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La desertificación, una herida abierta de nuestro consumo

  • desertificación, herida abierta nuestro consumo
    FAO/Giulio Napolitano Los pastores llevan sus animales a beber agua en Niger.
  • Dos de cada cinco personas están afectadas por los dos mil millones de hectáreas de tierras degradadas. La producción de bienes y su consumo tienen un impacto directo sobre nuestros suelos. Producir un kilo de carne de vaca necesita 22 metros cuadrado de terreno, pero pocos prestamos atención a esto. Los Gobiernos, las corporaciones y los consumidores deben ser conscientes y cambiar los hábitos para salvar las tierras saludables.​

Sobre la Entidad

ONU
La Organización de las Naciones Unidas es una organización internacional formada por 193 países independientes. 
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Más de 3 mil millones de personas están afectadas en la actualidad por la degradación de la tierra y hasta 143 millones podrían verse forzadas a salir de sus países antes del 2050 para poder escapar de la escasez de agua y de la pérdida de productividad debida al lento impacto del cambio climático.

Para poder hacer frente a estas amenazas, Monique Barbut, la secretaria ejectuvia de la Convención de las Naciones Unidas de lucha contra la Desertificación, ha pedido a los consumidores y al sector privado que se unan a los gobiernos con el fin de salvar las tierras saludables y ha advertido que la falta de preparación para futuras sequías podría conducir a masivos trastornos sociales y políticos.

Esta petición se produce en el marco de la celebración este domingo con ocasión del Día Mundial de Lucha contra la Desertificación, cuya principal conmemoración se celebra este año en la ciudad de Quito, en Ecuador.

“Todo lo que producimos, y consumimos tiene una huella del suelo. Una bicicleta requiere el equivalente a 3,4 metros cuadrados de suelo para su fabricación. Se necesitan diez metros cuadrados de tierra para producir un ordenador portátil. La producción de un kilogramo de vacuno requiere 22 metros cuadrados,” pero muy pocos de nosotros pensamos en esto en el día a día “porque las pérdidas no son visibles, o por lo menos no se tienen en cuenta en los productos que consumimos” explica Barbut.

Todos somos personas con capacidad decisoria puesto que en nuestra vida cotidiana nuestras decisiones tienen sus consecuencias. Nuestras decisiones, por pequeñas que sean, transforman el mundo, por ese motivo los consumidores deben tomar decisiones que premien a los gestores de la tierra cuyas prácticas la protegen de su degradación.

Barbut, que dirige la institución internacional que se ocupa de la lucha contra desertificación, la degradación de la tierra y la sequía, también alerta sobre los peligros que lleva el reducir el valor real de las tierras sanas a su valor puramente económico.

Más de 3 mil millones de personas están afectadas en la actualidad por la degradación de la tierra y hasta 143 millones podrían verse forzadas a salir de sus países antes del 2050 para poder escapar de la escasez de agua y de la pérdida de productividad debida al lento impacto del cambio climático

El ejemplo de Ecuador

Ecuador promueve una bioeconomía entre sus agricultores con el fin de difundir las tecnologías de gestión sostenible de la tierra, que mantienen la productividad de la tierra.

También persigue la meta de lograr la neutralidad en la degradación de las tierras de los Objetivos de Desarrollo sostenible lo que significa evitar, reducir y revertir la degradación de la tierra para garantizar que la cantidad de tierra sana que existía en el 2015 sea la misma en 2030 y se mantenga estable a partir de entonces.

No solo un valor económico

Barbut también subraya la necesidad de “ir más allá del consumismo consciente” para así involucrar al sector privado y a los gobiernos en un mejor uso de la tierra puesto que “el valor real de la tierra no es solo económico”

“La tierra vale mucho más que el valor económico que le damos. Define nuestra manera de vivir y nuestra cultura, ya habitemos en las ciudades o en el campo. Purifica el agua que bebemos. Nos alimenta. Nos rodea con su belleza. Pero, no podremos satisfacer las necesidades y deseos de una población en crecimiento si la cantidad de tierra sana y productiva continúa disminuyendo tan dramáticamente” dijo Barbut.

