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FENACORE

Descontaminar la gestión del agua para reducir la contaminación

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El Congreso de los Diputados ha dado luz verde a la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, que ahora comenzará su trámite en el Senado; de manera que, si no se enmienda, podría quedar definitivamente aprobada en mayo.

Esta ley debería de servir de base para alcanzar en 2050 la neutralidad climática, es decir, para que únicamente se emitan los gases de efecto invernadero que puedan ser captados por sumideros como los bosques.

Así, si bien es cierto que en menos de 10 años las emisiones de gases de efecto invernadero tendrán que haberse reducido en un 23% respecto a las de 1990, y que este objetivo se revisará al alza periódicamente a partir de 2023; el regadío está llamado a cumplir un papel protagonista para lograr los objetivos que marca una Ley convertida en eje en torno al que giran políticas económicas y sociales, no sólo medioambientales, y que señala las grandes líneas estratégicas a seguir por parte de los principales gobiernos del mundo.

Regadío, sumidero de dióxido de carbono

En este contexto, dada la urgencia de reducir el dióxido de carbono en la atmósfera, conviene remarcar que los cultivos de regadío son auténticos sumideros de CO2, con el consiguiente efecto positivo sobre la disminución del efecto invernadero. Hasta el punto de que si los agricultores dejaran de cultivar los frutales, olivos, naranjos, viñas... y no cuidaran y protegieran los bosques y pastos de su propiedad, tales sumideros desaparecerían.

Asimismo, si la lucha contra el cambio climático va de la mano de un refuerzo de la apuesta por las energías renovables, valga resaltar el problema de acumulación que emerge durante las fases de mayor producción. Y que la única tecnología capaz de acumular energía potencial en cantidades suficientes la proporcionan las centrales reversibles hidráulicas.

Pero además de absorber dióxido de carbono, el regadío aporta oxígeno a la atmósfera por la fotosíntesis de la cubierta vegetal y ayuda a reducir la erosión y la desertización, dos fenómenos que podrían agravarse como consecuencia del cambio climático.

El cambio climático de forma paulatina va a producir efectos muy importantes que atañen al regadío, entre los que destacan la reducción de las lluvias y de la disponibilidad de recursos hídricos; el aumento de las necesidades de agua de los cultivos como consecuencia de la subida de las temperaturas y la variación de otros parámetros meteorológicos que incrementarán la evapotranspiración; y el incremento en la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos como las precipitaciones torrenciales y las sequías.

Pues bien, el regadío español ya ha implantado medidas como la mejora de la eficiencia del riego a través de los procesos de modernización de las zonas regables, lo que ha supuesto que en el período 2002 – 2016 se produjeran importantes ahorros tanto en el consumo total (12,5%) como en el consumo unitario (18,24%). A ello han contribuido también la instalación de redes de control mediante la instalación de estaciones agrometeorológicas (Red SIAR) para determinar los valores de la ETo, como la de redes de control de la calidad del agua de riego (RECAREX en Extremadura) para estimar el grado en que los regadíos contaminan las masas de agua.

Tal y como pone de manifiesto José Ignacio Sánchez Sánchez-Mora en el libro Externalidades Positivas del Regadío, nuestros cultivos están actuando para mejorar la eficiencia energética y disminuir el coste de la energía mediante la instalación de plantas fotovoltaicas en las estaciones de bombeo.

Asimismo, se están desarrollando nuevas técnicas de fertirrigación y uso de fertilizantes para reducir las emisiones de óxido nitroso, lo que a su vez reducirá las emisiones y la lixiviación de nitratos hacia los acuíferos subterráneos evitando su contaminación y ahorrándonos costes a los regantes.

Por otra parte, aumentar las estructuras de regulación de agua para hacer frente a las nuevas condiciones y mejorar los cauces y las redes de drenaje constituyen actuaciones fundamentales para adaptar los regadíos al cambio climático.

Pero mientras esta lucha copa cada vez un mayor protagonismo en las agendas políticas de los países más desarrollados, en el caso de España -por desgracia- el agua ha ido perdiendo relevancia.

Plan Hidrológico Nacional

Sin embargo, para reducir la contaminación convendría poner en marcha un Plan Hidrológico Nacional.

Gracias a este Plan, habría que dar continuidad a la construcción y mantenimiento de obras como presas, embalses o trasvases, con las que, además, se prevendrían los efectos negativos de las lluvias torrenciales y se convertirían en recursos para las cuencas deficitarias.

Desde Fenacore ya hemos propuesto aumentar la regulación hídrica en 16.000 hectómetros cúbicos para luchar contra el cambio climático. Algunas de estas obras ya están contempladas en los Planes Hidrológicos. Se encuentran alineadas con las directrices esbozadas por las autoridades comunitarias para la concesión y el reparto de los fondos europeos. Pero, aun así, no terminan de ejecutarse.

Hace tiempo que el regadío comenzó a plantar cara al cambio climático. Pero, por desgracia, la “contaminación política del agua” continúa minando su gestión, y al no tener como objetivo el bien común -sino un interés localista o partidista- ocasiona conflictos en la planificación hidrológica a nivel internacional, entre comunidades autónomas, provincias, usuarios… Hagamos todos lo posible por descontaminarla.