la disponibilidad hídrica. Su sombra frena la energía solar que reseca el terruño en verano. En sus hojas se convierte ese calor en materia, atrapando CO2, que tendrá forma de ramas y raíces excavando galerías por las que la lluvia puede colarse y empapar el terreno. En otoño las hojas tapizan el suelo en una alfombra que protege el suelo de la erosión y mantiene la humedad, dando tiempo a que se filtre a capas más profundas. Hojas que se descomponen, creando un manto orgánico con capacidad de empaparse y liberar poco a poco el preciado tesoro de la naturaleza.

Son muchas las enseñanzas que nos brinda el agua. Tantas que nos hemos creído con capacidad de apropiárnosla sin contar con la naturaleza. Una naturaleza en la que el agua se mueve cambiando de estado y soporte. Recorriendo centenares de kilómetros en forma de gas en unas pocas horas, miles de ellos en forma líquida en unos días o filtrándose durante años por acuíferos que la llevarán a recorrer decenas de miles de kilómetros.

El tiempo es lo que nos aprieta a los humanos. La inmediatez que nos ha llevado a olvidarnos de las escalas del ciclo del agua, generando donde hay abundancia, nos acucia para cumplir los retos que tenemos a la vista. Poco a poco vamos incorporando la naturaleza a la gestión de nuestro ciclo integral, con sistemas de depuración y recarga de acuíferos que nos ayudarán a conservar el agua. Con procesos de optimización del uso del valioso recurso y formas alternativas de captación. Pero 2030 está a la vuelta de la esquina y queda mucho por hacer. Agua, naturaleza y vida son una unidad que no se puede desconectar. Como los seres humanos no podemos perder de vista que dependemos de la naturaleza y no podemos vivir sin agua. Permitamos a la naturaleza ayudarnos a conservar el agua.

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