La misma visión tiene el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, para quien “debemos hacer más por reconocer el inmenso valor que tienen las tierras sanas y productivas para fortalecer la resiliencia de las comunidades más pobres de nuestro planeta, aquellas que se enfrentan a mayores sequías y a otros desastres climáticos graduales”.

Tarsicio Granizo, ministro del Ambiente de Ecuador, se ha unido a esas voces al asegurar que “la desertificación no es un tema que sólo tiene que ver con el medio ambiente, sino también con soberanía alimentaria y con protección de los suelos donde se hace la agricultura”

En Perspectiva global de la tierra se indica que el 45% de los alimentos consumidos globalmente provienen de las zonas secas, y que la disminución de la productividad, la escasez de alimentos y de agua en estas regiones está generando inseguridad. El informe alerta que entre el 1983 y 2013 se han degradado aproximadamente el 20% de las tierras más productivas y que tanto África como Asia se enfrentarán en el futuro a las mayores amenazas.

Dos mil millones de hectáreas degradadas

Cinco de los ocho fenómenos graduales identificados por la Convención del Clima como fuentes futuras potenciales de grandes daños y pérdidas son manifestaciones de disminución de la productividad de la tierra. Estos son:

  • La desertificación.
  • La salinización.
  • La degradación de la tierra y los bosques
  • La pérdida de biodiversidad
  • El aumento de las temperaturas.

Globalmente, unos dos mil millones de hectáreas de tierra están degradadas, pero la mayor parte se pueden recuperar

“La ciencia nos ha proporcionado el conocimiento y las herramientas necesarias para gestionar la tierra y aumentar la resiliencia a la sequía y a los impactos del cambio climático. Los gobiernos y las comunidades cuyas vidas y medios de subsistencia dependen de la tierra pueden tomar las medidas necesarias ahora con el fin de prepararse para futuras sequías” dijo Guterres.

Las tecnologías para la gestión sostenible de la tierra necesitan minimizar y revertir muchos de estos efectos ya existen, pero no así los instrumentos políticos y las inversiones que promuevan su difusión. Como resultado, algunas de las comunidades que más dependen de la tierra se encuentran expuestas a los efectos del clima que a su vez son cada vez más poderosos y adversos, tales como la sequía recurrente, las precipitaciones impredecibles y la desaparición de las fuentes de agua subterráneas.

Globalmente, unos dos mil millones de hectáreas de tierra están degradadas, pero la mayor parte se pueden recuperar

Existen tres acciones fundamentales que los consumidores y el sector privado pueden llevar a cabo para animar a los gestores de la tierra y los gobiernos para que salven la tierra productiva de su degradación y para que recuperen tierras baldías:

  • Cambiar el comportamiento del consumidor y los medios de producción insostenibles.
  • Adoptar un planeamiento más eficiente del uso de la tierra.
  • Crear mecanismos como el Fondo para la neutralidad en la degradación de las tierras que motivará al sector privado para que invierta en la restauración de la tierra degradada.

Se necesita empoderar al público en general. Si desconocen que las elecciones que hacen cada día pueden tener implicaciones en cómo se usa la tierra, si se abusa de ella o se cuida, estoy segura que elegirán y consumirán de una manera más sabia”, estima Barbut.

Los gobiernos deben crear incentivos que puedan animar al sector privado a entender que la gestión sostenible de la tierra y la restauración de tierra degradada es lo socialmente responsable de hacer.

Barbut declara que la Secretaria Ejecutiva de la Convención de las Naciones Unidas de lucha contra la Desertificación está preparada para ayudar a las iniciativas que restauren la tierra degradada a escala, por lo que anima a los países a que formulen objetivos que se cumplan para el año 2030.

Redacción iAgua

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